'Reinas de España': Isabel de Farnesio, ambición y mando en plaza

La segunda esposa de Felipe V, aborrecida e impopular, llegó a hacer suyo el lema de 'ser esclava para ser Reina absoluta'

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


Aborrecida e impopular. La segunda esposa de Felipe V arrastró fama de ambiciosa, perversa y casamentera. Pero lo cierto es que Isabel de Farnesio miró siempre por los intereses de sus hijos y por recuperar los territorios perdidos en Italia tras los Tratados de Utrecht (1712-1713). Su llegada España tras la muerte de María Luisa Gabriela de Saboya, devolvió la ilusión carnal a un monarca sumido en la melancolía y al que la demencia terminó por arrebatar la escasa cordura que conservaba. Mucho se ha especulado sobre las rutinas amatorias del regio matrimonio, su glotonería y comportamiento conyugal escandaloso. Sin embargo, muchas veces se dejan en el tintero las buenas dotes políticas de una Reina preocupada por la cultura, la música y las artes pero que, sobre todo, supo reposicionar a España en el panorama internacional de su tiempo.

Isabel de Farnesio

Isabel de Farnesio, en un retrato de Luis Meléndez perteneciente a la Biblioteca Nacional (Gtresonline).

Isabel de Farnesio, llegó para reinar con mando en plaza. Nacida en Parma y convertida en única heredera de estos estados, su nombre comenzó a sonar para desposar al Rey viudo Felipe V. Fue la influyente e intrigante Princesa de los Ursinos quien apostó por la joven italiana ya que la considerarla débil de carácter y, por tanto, con escasas posibilidades de arrebatar su influencia en la Corte. Se equivocaba. Antes de pisar suelo patrio, la de Farnesio se encargó de enviarla de vuelta a Francia para que nadie pudiera hacer sombra en lo que eran ya sus nuevos dominios. Lo mismo ocurriría con el abate Alberoni, quién de cocinero había llegado a cardenal, pero que con la parmesana instalada en el Buen Retiro no iba a convertirse en obstáculo en sus afanes dominadores

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La nueva Reina, vanidosa y “perversa”, se mostró hostil con los hijos de su esposo, Luis y Fernando (habidos con su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya), y engendró una prole propia a la que prometió un trono. En un tiempo en el que España parecía dominada por la guerra entre dinastías, maniobró para que su primogénito, Carlos, se hiciera con el trono de Nápoles y Sicilia. Pero el destino le tendría destinado un futuro todavía más prometedor.

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Eran los días en los que sólo la voz castrada de Farinelli conseguía calmar los ataques de locura de un Felipe V que vivía atemorizado por sus propias pesadillas. Isabel se plegaba a sus obsesiones amatorias y falta de higiene pues parecía haber hecho suyo el lema de “ser esclava para ser Reina absoluta”. Tras la primera abdicación del Rey, torturado y depresivo, la pareja se retiró a La Granja, aunque para volver al trono tras la repentina muerte de Luis I, en 1724, por las viruelas. 

Sepulcro del Rey Felipe V junto a Isabel de Farnesio

Sepulcro del Rey Felipe V junto a Isabel de Farnesio en el Palacio de La Granja de San Ildefonso (Gtresonline).

España reformaba la hacienda y el comercio con las Indias: de la mano del ministro Patiño y del marqués de la Ensenada, el país recobraba una estabilidad política que había perdido como consecuencia de la Guerra de Sucesión. En ese tiempo, Isabel de Farnesio acumulaba poder. Llegó a firmar decretos como “El Rey y yo” al tiempo que, con mano firme, impulsaba las academias y se volcaba en la construcción del espectacular Palacio Real de Madrid.

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Felipe V fallecía loco víctima de sus propios trastornos mentales. Su sucesor y heredero, Fernando VI desterró a su madrastra a una casa propiedad de la duquesa de Osuna. Y sólo un año después, la alejó de Madrid y la instaló en La Granja. Durante trece años, la de Farnesio, vivió alejada de los asuntos de gobierno. 

Sin embargo, el fallecimiento de Fernando en 1759 le abría de nuevo las puertas de la gloria. Fue designada Reina Gobernadora a la espera de la llegada a España de su hijo: Carlos III. Su sueño era ya una realidad. Isabel de Farnesio fallecía en 1866, el mismo año en el que tenía lugar el Motín de Esquilache. Los restos de esta Reina, difamada y poderosa, descansan junto a los de su esposo en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso. El lugar en el que, a su manera, estos Reyes amantes un día fueron también felices.