'Infantas españolas': María Cristina de Borbón, la 'Infanta boba'

Fue un personaje muy querido en la Corte y el Madrid de finales del siglo XIX

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18 de Marzo 2020 / 10:28 CET CRISTINA BARREIRO / UNIVERSIDAD CEU - SAN PABLO

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María Cristina Isabel de Borbón

© Wikimedia Commons

Conocida en su época por sus escasas capacidades físicas e intelectuales -lo que le valió el apelativo popular de "la Infanta boba"- fue un personaje muy querido en la Corte y el Madrid de la época. Prima de la Reina Isabel II, vivió en el Palacio Real hasta su matrimonio con el singular Infante Sebastián de Borbón y Braganza. Mujer afable y conciliadora, convirtió su palacete de la calle Alcalá en lugar de encuentro de la sociedad aristocrática, científica y cultural del momento. La Revolución de 1868 terminó con su familia en el exilio, aunque regresó a España para apoyar incondicionalmente a su sobrino Alfonso XII. Ya viuda, y cuando los problemas económicos acecharon a su familia, fue el propio monarca quién se hizo cargo del bienestar de la Infanta y sus cinco hijos.

María Cristina Isabel de Borbón era la quinta hija del Infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota de Nápoles. Nació en el Palacio Real de Madrid en 1833, año en el que fallecía Fernando VII y comenzaba en España una Guerra Civil que dividía al país entre carlistas y liberales. La Infanta se crió en la Corte en compañía de sus primas, la joven Reina Isabel y Luisa Fernanda, además de sus hermanos, entre los que destacaban por su peculiar carácter Francisco, Enrique y Amalia, futura Princesa de Baviera.

La rama Borbón-Dos Sicilias se había inclinado abiertamente por la rama isabelina: Luisa Carlota era hermana de la Regente María Cristina que velaba, con uñas y dientes, por los intereses legítimos de su hija aunque el progresivo distanciamiento entre ambas, terminará en exilio. De muy escaso atractivo físico y se dice que de escasa capacidad intelectual, la Infanta Cristina se hizo muy popular entre los madrileños no sólo por su fealdad manifiesta sino, sobre todo, por su carácter afable y escasa afición a las camarillas palaciegas.

Era la España romántica, la de Madrazo, el ferrocarril, espadones y pronunciamientos, en la que los gustos de la burguesía ponían de moda el terraceo y las zarzuelas. Cristina parecía destinada a una eterna soltería hasta la aparición en escena del peculiar Infante Sebastián. Era este, hijo de María Teresa de Braganza, Princesa de Beira, y principal baluarte de la rama legitimista por convicción y matrimonio con Carlos María Isidro de Borbón, el pretendiente. Sebastián, hombre culto, de esmerada educación artística –y de débil carácter, según Antonio Pirala-, había luchado en las filas carlistas con un papel destacado en la Batalla de Oriamendi de 1837. La derrota de la causa le había llevado al exilio en Nápoles en compañía de su primera esposa, María Amalia de Borbón (hermana del Rey de las Dos Sicilias). Allí, liberado de las responsabilidades de la guerra, desarrolló su afición a la pintura, el coleccionismo, las letras y la incipiente fotografía. Pero ya viudo y en aras de la reconciliación dinástica con la que él siempre había soñado –“liberal para los carlistas y masón para los apostólicos”- decidió solicitar a su prima y antigua contrincante, la Reina Isabel, permiso para regresar a España. La autorización vino acompañada de las capitulaciones matrimoniales con la Infanta María Cristina y el consecuente enfado de su madre, que lo convirtió en un proscrito para la causa.

La boda de la Infanta María Cristina y Sebastián de Borbón, se celebró en la capilla del Palacio Real en noviembre de 1860, con la asistencia de la Reina Isabel, en clara muestra de reconciliación con su antaño enemiga. El matrimonio se instaló en un palacete en la calle Alcalá, propiedad de la Corona, que se convirtió en lugar de encuentro de lo más granado de la sociedad cultural y artística de la época. La colección de pintura del Infante Sebastián, era magnífica. La pareja tuvo varios hijos, pero pronto las desamortizaciones exigidas por los progresistas lastrarían, en parte, su patrimonio, teniendo que trasladarse a la casa de Infantes de El Escorial. Y cuando la Gloriosa terminó con la monarquía liberal de Isabel II, la familia se desplazó al exilio.

Se instalaron en la localidad francesa de Pau, donde en1875 fallecerá el Infante Sebastián. María Cristina volvió a España como incondicional del Rey Alfonso XII y la Restauración. Instalada en una casona de la calle Ferraz, la anciana Infanta española recibió el apoyo económico de la corona hasta su fallecimiento en Madrid, en 1902. Alfonso XIII acababa de inaugurar su mayoría de edad.