'Reinas de España': María Cristina de Nápoles, el escándalo de un matrimonio apasionado

Fue Reina por matrimonio con Fernando VII y enviudó a los tres años de llegar a España. Su amor con el sargento de la Guardia de Corps, Fernando Muñoz, hizo tambalearse la ya de por sí debilitada monarquía borbónica

por Cristina Barreiro, Universidad CEU - San Pablo /


María Cristina era hija del Rey de Nápoles. Nieta por parte de madre del ingenuo Carlos IV, llegó a Madrid a finales de 1829 para desposarse con su primo Fernando VII. Después de tres matrimonios fallidos, el Rey -todavía sin descendencia- necesitaba asegurar la Corona en un tiempo en el que los partidarios de Carlos María Isidro se veían ya ciñendo el trono de España. Pocos confiaban en esta napolitana de veintitrés años, cabellos castaños, ojos pardos y nariz grande que -sin llegar a ser 'borbónica'- encandiló al Rey. Porque a escasos meses de celebrarse el matrimonio en Aranjuez llegaba el milagro: la Reina estaba embarazada de la futura Isabel II. Y apenas un año después, nacía la segunda de las hijas de la pareja, la Infanta Luisa Fernanda, quien tantos quebraderos dará a su hermana por culpa de Montpensier. Los carlistas se alzaron en armas y María Cristina fue proclamada Regente, a la muerte del inefable Fernando en 1833.

María Cristina de Nápoles

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias en un retrato de Vicent López Portaña. Museo del Prado (Wikimedia Commons).

Fueron días de guerra civil, en los que el liberalismo enarbolaba la bandera de la niña Reina y María Cristina mediaba entre reformistas y moderados en una España que se desangraba. Pero ella, de carácter alegre y apasionadas formas, parecía más inclinada a rehacer su corazón que a lidiar en un conflicto político que traería a los progresistas al poder. A los tres meses de enviudar, María Cristina entraba en relaciones con un sargento de la Guardia de Corps: el apuesto Fernando Muñoz. El escándalo estaba servido.

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Mucho se ha debatido sobre la naturaleza de esta relación y su matrimonio 'morganático' que al darse entre desiguales –en tiempos en los que la rigidez de normas languidecía- la excluía de sus derechos a la Regencia. Lo cierto es que María Cristina vestía holgados trajes de gala con los que presidía las Cortes al tiempo que se hacía popular el dicho de los liberales de que "la Reina no paría y ha parido más Muñoces que liberales había". Ella, tan católica, pasaba los periodos de convalecencia tras los partos en el Palacio de Vista Alegre en Carabanchel. Cada niño que nacía -y tuvo ocho de su segundo matrimonio- se entregaba secretamente a una nodriza instalada en algún pueblo cercano y a los pocos meses de vida, un sacerdote lo trasladaba a París donde se criaban al cuidado de personas leales a la Reina. María Cristina los visitaba: utilizaba el falso título de 'Condesa de la Isabela' para viajar a Francia. Nadie fuera de su círculo íntimo debía saber que la madre de la Reina de España pasaba temporadas en París. La relación con su hija Isabel era cada vez más distante.

María Cristina de Nápoles

Fernando VII y María Cristina, en un óleo de de Luis Cruz y Ríos (Museo de Bellas Artes de Asturias).

María Cristina partió al exilio en 1840. El triunfo de la causa liberal y la popularidad adquirida por Espartero, la obligaron a abandonar la Corte. En Madrid se quedaban las niñas que había tenido con el Rey Fernando. María Cristina se instaló en París –en el antiguo palacio de la Malmaison que había pertenecido a Josefina, esposa de Napoleón-  y en ese primer exilio, visitó al Papa Gregorio XVI, para que bendijese su unión. Con olfato para los negocios, supo invertir bien en deuda extranjera y su situación financiera era boyante. Pero en ese tiempo, María Cristina sobre todo conspiró; conspiró contra don Baldomero para provocar su caída y, de paso, su regreso a España.

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En 1844, Isabel II accedía a la mayoría de edad. Su madre volvía a Madrid y se instalaba en el Palacio de Las Rejas, enfrente del Senado. Por obra de los nuevos tiempos, Muñoz pasaba a convertirse en 'Duque de Riansares' y en adelante, la pareja hacía de su fortín, el centro de lucrosas operaciones financieras en una España en los albores de la revolución industrial. Eran los días del ferrocarril, la peseta y el despertar de la Bolsa. Muy poco popular entre los españoles, la multitud incendió su residencia como consecuencia de la tormentosa Vicalvarada que llevaba a O'Donnell al Gobierno. María Cristina partía de nuevo al exilio. Esta vez era ya definitivo. Volvió a instalarse en París y apenas en tres ocasiones volvió a España. Fernando Muñoz falleció en su casa de Le Havre en 1873. María Cristina lo hizo cinco años después en Sainte-Adresse, en la región de Normandía. Riansares está enterrado en Tarancón. María Cristina, en el Panteón del Monasterio del Escorial, como corresponde a una Reina.