'Reinas de España': Isabel de Braganza, culta y poco agraciada, fue el 'alma mater' del Museo del Prado

Convenció a Fernando VII para recopilar, catalogar y exponer la obra pictórica dispersa en los distintos palacios, lo que fue el gemen de la pinacoteca española

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


La historia puede jugarnos muy malas pasadas. De Isabel de Braganza recordamos su aspecto poco agraciado y su falta de dote o ajuar, pero pocas veces nos hacemos eco de que esta Infanta portuguesa, nieta de Carlos IV, es el 'alma mater' en la creación del Museo del Prado. Casada con su tío Fernando VII, fue una mujer culta e instruida que tuvo que soportar las continuas infidelidades de un Rey al que no pudo dar el heredero que tanto se esperaba. Fue Reina de España entre 1816 y 1818, mientras el liberalismo trataba de abrirse camino en el país.

Isabel de Braganza

Retrato de Nicolás García. Museo Romántico de Madrid (Gtresonline).

Isabel de Braganza pertenecía a la Casa Real Portuguesa. Hija del Rey Juan VI de Portugal y de la Infanta española Carlota Joaquina, nació en el Palacio Real de Queluz (Sintra, 1797) en los días en los que su abuelo, el Rey de España Carlos IV confiaba el rumbo de la nación a su fiel Manuel Godoy. En la vecina Francia, el General Bonaparte tomaba las riendas del Consulado hasta erigirse en amo, señor y Emperador de Europa. Ante el embate de los Ejércitos napoleónicos, los Braganza emigraban a Brasil dejando huérfano el trono portugués.

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Isabel tenía apenas once años cuando comenzaba su vida en tierras trasatlánticas y su hermano era proclamado Emperador como Pedro I. Pero el destino iba a convertir a Isabel en la candidata perfecta para ocupar el trono español: su tío Fernando VII llevaba ocho años viudo de su primera esposa -María Antonia de Nápoles- y buscaba un heredero ahora que regresaba aclamado como 'el deseado' tras el final de la Guerra de la Independencia (1808-1814).

España necesitaba un aliado vecino de los territorios coloniales de América, en los que había prendido la antorcha de la independencia. Isabel y su hermana, la intrigante María Francisca de Braganza, embarcaban rumbo a la península para casarse, respectivamente, con el Rey Fernando y su hermano Carlos María Isidro, quien dos décadas después desencadenaría el inicio del conflicto carlista. Aportaban poca dote y ni siquiera ajuar.

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La boda se celebró por poderes en Cádiz, actuando como testigo el Duque del Infantado, fiel compañero de las correrías de Fernando y miembro destacado de su camarilla. La Reina hizo su entrada en Madrid por la Puerta de Atocha en el mes de septiembre de 1816. En España se había restablecido el absolutismo y los diputados liberales que habían participado en las Cortes de Cádiz marchaban al exilio. El país estaba devastado, lleno de bandoleros como comentan muchos viajeros extranjeros en sus crónicas. La joven Reina trató de ganarse el afecto de los españoles, pero sus ojos saltones y rostro mofletudo la hicieron pasto de las más satíricas coplillas.

Isabel de Braganza

La Reina, en un óleo de Vicente López Portaña (Museo del Prado).

A pesar de su juventud, no disfrutaba Isabel de un físico seductor ni gracia en el vestir, pero era una mujer culta con sensibilidad artística que pronto descubrió el enorme patrimonio de su país de adopción. Cuentan que fue en los sótanos de los diferentes Palacios Reales, donde se encontró acumuladas, sin orden ni concierto, cantidad de obras de arte propiedad de la Corona. Fue ella, la Reina Isabel de Braganza, quien convenció a Fernando VII para catalogar, unificar, trasladar y exponer al público esta riqueza artística almacenada: había nacido el Museo del Prado.

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Pero ella no vivió para verlo. Sabía que su papel en la corte pasaba por darle un heredero a Fernando. Hacía meses que había descartado ganarse el afecto de un envilecido Fernando, entregado a los placeres de Pepa la Malagueña o su amante de Sacedón (Guadalajara), donde acudía a tomar las aguas medicinales en la esperanza de aliviar sus dolores de gota. El grotesco episodio de la Reina ataviada de 'manola' para tratar de despertar la pasión de su esposo la había hecho comprender que su destino era únicamente concebir un hijo. Porque jamás se ganaría su corazón.

La Reina tuvo dos embarazos malogrados. El segundo, una cesárea mal practicada en el Palacio de Aranjuez, terminó con su vida. Cuentan las crónicas, que el proceso fue una especie de carnicería. La niña moría también pocas horas después. El cuerpo de Isabel de Braganza fue trasladado al pudridero de El Escorial y sus restos descansan en el Panteón de Infantes. Tenía 21 años y había sido, durante dos, Reina de España.