'Mujeres en la Historia': Ana María de Soto, primera infante de Marina y 'soldado estanquera'

Se hizo pasar por hombre para poder ingresar en la Marina española, que vetaba a las mujeres

por Daniel Arveras /


Seguro que recuerdan la trepidante y verídica historia de Catalina de Erauso, la célebre “monja alférez”. Huida de un convento con apenas 15 años de edad en busca de libertad y aventuras, cortó su cabello para pasar por varón, mudó sus ropas y acabó embarcándose hacia las Indias. Allí, tras innumerables broncas, peleas tabernarias e incluso líos de faldas, acabó enrolada bajo la identidad de Alonso Martínez de Guzmán en las tropas que luchaban en las guerras de Arauco del sur de Chile, donde demostró su valentía en el combate sin que se descubriera su ardiz hasta que fue herida de gravedad... 

Ana María de Soto

Retrato de Amparo Alupez, expuesto desde el 2018 en el Museo Naval de San Fernando.

La historia de la cordobesa Ana María de Soto (1775-1833) tiene algunas similitudes con la brava Catalina de Erauso, pues como ella también cortó sus cabellos y cambió sus ropajes para pasar por varón y, en su caso, poder ingresar en la Marina española, vetada por entonces a las mujeres. Ana María de Soto pasó a ser Antonio María de Soto en 1793 cuando con 18 años de edad se alistó en la sexta compañía del 11º Batallón de Infantería de Marina con sede en San Fernando (Cádiz). Comenzaba así la increíble peripecia vital de la primera mujer infante de la Marina española, de “pelo castaño claro y ojos pardos”, la única referencia sobre su aspecto físico que conocemos.

Nuestra infante de marina luchó durante cinco años en diversas batallas y a bordo de diferentes navíos. Lo hizo además como granadero, la élite de los infantes y los más expuestos en el combate. Así, con la fragata Nuestra Señora de las Mercedes participó en los ataques a Bañuls y la defensa de Rosas en el marco del conflicto bélico entre España y la Francia postrevolucionaria (1793-1795).

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También en la Mercedes, Ana María se batió el cobre en la batalla de San Vicente de febrero de 1797 y, meses después, a bordo de la fragata Matilde, participó en la defensa de la bahía y ciudad de Cádiz del ataque inglés del almirante Nelson. Por cierto, en la derrota del cabo de San Vicente destacó por su gran arrojo y heroicidad el granadero Martín Álvarez, siendo reconocido su orgullo y valor por los ingleses y por el mísmisimo almirante Nelson. La defensa de Cádiz sería la última acción bélica de Ana María de Soto pues, enferma y con altas fiebres, se descubrió su verdadera identidad y condición, siendo licenciada en 1798. Eso sí, con honores por su audacia, méritos y servicios prestados durante cinco años y cuatro meses. De hecho, en julio de aquél mismo año una Real Orden resaltaba y premiaba su valentía...

“... en atención a las acciones de guerra en que participó, a su heroicidad, acrisolada conducta y singulares costumbres con que se ha comportado durante el tiempo de sus apreciables servicios, se ha dignado SM el Rey concederle dos reales de vellón diarios por vía de pensión, al mismo tiempo que en los trajes propios de su sexo pueda usar de los colores propios del uniforme de Marina como distintivo militar”. Poco después, en diciembre de 1798, el monarca le concedía “el grado y sueldo de Sargento Primero de los Batallones de Marina, para que pueda atender a sus padres”.

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La segunda etapa de su vida, alejada ya de la Marina y de los combates navales tiene mucho que ver con su apodo de “soldado estanquera”, pues en 1799 se le concedió licencia para regentar un estanco en Montilla (Córdoba), negocio que le sirvió de sustento el resto de su vida junto a su magra pensión militar. De esta etapa hay un documento interesante, fechado en noviembre de 1809 y que muestra las difíciles relaciones entre Ana María y su padre, Tomás de Soto, quien se quejaba de “la conducta de su hija Ana María, conocida por la soldada estanquera”. Aquél apodo, mencionado inlcuso por su progenitor, confirma que nuestra protagonista era toda una celebridad por su singular pasado militar, al menos en la localidad cordobesa de Montilla y alrededores.

Entre otras cosas, su padre reclamaba a la justicia que su hija se había llevado las ropas de su madre tras fallecer ésta, forzando la habitación y “por haberse prevalido del fuero militar del que goza dicha su hija como sargento retirado con cinco reales de vellón diario, por haber servido en la Marina y porque pretextó su inversión en misas por el alma de su madre”. Tomás de Soto continúa detallando su pesar por la actitud de su hija... “Por haber reducido a dos hermanos y llevádolos a su casa, aprovechándose de sus jornales, y dexando a este pobre viejo en la desnudez y miseria”.

Por otra parte, consta que Ana María de Soto reclamó en varias ocasiones el cobro de su pensión durante aquellos años de guerra contra el invasor francés, tiempos difíciles en España y en los que dejó de recibir la referida asignación.
Desconocemos muchos detalles sobre cómo fue esa larga etapa final de la “soldado estanquera” -falleció en 1833- y sobre las desavenencias con su padre pero lo que sí sabemos es que Ana María de Soto fue la primera infante de Marina de España y, me atrevería a decir, del mundo.

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es 'Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias'.