Un controvertido (y revolucionario) tratamiento: implantes cerebrales para combatir las adicciones

La estimulación cerebral profunda se ha utilizado por primera vez en China para tratar la adicción a la metanfetamina

por Ismael Marinero /


La estimulación cerebral profunda (ECP), tecnología experimental que consiste en implantar un dispositivo similar a un marcapasos en el cerebro de un paciente para enviar impulsos eléctricos a zonas concretas, lleva años utilizándose para tratar a pacientes con Parkinson. Algunas investigaciones señalan que, además, este neuroestimulador podría servir para aliviar los síntomas de la depresión, luchar contra el alzhéimer, la anorexia, el dolor crónico o la adicción a las drogas. Según Associated Press, el primer ensayo clínico de ECP para la adicción a la metanfetamina se está llevando a cabo en el Hospital Ruijin de Shanghai, con resultados sorprendentes.

Cerebro conectado

La estimulación cerebral profunda podría servir para luchar contra diversas enfermedades cerebrales (GTresonline).

El sistema tiene tres componentes: un electrodo, la extensión y el neuroestimulador. Se realiza una pequeña abertura en el cráneo para introducir un cable muy fino, hasta que la punta del electrodo se posiciona dentro del área objetivo del cerebro. La extensión es un cable conectado con el electrodo que se implanta bajo la piel de la cabeza, el cuello y el hombro, hasta llegar al neuroestimulador, que generalmente se inserta cerca de la clavícula. Una vez que el sistema está colocado, se envían impulsos eléctricos que pasan por todo el circuito para interferir o bloquear las señales eléctricas relacionadas con la adicción.

China toma así la delantera en un tratamiento por el que algunos científicos europeos llevan años luchando, sobre todo por la dificultad de reclutar pacientes voluntarios y las complejas cuestiones éticas, sociales y científicas que plantea un tratamiento de estas características. En Estados Unidos tampoco han prosperado del todo las investigaciones sobre neuroestimuladores, en gran parte porque estos dispositivos implantables pueden llegar a costar 100.000 dólares (unos 90.000 euros). Por su parte, China tiene un elevado número de pacientes potenciales, fondos gubernamentales y compañías tecnológicas dispuestas a invertir en este tipo de investigaciones. Por eso no es extraño que, de los ocho ensayos clínicos con EPC para la adicción a las drogas que se están llevando a cabo en el mundo, seis estén localizados en China.

RELACIONADO: Más noticias sobre Tecnología

Las cosas pueden estar cambiando. La epidemia de los opiáceos que se ha extendido por todo el territorio estadounidense (y empieza a llegar a Europa) ha acelerado tratamientos experimentales en Estados Unidos como el que recientemente ha aprobado la FDA (Food and Drugs Administration) en Virginia Occidental y que en junio tendrá a su paciente cero.

Por otro lado, existe una creciente corriente crítica, que se muestra contraria a la aplicación de una tecnología que puede tener consecuencias fatales para los pacientes, desde una hemorragia cerebral hasta problemas del habla o la memoria. Son experimentos prematuros, sostienen, que no abordan los complejos factores biológicos, sociales y psicológicos que impulsan la adicción. A eso se le suma un creciente escepticismo en la comunidad científica mundial acerca de la calidad general y el rigor ético -en particular en torno a cuestiones como el consentimiento informado- de los ensayos clínicos realizados en China.

RELACIONADO: Llegan los 'hearables', dispositivos que acceden al cerebro a través del oído

De momento, las primeras declaraciones de Yan, el paciente que participa en el ensayo clínico del Hospital Ruijin, son tan inquietantes como prometedoras para el futuro de esta tecnología. "Esta máquina es casi mágica. El cirujano la ajusta para hacerte feliz y tú estás feliz, o para ponerte nervioso y estás nervioso", dijo a Associated Press. "Controla tu felicidad, ira, dolor y alegría". Seis meses después de la operación dice no haber recaído en el consumo de metanfetamina, lo que apoyaría la tesis de quienes defienden la efectividad de este tipo de implantes cerebrales.