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Una joven se hace detective para encontrar al asesino de su mejor amiga y resuelve el crimen 25 años después

Los investigadores del caso nunca lograron recabar ninguna prueba que inculpase a ninguno de los sospechosos

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Asesinada en 1984

Angela Samota fue asesinada en 1984

© Wikimedia Commons

Ángela Samota tenía solo 20 años cuando fue asesinada. Era una universitaria brillante y una joven atractiva de amplia sonrisa. La noche del 13 de octubre de 1984 salió con dos amigos, Russell Buchanan y Anita Kadala. Su novio, Ben McCall, decidió no salir ese sábado porque al día siguiente tenía que madrugar para ir a trabajar. Los tres amigos se fueron a una discoteca y se lo pasaron muy bien. Ya de madrugada, se marcharon y fue Ángela quien llevó a casa a Russell y a Anita en su coche. No la volverían a ver.

Cuando la joven llegó a su apartamento, en Dallas (Estados Unidos), llamó asustada a su novio. Había un hombre en la puerta que le había pedido usar el baño y el teléfono, así que le pide a Ben que siga hablando con ella, pero instantes después le dice que lo volverá a llamar y le cuelga. No lo hizo, ya nunca llamó.

Ben, preocupado, cogió el coche y se fue corriendo al piso de Ángela. Golpea varias veces la puerta y, al no obtener respuesta, intenta abrir, pero está cerrada con llave y no lo consigue. Llevaba encima un teléfono móvil (algo muy poco habitual en la época) que le habían proporcionado en el trabajo y llamó a la policía. Cuando los agentes llegaron y entraron en el apartamento, encontraron a la joven sin vida, tendida en su cama. La autopsia diría después que había sido agredida sexualmente y que había sido brutalmente asesinada.

Policía
En la época en la que sucedió el crimen no existía la tecnología con la que extraer ADN de unas muestras ©Houston Police Department

Los sospechosos

La investigación tenía en el punto de mira a Russell, que vivía cerca de la víctima, por lo que no le hubiera resultado difícil ir y volver de una casa a otra. También sospechaban de Ben y de un exnovio que en una ocasión llegó a amenazarla con un cuchillo, pero no obtuvieron ninguna prueba que apuntase a ninguno de ellos, de modo que los investigadores solicitaron a la mejor amiga de Ángela, Sheila Gibbons, para que colaborase con ellos. Sheila, muy afectada por el dramático suceso, no se lo pensó dos veces.

La labor de Sheila consistía en sonsacar información a Russell, el sospechoso principal, para poder inculparlo. Empezó a salir con él para conseguir su objetivo. “Mi madre estaba escandalizada, pero Russell vino a recogerme y fuimos a un lugar llamado August Moon”, explicaba la mejor amiga de Ángela en unas declaraciones recogidas por Infobae. “Yo estaba nerviosa y no actuaba con normalidad, mientras pensaba que estaba sentada al lado de un asesino”.

Ella creía firmemente en la culpabilidad de Russell, pero la historia que el joven le contó acerca de lo ocurrido aquella noche coincidía plenamente con la versión que dio a la policía. No obtuvieron nada contra él y siguió con su vida con total normalidad. Sheila, por su parte, estaba tan afectada que abandonó sus estudios.

Sheila se propuso encontrar al asesino de Ángela

El caso no se archivó, pero cada vez se le prestaba menos atención. Sheila, sin embargo, no podía pensar en otra cosa. Siempre tenía en mente la investigación y llamaba a menudo a los responsables de la misma para comprobar si se había avanzado algo; llegó a tener tal relación con ellos que a uno de ellos incluso lo invitó a su boda.

Ella siguió con su vida, se casó y tuvo dos hijos, pero en su mente siempre estaba presente Ángela. Así las cosas, pasados 20 años, soñó con ella. No le decía nada, solo estaba allí, con su amplia sonrisa. Aquello fue como una iluminación. Llamó, una vez más, a los agentes, pero no obtuvo respuesta y nunca le devolvieron la llamada, a pesar de mantener con ellos una gran amistad.

Eso fue clave para dar el siguiente paso. Si quería que se resolviese el crimen, tendría que hacerlo ella misma, así que con más de 40 años y con dos hijos, comenzó a formarse para convertirse en detective. “Por las noches, después de la cena, mi hijo mayor me leía todas las leyes que tenía que aprenderme y yo se las recitaba de memoria”, explicaba. “Me esforcé como si fuera a ir a Harvard o a Yale”. Gracias a ese esfuerzo, lo logró.

Con el título debajo del brazo, intentó revisar las pruebas que se recogieron en su día, pero las muestras con información genética del asesino se habían perdido en una inundación. Su sorpresa y su indignación fueron mayúsculas, puesto que ya existía una tecnología que permitía analizar el ADN y dar con el culpable. Aún así, siguió insistiendo ante la justicia y consiguió que reabrieran el caso. Esta vez estaba al frente una mujer, Linda Crum, que contó en todo momento con la ayuda d Sheila.

Crum pudo recuperar las muestras y extraer el ADN del agresor. Lo contrastaron con el ADN de multitud de individuos incluidos en una gran base de datos y… ¡por fin! Dieron con el asesino. No era Russell ni nadie del entorno de Ángela. Era Donald Andrew Bess, con antecedentes por crímenes similares que la noche que se topó con la joven estaba en libertad condicional.

Después, Sheila sintió en la obligación de pedir perdón a Russell. Él, sin rencor, la perdonó y juntos fueron a visitar la tumba de su amiga. Por fin Sheila Gibbons quedó en paz.

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