'Mujeres en la Historia': Bárbara de Braganza, reina de un amor real

Ni ella ni su marido Fernando VI descansan en El Escorial, ella, porque no tuvo hijos reyes y él, porque quería que lo enterrasen con su esposa

por Daniel Arveras /


En la plaza de la Villa de París de Madrid, frente al actual Tribunal Supremo, algunos niños juegan bajo la atenta mirada de sus padres, una pareja se besa en un banco, un turista toma alguna foto y varios paseantes deambulan con calma en esta mañana de domingo. Lo hacen, lo hacemos, bajo la mirada de soslayo de dos imponentes figuras que presiden este rincón de la capital de España. Son los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza, separados unas decenas de metros, compartiendo ubicación pero sin mirarse siquiera… ellos que tanto se amaron en vida, según la historiografía más extendida.

Bárbara de Braganza

Estatua de Bárbara de Braganza en la plaza de la Villa de París, en Madrid (Daniel Arveras).

El lugar que ocupan estas dos estatuas no es casual y está muy vinculado a la pareja real. El actual Tribunal Supremo reutilizó en el siglo XIX algunos de los espacios que ocupaba el monasterio de la Visitación de Nuestra Señora, fundado por la reina Bárbara de Braganza en 1748 y encomendado a la orden de San Francisco de Sales (Convento de las Salesas Reales) para la educación y el retiro de nobles damas e incluso el suyo propio cuando enviudara.

RELACIONADO: Más entregas de la serie 'Mujeres en la Historia'

La iglesia de Santa Bárbara, ubicada a la espalda del frontis principal del palacio judicial, es lo que ha sobrevivido de entonces y es donde descansan los restos mortales de Fernando VI y de su mujer, Bárbara de Braganza. Aquellos monarcas que se habían querido de veras –cosa no demasiado común en la realeza- decidieron yacer aquí juntos. Son una de las dos excepciones de reyes de España que no reposan en el panteón de San Lorenzo de El Escorial –el otro monarca es Felipe V, enterrado en el palacio de la Granja de San Ildefonso-. (Al de Saboya y a José I no les cuento). El hecho de que no tuvieran hijos y de que al panteón escurialense se trasladaran solo a las reinas que fueran a su vez madres de reyes, pesó sin duda en la decisión de Fernando VI y su esposa. No querían ser separados ni después de muertos… Pero… ¿quién fue Bárbara de Braganza?

Felipe VI

No lejos de la estatua de Bárbara de Braganza se encuentra la de su esposo Fernando VI (Daniel Arveras).

Lo primero que debo apuntarles es que, como en tantos otros casos, el bueno de Fernando no estaba destinado en principio a ser rey de España. De hecho era el tercer hijo de Felipe V y de María Luisa Gabriela de Saboya, fallecida poco después de su propia llegada al mundo. A esta trágica pérdida se unió la prematura muerte de sus hermanos Felipe Pedro y Luis, este último cuando contaba Fernando con diez años de edad, lo que le convirtió en príncipe de Asturias y heredero al trono. Su padre, inestable y enfermizo, se casó pronto de nuevo con Isabel de Farnesio, “la parmesana”, una losa para el príncipe Fernando durante su adolescencia y juventud. Fernando se casó con la infanta de Portugal, Bárbara de Braganza, en 1728. Pese a su figura oronda y un rostro marcado por unas viruelas pasadas, la personalidad de esta mujer cautivó al joven príncipe desde el principio y viceversa, formando un matrimonio sólido y feliz pese a los difíciles años que vivieron alejados de la Corte por la fuerte influencia que Isabel de Farnesio ejerció sobre el “melancólico” rey Felipe V. Esos años les unieron más si cabe.

RELACIONADO: Catalina de Aragón, infanta, princesa de Gales y reina de Inglaterra

La prioridad de “la parmesana” como reina fue colocar convenientemente a los seis hijos que fue teniendo con el rey, sin tener presente para nada a su hijastro, quien vivió desplazado durante dos décadas. Cuando al fin heredó el trono de España tras la muerte de su padre en 1746, no es de extrañar que lo primero que hizo Fernando VI fue “desterrar” a la viuda Isabel de Farnesio al palacio de la Granja de San Ildefonso, permitiéndole construir el palacio de Riofrío, para alejarla de la vida pública y de la Corte. (Lo mismito que ella había hecho años antes con él). Además de la afabilidad y alegría de Bárbara, la lusa fue una fiel y eficaz consejera política de su esposo. Era una mujer muy culta, conocedora de varios idiomas, amante de las artes, de la lectura –atesoró una importante biblioteca- y, sobre todo, de la música. Tocaba varios instrumentos, compuso alguna obra y fue mecenas de la voz más afamada de su tiempo, la del italiano Carlo Broschi, el “castrati Farinelli”, y del músico Doménico Scarlatti durante años.

Fachada Santa Bárbara

En la iglesia de Santa Bárbara reposan los restos del matrimonio (Daniel Arveras).

En la primavera de 1558, la reina se sintió cada vez más débil, aquejada de un asma crónico y una tos continua. El rey decidió que se trasladaran a Aranjuez, confiando en que el cambio de aires mejoraría a su amada esposa. No fue así y Bárbara de Braganza falleció en agosto de aquél mismo año de 1558 en el palacio de Aranjuez. Un desolado Fernando VI se alejó de inmediato de todo y de todos, recluyéndose en el castillo de Villaviciosa de Odón, propiedad del infante don Luis. Allí pasó su último año de vida, llorando, gritando, con ataques de ira, dejando de alimentarse y lavarse, enloqueciendo. No quería saber nada del mundo sin su reina… Murió apenas doce meses después, en 1759, y heredó el trono de España un hijo de la ínclita y todavía viva Isabel de Farnesio, su hermanastro Carlos III…

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es 'Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias'.