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Confinados ilustres en la historia de España: de Unamuno a Nicolás Redondo

El pánico, el sobresalto y el desasosiego fueron algunos de los instrumentos de represión de los que ya se valieron los regímenes políticos a lo largo de la historia

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30 de Marzo 2020 / 00:00 CEST EFE

Unamuno

La palabra 'coronavirus' como símbolo del pánico, sobresalto o desasosiego; instrumento de represión a lo largo de la historia de España.

© Efe

Aunque el vocablo 'confinamiento' no se ajuste como un guante a la carga semántica que le ha contagiado el coronavirus, no queda lejos ni en el tiempo ni en la memoria el significado que ha tenido como una reclusión forzada y vigilada, generalmente por motivos políticos y con fines de escarmiento. La palabra de moda, la voz más escuchada y leída durante las últimas semanas provocaba pánico, sobresalto o desasosiego en las víctimas de un mecanismo de represión que a lo largo de la historia de España ha sido empleado por todos los regímenes políticos: desde la monarquía y la república hasta las dictaduras.

Destierros, deportaciones, reclusiones y confinamientos difieren en matices pero comparten alcance en personajes como El Cid, trasterrado por Alfonso VI; la reina Juana de Castilla, recluida por los suyos en Tordesillas (Valladolid); el ilustrado Jovellanos, doblemente enclaustrado por Carlos IV en Gijón y Palma de Mallorca; o Unamuno, por el general Miguel Primo de Rivera en Fuerteventura.

Los lugares elegidos para estas reclusiones vigiladas por la autoridad, también con propósito regenerador, solían estar lejos de los grandes núcleos políticos, con deficientes comunicaciones y prácticamente aislados en medio de una naturaleza poderosa como Poza de la Sal (Burgos), destino habitual durante el reinado de Carlos V.

Las islas Canarias de Fuerteventura, Lanzarote y La Gomera fueron recurrentes durante las dictaduras de los generales Primo de Rivera y Franco, pero también en la II República, al igual que la comarca cacereña de Las Hurdes donde el último dictador envió en 1968 al secretario general de la UGT, Nicolás Redondo (Las Mestas), y al histórico socialista Ramón Rubial (Caminomorisco).

Años antes, en 1932, Niceto Alcalá-Zamora pretirió al famoso doctor Albiñana, líder del Partido Nacionalista Español, por incómodo y agitador, primero a Martilandrán y más tarde a Nuñomoral, durante diez meses en los cuales escribió las memorias de ese encierro, "Confinado en Las Hurdes"/1933.

De todo ello dio cuenta el periodista Juan Antonio Pérez Mateos en "Los confinados" (1976), un riguroso trabajo histórico pero también testimonial de esa forma de depuración, ya que incluyó entrevistas con algunos confinados del régimen franquista, entre ellos catedráticos, militares, abogados, periodistas y líderes obreros. El listado incorpora, entre otros, al diputado socialista Luis Jiménez Asúa, notable penalista y presidente de la II República en el exilio desde 1962 hasta su muerte en 1970, quien pasó nueve meses en las islas Chafarinas, frente a las costas de Argelia y Marruecos, entre 1926 y 1927.

En "Notas de un confinado (1930), Asúa dio cuenta de una estancia forzada en la que, por análogos motivos, coincidió con el profesor universitario Salvador Vila y el periodista Francisco Cossío en su segundo confinamiento (el primero fue en París en 1924) que evocó en su libro "Confesiones" (1959).

El historiador Jesús Pabón, presidente de la Agencia EFE en 1940, fue conducido a Tordesillas (Valladolid) en 1964, por ser un activo y declarado miembro del Consejo Privado de Juan de Borbón; y el periodista Javier María Pascual, director de El Pensamiento Navarro y que también trabajo en EFE (Departamento del Español Urgente), fue obligado a residir un mes en Riaza (Segovia) en 1969 por su adscripción carlista.

Junto a los confinados, en la Historia de España se pueden espigar también ejemplos de otros condenados a la ignonimia por discrepantes, en este casi 'in aternum' como fueron los pensadores, escritores y políticos a quienes les fue negada tierra en sagrado y depositados sus cuerpos en corrales de desecho por no comulgar con la doxa política y religiosa del momento.

De ello da cuenta el escritor José Jiménez Lozano, reciente fallecido, en su ensayo "Los cementerios civiles y la heterodoxia española" (1978/2008), otra lectura para estos tiempos de confinamiento junto a "Los topos" (1977), de Jesús Torbado y Manuel Leguineche, con los testimonios de quienes al final de la Guerra Civil se vieron obligados a esconderse para evitar ser represaliados.

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