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'Infantas españolas': Paz de Borbón, una pacifista en el corazón del nazismo

Demostró su coraje en tierras alemanas combatiendo la barbarie nacionalsocialista

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04 de Marzo 2020 / 11:15 CET CRISTINA BARREIRO / UNIVERSIDAD CEU - SAN PABLO

Paz de Borbón

La infanta Paz de Borbón también ayudó a muchos exiliados tras la Guerra Civil que desangró España

© Joan Brull i Viynoles / Wikimedia Commons

Aunque nacida Infanta española, hizo de Munich su refugio y hogar. Casada con el Príncipe Luis Fernando de Baviera, la hija pacifista y bondadosa de Isabel II, demostró su coraje en tierras alemanas combatiendo la barbarie nacionalsocialista y asistiendo, con alimentos y hospedaje, a centenares de exiliados españoles derrotados tras la Guerra Civil. Convirtió el Palacio de Nymphenburg, en un entorno de vanguardia artística y musical, al tiempo que animó causas de beneficencia y se esforzó en estrechar los lazos diplomáticos entra la España que la vio nacer y la Alemania en la que creó su familia, cosmopolita y feliz. Nunca olvidó su Patria ni a su difunta hermana Pilar, viajó con frecuencia a Madrid y se convirtió en una personalidad de renombre en una Europa que se desangraba entre las bombas y la artillería de naciones enfrentadas.

Pocos supondrían, que la Infanta Paz, nacida entre los algodones de una cuna regia –el Palacio Real de Madrid- tendría una vida marcada por las azarosas circunstancias de una Europa en Guerra. Hija de la Reina Isabel II y -según testimonios de la época- del político y diplomático Miguel Tenorio, abandonó por primera vez España cuando La Gloriosa despojó a los Borbones del trono. Instalada en París, vivió el triunfo de las barricadas y el asalto a las Tullerías por las turbas que liquidaban el Imperio de Napoleón III y Eugenia de Montijo. Era el año 1870 y la derrota francesa en Sedán frente a las tropas de Bismark, forzaba a la Familia Real española a un nuevo, aunque breve, exilio. En Ginebra, la Infanta Paz celebró su noveno cumpleaños y vio, con su hermana Pilar, por primera vez la nieve. Regresó a París, a su Palacio de Castilla, denominación de su nueva residencia en el corazón de los Campos Eliseos. Y de nuevo, vuelta a España, cuando el triunfo de la Restauración, proclamaba Rey a su hermano Alfonso XII.

La llegada del joven monarca a España fue recibida con entusiasmo por el pueblo: terminaba la Guerra Carlista, Levante se pacificaba tras el problema cantonal y parecía que los ánimos se calmaban en los territorios de ultramar. Era 1876 cuando la Infanta Paz, a bordo de la fragata Numancia, pisaba el puerto de Santander. Pero la pérdida de Pilar, provocada por unas fiebres tifoideas mientras se encontraban de descanso en el balneario de Escoriaza (Guipúzcoa), al poco de llegar a España, fue para ella un golpe del que nunca se recuperó. Paz, mujer de fe profunda y clara vocación con la institución que representaba, sabía que debía, una vez más, servir a la Monarquía. Su boda no fue entendida como una razón de Estado, pero si era importante que una Infanta de España se casase con persona de rango y categoría. El elegido no fue otro que su “primo”, Luis Fernando de Baviera, hijo de la Infanta Amalia de Borbón, hermana del Rey consorte Francisco de Asís –su padre oficial- quien no asistiría al enlace al haber fijado su residencia en Épinay (Francia).

Paz de Borbón
Paz de Borbón nunca se repuso del duro golpe que supuso para ella la pérdida de su hermana Pilar©Wikimedia Commons

Luis Fernando, oficial del Ejército bávaro que había cursado estudios de medicina, pronto se consagró como un reputado cirujano. Fue un marido cariñoso y buen compañero para esta Infanta española que dejaba su país para instalarse en Munich. Aquí, en su pequeña corte, supo rodearse de músicos y literatos que llenaban su fuerte sensibilidad cultural. Visitó con frecuencia España pues le gustaba verse rodeada por los suyos, más desde que su primogénito varón, Fernando María, contrajese matrimonio con su también sobrina, la Infanta María Teresa de Borbón, hija del difunto Alfonso XII, su hermano.

Pasó largas temporadas en la finca de Saelices, en Cuenca, que había heredado –tras una sonada disputa testamentaria- de su abuela, la regente María Cristina de Nápoles. Pero en Munich estaba su vida. Asistió a soldados heridos que volvían del frente en la Gran Guerra y tuvo que abandonar su palacio de Nymphenburg cuando, tras la derrota alemana, se proclamó la República de Weimar. El Imperio del Kaiser había caído y los freikorps tomaban las calles ante la amenaza de una Revolución.

El matrimonio se estableció temporalmente en un piso en la Odeonsplatz de Munich y tras la victoria de Hitler en 1933, fue vigilada por las nuevas fuerzas de asalto que desconfiaban de la anciana Infanta pacifista: la Gestapo le prohibió mantener correspondencia con España. Contaba su nieto, el Príncipe Constantino de Baviera, que, con la entrada de los americanos en 1945, varios soldados asaltaron su residencia y le pidieron las joyas. Eran las alhajas que habían podido salvarse de la herencia de Isabel II. La curiosidad viene cuando al tirarlas contra el cristal de una ventana, comprobaron que muchas eran falsas. La Infanta exclamó: “¡Siempre creí que las joyas de mi madre eran auténticas!”.