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'Reinas de España': Isabel II, mala ortografía, afición a Lhardy y líos de alcoba

Contradictoria en su hacer político, Isabel II demostró su gusto por lo español. Reina desde los tres años, casada a los catorce y en el exilio desde los 37, Isabel fue una de las más castizas Reinas españolas

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24 de Julio 2019 / 09:14 CEST CRISTINA BARREIRO / UNIVERSIDAD CEU - SAN PABLO

Isabel II

Isabel II, en una fotografía de Jean Laurent (Wikimedia Commons).

© Wikimedia Commons

Si algo puede definir la vida de Isabel de Borbón (Isabel II) es su precocidad. Su nacimiento en 1830 vino marcado por el inicio de la disputa dinástica, y la muerte de su padre –el deplorable Fernando VII- dio comienzo a la Primera Guerra Carlista, el más cruento de los enfrentamientos civiles españoles. Respaldada por los liberales y utilizada por progresistas y moderados que convirtieron la cuestión dinástica en campo de batalla de personalismos, Isabel pasó su infancia bajo la tutela del “divino” Arguelles quien hizo todo lo posible por reconducir el carácter impetuoso de la niña: sus faltas de ortografía, su limitada formación intelectual y su afición a los caballos no parecían las virtudes que se esperaban para una Reina.

Criada con el escaso afecto que le confería su madre María Cristina de Nápoles, tuvo en su hermana Luisa Fernanda su principal apoyo. La Regente María Cristina, enfrascada en amores con el guardia de corps Fernando Muñoz prestaba más atención a su corazón y múltiples embarazos morganáticos, que a sus propias hijas: "Decían los liberales que la Reina no paría y ha parido más Muñoces que liberales había" populos inquid. España mientras tanto, lidiaba con una compleja desamortización tutelada por Mendizábal que azuzaba el anticlericalismo en el país.

Isabel creció como una niña morena, de ojos claros, acné juvenil y por el momento, estilizada figura. No destacaba por una belleza imperativa pero su desparpajo y vivacidad la convirtieron en una adolescente de postín. Los candidatos a desposarla fueron múltiples y el elegido, el menos adecuado para la personalidad de Isabel: su primo Francisco de Asís de Borbón no parecía reunir las condiciones de virilidad suficientes que necesitaba la Reina. El "Isabelona tan frescachona y don Paquito tan mariquito" se convirtió en parte del argot popular de ese Madrid en el que la burguesía despertaba a los clubes de sociedad y la peseta.

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La Reina, con su marido Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz (Óleo anónimo de la Biblioteca Nacional/Gtresonline).©GTres

El ferrocarril había llegado al país y la Guardia Civil se convertía en la benemérita defensora del orden público en esa España romántica que inmortalizaron Bécquer, Carolina Coronado y Federico de Madrazo. Con un matrimonio roto, Isabel -quien siempre había tenido afición al cante- hizo de la ópera su capricho particular como mecenas que fue, entre otras obras, del Teatro Real, construido sobre el antiguo de los Caños del Peral. Isabel, dada al buen comer, convirtió el afamado restaurante Lhardy, en la Carrera de San Jerónimo, en espacio de disfrute y distracción. Los gobiernos, de Narváez a Espartero pasando por O´Donnell, caían y se formaban al hilo de los caprichos de Isabel en los salones gastronómicos del local.

Pero la Reina, amante de las buenas joyas y de poca austeridad en el vestir, fue también una Reina generosa, aunque muchos -en los años iniciales de su desprestigio- la confundieran con dadivosa. Sonado fue el escándalo provocado a raíz de la publicación del artículo de Emilio Castelar, El Rasgo, en su diario La Democracia. Era el comienzo del fin.

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La boda de Isabel II y la de su hermana Luisa Fernanda se celebraron a la vez, como se ve en este cuadro de Karl Girardet (Cordon Press).©CordonPress

El estallido de La Gloriosa, la Revolución de septiembre de 1868, terminaba con Isabel II en el exilio. Salió directamente desde San Sebastián hacia Biarritz, donde fue recibida por su amiga Eugenia de Montijo, Emperatriz de los Franceses por matrimonio con Napoleón III. En España comenzaba un periodo de fuerte inestabilidad política y fracaso de las aspiraciones democráticas. Isabel establecía su residencia en París, en el Palacio de Castilla en plenos Campos Elíseos.

Con ella se fue la Corte y parte de joyerío regio que pronto repartió entre sus hijas, las Infantas Isabel, Eulalia y Paz. La mayor parte de su vida, Isabel la pasó en el exilio. Viajó por Europa, disfrutó de sus nietos y se convirtió en la primera Reina fotografiada de nuestra historia. Eran tiempos nuevos. También se dejó entrevistar por Galdós quien la acuñaría como La de los tristes destinos, en uno de sus más afamados Episodios Nacionales. Llegó a ver en el trono a su hijo Alfonso XII y a su nieto Alfonso XIII aunque ella apenas regresó a España.