'Reinas de España': Las joyas, abanicos y 'sautoirs' de Isabel II

Su afición al ornato y escasa conciencia del valor del dinero, hicieron del joyero de Isabel II uno de los más importantes de su tiempo

por Cristina Barreiro, Universidad CEU San Pablo /


De sobra es conocido el dispendio con el que se vivía en la Corte durante el reinado de Isabel II. Su afición al ornato y escasa conciencia del valor del dinero, hicieron del joyero de Isabel II uno de los más importantes de su tiempo. Tanto le gustaban pendientes, pulseras y coronas que les ponía nombre, como si fueran mascotas. El largo exilio y posterior reparto entre sus herederos, hacen que gran parte de este patrimonio haya desaparecido.

Madrazo (Gtresonline)

Retrato de Federico Madrazo en el que la Reina Isabel II aparece con el collar de perlas que Francisco de Asís le regaló para sus esponsales (Gtresonline). 

Isabel II fue una Reina caprichosa. Su carácter coqueto la llevó a lucir con oropel en sus apariciones públicas y a mostrar desde muy joven su afición a los vestidos, abanicos y guantes. Los documentos que se conservan en el Archivo General de Palacio la revelan también como una verdadera amante y coleccionista de joyas. Heredó muchas de su suegra, la infanta Luisa Carlota de las Dos Sicilias, aunque también gastó parte del presupuesto de la Corona en la compra de pulseras, diademas y collares con los que lucir radiante en sus siempre ampulosas puestas en escena. Conocemos muchas de esas piezas gracias a los retratos de Federico de Madrazo -entre otros- aunque sabemos también que algunas eran encargos para donar a diferentes causas religiosas, benéficas o de servicios a la institución.

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Una de las joyas más preciadas por Isabel II fue el collar de perlas que le regaló Francisco de Asís con motivo de sus nupcias celebradas en el Palacio Real en 1846. Las posteriores desavenencias maritales no fueron obstáculo para que la Reina la conservase hasta su muerte, siendo adquirido años después de su muerte, por su nieto Alfonso XIII. Ya Reina en ejercicio, fue cliente principal de los españoles Félix Samper o Narciso Práxedes Soria. A este último, le encargó en 1852 la elaboración de la corona, rostrillo y halo de diamantes y topacios de Brasil, que regaló a la Virgen de Atocha en muestra de agradecimiento por haber salido ilesa del atentado cometido por el alocado cura Martín Merino y del que se salvó gracias a una de las ballenas de su corsé. Hoy es propiedad de Patrimonio Nacional.

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La Reina encargó a Celestino de Ansorena, el dibujo y posterior realización de la tiara papal que regaló a Pío IX con motivo de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción. La tan católica Isabel II terminó de pagar la pieza en 1854 y desde esa fecha Ansorena, fue nombrado joyero y diamantista de la Casa Real. Pero Isabel de Borbón también tiró de los gemólogos europeos más afamados de la época en esos días en los que Bismarck marcaba el nuevo rumbo de una Alemania unificada e Italia se erigía como nación. Lemonnier y Dumoret, surtieron a la veleidosa Isabel de los diseños aparatosos con piedras engastadas siempre de gran tamaño que tanto le gustaban. A la parisina casa Meller (Mellerio) confió la tiara de las conchas en pavé de diamantes y perlas aperillada, que regaló a su hija la Infanta Isabel, con motivo de su boda. La Chata –así era apodada la primogénita de la Reina- se la dejaría en herencia a su sobrino Alfonso XIII y hoy es de las pocas piezas de esta época que forma parte de las llamadas “joyas de la corona” españolas. 

Isabel II

Al final de sus días, Isabel II tuvo que vender gran parte de sus joyas para hacer frente a sus deudas y gastos (Gtresonline).

Pero la mala gestión política, los pelotazos descubiertos en torno a la construcción del ferrocarril en España –los llamados “caminos de hierro”-, su apoyo continuo a los moderados, los líos de alcoba y su poca sensibilidad en la utilización de los recursos públicos, terminaron con Isabel II en el exilio. Era el año 1868 y acababa el reinado de la primera Reina liberal española. Desde esa fecha y hasta su muerte en 1904, Isabel II tuvo que hacer frente a los enormes gastos provocados por su vida en París, la pensión obligada a su esposo el Rey consorte Francisco de Asís –estipulada en las capitulaciones matrimoniales- y el gasto de la Corte, la obligaron a desprenderse de gran parte de su patrimonio personal. En 1874, Isabel II subastó gran parte de su joyero para sufragar la compra y reforma del Palacio de Castilla. Igual que había demostrado un magnífico ojo para la compra de alhajas, lo tuvo también para su venta. Tras su fallecimiento en París, se procedió al inventario, tasación y posterior reparto de los bienes que quedaban entre sus hijos. La riviere de diamantes con la que aparece en uno de los retratos más conocidos de Madrazo, pasó a su hija la Infanta Isabel. Pero la mayor parte de su patrimonio hoy permanece en el olvido.