'Reinas de España': Los oscuros negocios de María Cristina

Su olfato para los negocios y el brazo maquinador de su marido, Fernando Muñoz, la llevaron a amasar tal patrimonio, que terminó en el exilio acusada de abuso de poder

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


María Cristina venía de una Corte alegre, la napolitana, pequeña y festiva. Ella era también una mujer impetuosa, de carácter encendido que llegaba a esa España romántica dominada por la pasión. No sabemos si fue por el gusto que cogió al conjunto de topacios rosas y brillantes que le regaló Fernando VII el día de su boda, pero lo cierto es que amasar riquezas y patrimonio se convirtió, desde sus primeros pasos en España, en una constante en su vida y su quehacer político.

María Cristina de Borbón

María Cristina de Borbón, retratada por Luis de la Cruz y Ríos (Museo del Prado).

Vicente López la ha retratado con ostentosos trajes de gala y esos “tres moños” tan pomposos que solo ella pudo popularizar en una Corte todavía algo rancia. María Cristina fue Regente en una España en guerra. Durante su periodo se creó el Ateneo de Madrid, se desamortizó al clero y se aprobó la Constitución de 1837, pero sobre todo el suyo, fue un espíritu ajeno a unos convencionalismos que la encasillaban como “viuda del Rey”. Ella era la “señora de Muñoz”.

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Su controvertido segundo matrimonio con el bien plantado Guardia de Corps y -sobre todo- los cambios que se estaban produciendo en un país que despertaba a la revolución industrial, los convirtieron en una de las parejas más acomodadas de la época. Muñoz y María Cristina sacaron importantes sumas de Patrimonio para invertirlas en deuda extranjera en los años de su primer exilio (1840-1844). Pero fue al alcanzar Isabel II la mayoría de edad en 1844 -unos ingenuos catorce años- cuando todo se exageró: el sargento y marido de su madre, se convertía por gracia del borboneo isabelino en Duque de Riansares, Grande de España y Marqués de San Agustín.

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Repartir títulos comenzaba a ponerse de moda y el flamante Palacio de las Rejas, se transformaba en el centro de las operaciones financieras más rentables de la época. Sabiamente aleccionados por el Marqués de Salamanca -su socio financiero- invirtieron en bolsa y no hubo proyecto industrial que se librase de sus enredos económicos. Conocidos eran sus negocios con el carbón asturiano, sus amistades con el banquero Marqués de Gaviria o la creación –de su propiedad- de la Asturiana Minning Company luego reconvertida en Fábrica de Mieres. Entre los regios negocios que emprendieron estaba la construcción y explotación del Ferrocarril de Langreo, el primer tren que circuló en Asturias.

Caricatura Al asalto (El Motín)

Caricatura 'Al asalto' de Eduardo Sojo 'Demócrito', publicada en la revista satírica 'El Motín'.

La pareja obtuvo, con José de Salamanca, la concesión de la línea férrea Madrid-Aranjuez en 1851 que poco después se extendería hasta Albacete y Alicante. Durante cerca de una década tuvieron el monopolio de la sal y se hicieron con las licencias de las obras de reforma del puerto de Barcelona. España, en esos tiempos de espadones y generales, cambiaba al hilo de las transformaciones que convertían a la nueva burguesía en protagonista de la vida social. Surgieron los clubes en los que una decaída –y desplumada- aristocracia se entregaba a emparentar con los nuevos hijos del capital, mientras Madrid crecía hacia el extrarradio en construcciones urbanísticas de florecientes beneficios para sus promotores.

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Pero las disputas entre moderados y progresistas llevaran al ocaso a los partidarios de Ramón Narváez –envuelto en muchos de estos enredos económicos- y mandaban a María Cristina y Fernando Muñoz a un nuevo exilio. Se les acusó incluso, de beneficiarse del negocio de los negreros. La pareja estaba marcada por aprovechar en su favor la información privilegiada que su situación en la Corte le reportaba. Y ni siquiera los siempre afectuosos comentarios vertidos desde las páginas del periódico La España, les libraban del desastre. Isabel no era ajena a las corrupciones de su madre. Pero consintió. Esto, unido a sus caprichadas, mal hacer político y sus conocidos líos de alcoba, terminarían con ella también en Francia. Faltaba más de una década para que madre e hija, volvieran a encontrase en el exilio. Era ya el año 1868 y el grito de "¡Abajo los Borbones!" los había expulsado de España.