'Infantas españolas': Eulalia de Borbón, la hija díscola de Isabel II

Fue la más rebelde de sus hermanas y dio muchos quebraderos de cabeza a la Monarquía

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18 de Diciembre 2019 / 11:13 CET CRISTINA BARREIRO, UNIVERSIDAD CEU - SAN PABLO

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La Infanta Eulalia de Borbón retratada por Giovanni Boldini.

© GettyImages

Fue la más rebelde de las hijas de Isabel II. Infanta desde su nacimiento, Eulalia de Borbón dio muchos quebraderos a la Monarquía. Inconformista y fuertemente feminista para la época, llevó una vida desordenada que la distanció de su sobrino el Rey Alfonso XIII. Viajera, culta, amiga de intelectuales y con amoríos varios, pasó su madurez en el París ocupado por los nazis. Fue el primer miembro de la Familia Real española en conocer los, todavía, territorios de Ultramar. Muchas de sus vivencias han quedado recogidas en su libro de memorias. Todo un best-seller de la época.

Eulalia de Borbón nació en el Palacio Real de Madrid en 1864. Era la menor de las hijas de la Reina que, por aquellas fechas, seguía enfrascada en sus amoríos con el galante Miguel Tenorio. En esos días, la decadencia de la Monarquía isabelina comenzaba a hacerse evidente, más cuando el escándalo provocado por la publicación del artículo de Emilio Castelar, 'El Rasgo', puso en tela de juicio el despilfarro de los dineros de la corona y las irregularidades económicas de la Reina.

Eulalia, de carácter extrovertido y abierto, pasó su niñez en compañía de sus hermanas Isabel, Paz y Pilar, y el pequeño Alfonso, hasta que la Gloriosa terminó con todos ellos en el exilio. Ya en París estudió en el colegio de los Sagrados Corazones hasta que los sucesos de la Comuna de París, volvieron a trastocar los planes de la familia.

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María Eulalia de Borbón y Borbón, infanta de España, pintada por Carlos I de Portugal (Museo del Prado).©Museo del prado

Fue su hermano Alfonso XII, quien la instó a contraer matrimonio con su primo Antonio de Borbón y Orleans, duque de Galiera. Era el novio hijo del conspicuo conde de Montpensier y, por lo tanto, hermano de su joven cuñada, la llorada Reina Mercedes, primera esposa de Alfonso XII. Pero en este caso, la pareja resultó un fracaso. La vida loca del Orleans, asiduo al juego, los festejos y las cortesanas de la época, terminó por destrozar el matrimonio y dilapidar su holgada fortuna. Eulalia rompió por lo sano y tomó una decisión controvertida y revolucionaria en la época: la separación. El matrimonio había tenido dos hijos varones. Andando el tiempo, uno de ellos, protagonizará muchos escándalos en la crónica social.

La Infanta Eulalia de Borbón se instaló en España y trató de aportar cierta viveza a una Corte sumida en la pérdida del joven Rey, el carácter austero de Cristina de Borbón y el férreo protocolo que imponía, la Infanta Isabel, 'la Chata', muy popular entre los madrileños, pero férrea guardiana de la rectitud en Palacio. Hizo, durante este tiempo, algún viaje institucional en representación de la corona, como el realizado a Cuba en 1893, aplaudido por la Prensa de la todavía colonia española. Pero la cosa no podía salir bien. Los continuos viajes de Eulalia, su carácter alocado y los amoríos con aviadores y playboys de la época –y hay quien apunta también al Rey Carlos I de Portugal en su lista de conquistas-, terminaron con la recomendación de abandonar Madrid.

La Infanta Eulalia conoció bien todas las Cortes europeas y tuvo amistad, entre otros, con el Kaiser Guillermo. Trató a intelectuales de la época como a Grabrielle D´Annunzio y reivindicó el papel de la mujer en la vida pública y familiar. Fue una inconformista. Una abanderada del feminismo de su tiempo. Pero su vida no siempre fue fácil. Ya mayor, padeció la dureza de la ocupación nazi de París, en un tiempo en el que vivía en un pequeño apartamento en pleno corazón del bosque de Bolonia. Pasó frío, limitaciones alimenticias y quiso recuperar sus joyas que había “embarcado” rumbo a México, con parte del patrimonio artístico español del polémico yate Vita.

Políticamente aceptó la decisión de su sobrino, Alfonso XIII, de reconocer la sucesión de la Corona en su hijo Juan, Conde de Barcelona. Terminados los años de guerras en Europa y casi anciana, decidió volver a España. Se estableció primero en San Sebastián, para terminar sus días en una villa en Irún en 1958. Se apagaba la vida de esta Infanta de España, inusual y particular, que dejó escrito un fantástico testimonio de las peripecias, siempre fascinantes, de sus cerca de noventa años de intensísima existencia.