Infantas españolas: María Teresa de Borbón, abanderada de la labor social

Su muerte prematura a los veintinueve años, volvería a teñir de negro el destino de los Borbones

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


Desde su nacimiento, María Teresa de Borbón fue una de las Infantas más queridas por los españoles. De salud quebradiza, gustos sencillos y poco dada al oropel, asumió sus responsabilidades al servicio de causas benéficas y ayuda social. Su papel en la Corte -por detrás de su hermano el Rey Alfonso XIII y de la Princesa de Asturias, Mercedes- la convirtió en abanderada de obras de beneficencia que le valieron el cariño de todos los madrileños. 

María Teresa de Borbón

María Teresa de Borbón fue siempre muy querida por los españoles (Wikimedia Commons).

Bondadosa, culta, generosa y muy cristiana, fue el soporte de su madre, Maria Cristina de Habsburgo, en los días en los que la tragedia golpeó a la familia. Su muerte prematura a los veintinueve años, volvería a teñir de negro el destino de los Borbones.

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Cuando la Infanta María Teresa se reencontró con Fernando de Baviera, supo que su boda sería por amor. El noviazgo fue aplaudido por la clase política que no quería que se repitiese el alboroto que había provocado la irrupción de Carlos de Borbón dos Sicilias en la Familia Real. Ahora nadie cuestionaba la idoneidad del Príncipe como marido para la Infanta. Su primo reunía todos los requisitos para ser aceptado por los españoles: militar, había nacido en el Palacio Real y era hijo de la bondadosa Infanta Paz, por entonces residente en Munich pero que visitaba frecuentemente España. 

María Teresa de Borbón

La Infanta María Teresa se casó con su primo Fernando de Baviera por amor (Wikimedia Commons). 

El enlace, en esta ocasión, no tendría que celebrarse "a puerta cerrada" como había ocurrido con el de su hermana. Pero la repentina muerte de la Princesa Mercedes, hizo que sus planes de matrimonio inmediato se desbaratasen. El luto volvía a la Corte y María Cristina a la tristeza por la muerte de su primogénita. 

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La boda tuvo que esperar dos años hasta que, finalmente, se celebrase en el Palacio Real el 12 de enero de 1906. La novia, siempre discreta en el vestir pese a la magnífica colección de joyas con la que la agasajó su madre, lució un vestido de raso blanco con encajes de Alençon, obsequio de Fernando. La boda despertaba ahora el entusiasmo de los españoles

El matrimonio se estableció temporalmente en el Palacio Real a la espera de que terminasen las obras de acondicionamiento del Palacete de la Cuesta de la Vega que María Cristina había regalado a su hija. Ésta le había prometido que no abandonaría España y se quedaría a vivir en Madrid, aunque como era costumbre en la familia, pasasen largas temporadas en Santander o San Sebastián.

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La llegada de los hijos, para cuyo cuidado se contrataban las tan demandadas nodrizas cántabras, vino acompañada de intensa acción social en la que María Teresa destacó por la asistencia a comedores de ancianos, las hijas de la caridad, la Institución de Mutualidad Infantil, el asilo de las lavanderas, las hermanitas de los pobres y el llamado “asilo de golfas”, un “hotelito de dos plantas” creado para la asistencia a mujeres descarriadas que estaba situado en la calle Zurbano. Porque España era un país pobre, de modistas, albañiles, campesinos y mutilados. En los días en los que el caciquismo hacía estragos en el modelo de la Restauración y la realidad política no se ajustaba a la realidad de las calles y los campos, la violencia sembraba de temor el pulso del país. Fernando sirvió como oficial en la guerra del Rif y su regreso a casa a comienzos del año 1912, fue celebrado con emoción por la familia. Presidía el Gobierno el liberal José Canalejas quien pronto caería víctima de un atentado anarquista.

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Habían pasado seis años desde su boda y el matrimonio había tenido cuatro hijos. La familia estaba completa, feliz y recibía con frecuencia la visita de la Infanta Paz y Fernando de Baviera encantados de ver crecer a sus nietos españoles. Todo estaba preparado para el bautizo de su última hija, la Infanta Pilar, cuando un malestar inesperado requirió la asistencia de su suegro, Fernando, médico de formación y profesión. María Teresa estaba muerta. Había sufrido una embolia y los intentos de reanimarla fueron inútiles. 

Fernando se desvaneció al conocer la noticia y María Cristina sufrió una intensa crisis nerviosa. Había perdido a sus dos hijas. Seis caballos negros de pura raza española tiraban ahora de la carroza fúnebre. La historia se repetía. Era el trágico destino de dos hermanas, huérfanas de Alfonso XII, que morían en plena juventud. Sus viudos, Nino y Nando –ambos Infantes de España y hombres de confianza de Alfonso XIII en todo su reinado- volverían a contraer matrimonio. El primero con su prima Luisa de Orleáns. El segundo, con María Luisa de Silva y Fernández de Henestrosa, quien años después recibirá del Rey la dignidad de Infanta de gracia de España.