'Reinas de España': María Luisa de Parma y su rivalidad con la Duquesa de Alba

Nunca un duelo real fue pasto de tan malintencionados comentarios como los que suscitó su enfrentamiento con la Duquesa de Alba

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


De sobra es conocida la rivalidad existente entre María Luisa de Parma y María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, Duquesa de Alba. Han corrido ríos de tinta sobre las malas relaciones entre las dos mujeres más representativas de la Corte de Carlos IV: líos de alcoba, adulterinas pasiones, disputas por la servidumbre, galanteos y los favores del apuesto Juan Pignatelli, han resultado de inspiración para exitosas novelas y películas. Nunca un duelo real fue pasto de tan malintencionados comentarios que apuntan incluso, a disparatadas teorías conspiratorias, intrigas palaciegas en las que Godoy, Malaspina, Goya, el conde de Aranda y el peluquero real, Gastón Deloux, desfilan por la corte como piezas de un misterio por resolver.

María Luisa de Parma

María Luisa de Parma retratada por Anton Raphael Mengs cuando era Princesa de Asturias (Museo del Prado).

María Luisa de Parma había llegado a España en 1765. Se convertía automáticamente en Princesa de Asturias por matrimonio con Carlos de Borbón, primogénito de Carlos III y heredero al trono de España. Era el primer puesto femenino de la Corte, tras el fallecimiento unos años atrás de su suegra la Reina María Amalia de Sajonia. En aquellos días, el Motín de Esquilache mandaba a los jesuitas al destierro al tiempo que se respiraban los aires de la Ilustración, el conocimiento, el culto a la razón y los principios regalistas trataban de abrirse camino en una sociedad anclada en las bases del Antiguo Régimen.

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Campomanes, Jovellanos o Pablo de Olavide se convertían en los exponentes de ese despotismo animado desde la Corte, las tertulias y los salones de la Condesa de Benavente. Pero María Luisa parecía ajena a los aires reformistas que se vivían en su entorno, enfrascada como estaba en la construcción de la famosa Casita del Labrador en Aranjuez, a las orillas del Tajo. Los jóvenes Príncipes nunca parecieron disfrutar de la felicidad conyugal y desde muy pronto, el carácter apasionado de María Luisa derivó en escándalos de alcoba con sabor a calumnia. Porque por aquellos días, otra personalidad de empaque comenzaba a hacer estragos en Madrid.

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María Teresa de Silva, la joven Duquesa de Alba, espigada, alta y morena, escandalizaba en la villa con su relación con el torero Pedro Romero y su afición a ese plebeyismo tan de la época. Casada siendo una niña con su primo José Álvarez de Toledo, duque de Medina-Sidonia, tampoco pareció conocer la satisfacción marital y pronto se hizo célebre por su afición al derroche y el oropel festivo del Palacio de Buenavista. La animadversión entre las dos damas de alcurnia estaba servida. Eran tiempos, para ambas, de ocio y despreocupación.

María Luisa de Parma

María Luisa de Parma, en el centro, en el célebre cuadro 'La familia de Carlos IV', de Goya (Museo del Prado).

Los corrillos cortesanos se recreaban ante los celos y recelos que Princesa y Duquesa sentían por los encantos del joven Juan Pignatelli, conde de ascendencia italiana y desenvuelto donjuán. Digna de vodevil es la historia de la “cajita de diamantes” que María Luisa regaló a su amado y con la que éste obsequió a la Duquesa. La de Alba, arrebatada, devolvió el presente con la donación de una sortija adornada con un grueso brillante y que Pignatelli regaló a la Princesa de Asturias. En una escenografía de venganza social tan propia de la época, la de Parma -consciente de la procedencia del anillo- lo lució en un besamanos y Cayetana (como se conocía a la Duquesa) tuvo que poner sus labios sobre el presente.

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Ante tal humillación, la Duquesa, regaló la “cajita de diamantes” al afamado peluquero francés Gastón Deloux, encargado de embellecer las cabezas de las españolas damas de postín. El desaire fue máximo, aunque según testimonios sobre la época, la afrenta de damas no terminó ahí. María Luisa recibía tiempo después como presente de la Reina de Francia -la “popular” María Antonieta- una suntuosa cadena de oro que no tardo en lucir en los salones. La de Alba, encargó decenas de cadenas idénticas que repartió entre su servidumbre y la de Maria Luisa. Tras este escarnio, Pignatelli terminaba por mandato real, en la embajada de París. No sabemos lo que pensaría de esto el bueno de Carlos IV.

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El escenario se enrevesó todavía más al entrar en escena Goya y Godoy. El primero, del que fue mecenas la de Alba y el segundo, por ser favorito de la Reina, presto a todo tipo de galanteos cortesanos. Parte del patrimonio de la duquesa sería incautado por el “Príncipe de la Paz” como responsabilidad por la fallida conspiración de su esposo en apoyo a Alejandro Malaspina. Pero la Duquesa de Alba fallecería pronto, en 1802 a los cuarenta años y sin descendencia. En adelante su legado pasaría a su pariente el Duque de Berwick, inaugurando con ello la dinastía de los Fitz-James Stuart que tantas historias dará en la siempre festiva Corte española. María Luisa, ya Reina, seguirá siempre fiel a Godoy hasta que el destino la aparte de España y la lleve al destierro en el que morirá tiempo después.