'Mujeres en la Historia': la odisea vital de Catalina de Erauso, la 'monja alférez'

Hasta hace no tanto se dudaba de la propia existencia de esta intrépida mujer, pero sí que existió, vaya si lo hizo...

por Daniel Arveras /


La odisea vital de Catalina de Erauso es digna de la mejor película de aventuras e incluso supera a cualquier ficción jamás imaginada, sobre todo cuando estamos hablando de una mujer que se mueve entre finales del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII. De hecho, hasta hace no tanto se dudaba de su propia existencia y se pensaba que su historia se debía más a un cuento o leyenda popular transmitida de generación en generación. No se concebía que aquella intrépida mujer hubiera existido de veras. Pero sí existió, vaya si lo hizo… veamos un poco su historia.

Monja Alférez

Catalina de Erauso, la 'monja alférez', en el único retrato suyo que se conserva. Lo pintó Juan Van der Hamen entre 1625-1630.

Nacida en los últimos años del siglo XVI en San Sebastián, sus padres decidieron entregarla siendo muy niña a una tía suya, priora de un convento, para que allí fuera criada y educada en la fe con el objeto de que tomara los hábitos cuando fuera adulta. Algo muy frecuente en aquellos tiempos, sobre todo en familias con muchas bocas que alimentar… Allí pasó varios años, hasta que alcanzó la adolescencia y crecieron sus ansias de libertad, de salir de aquellos muros conventuales, ver mundo y dejar aquella vida de rezos, trabajos en el huerto y aislamiento. Ella no había nacido para llevar esa vida monótona y solitaria, así que con 15 años cumplidos comenzó su tremenda aventura.

Una puerta mal cerrada, un aspecto no muy femenino ni agraciado, unas ropas holgadas que se pudo confeccionar, el corte de su cabello,… de esta manera arrancó la huida y su nueva vida, con la apariencia de un muchacho, para pasar desapercibida como uno de tantos zagales que vagabundeaban por las calles ofreciendo sus servicios como criados o mozos a diferentes familias. De esta manera sobrevivió y fue perfeccionando sus maneras y las apariencias de su disfraz, adoptando siempre distintos nombres, por supuesto, masculinos.

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Fue recorriendo España, pasando por Vitoria, luego Valladolid y llegando finalmente hasta San Lúcar de Barrameda. Allí, continuando su huida hacia adelante en busca de aventuras y nuevos horizontes, se embarcó como grumete en uno de aquellos navíos que partía hacia el Nuevo Mundo. En aquellas tierras nadie podría identificarla y llevarla de vuelta al convento.

En el Perú trabajó para un tendero cierto tiempo hasta que su carácter pendenciero la llevó a dar de estocadas a dos sujetos por una riña en una taberna. Aficionada a los naipes y al vino, Catalina de Erauso no se dejaba arredrar por nadie y no rehusaba ninguna pelea si creía llevar la razón. De aquella trifulca sacó alguna herida y unas horas en la cárcel, de la que se libró por mediación del tendero, quien la conminó a buscarse otro oficio y destino. ¿Dónde podía ir ahora aquella mujer con aspecto e identidad masculina? Como al sur del Perú se encontraba Chile y allí siempre se precisaban hombres para enrolarse en las continuas campañas militares de la Guerra de Arauco, nuestra protagonista se sumó a aquellas tropas bajo el nombre de Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán. El cómo pudo combatir y compartir innumerables días y noches rodeada de soldados sin que nadie descubriera su verdadero género e identidad es todo un misterio y difícil de creer, pero así fue, destacándose además en el combate por su arrojo y valor.

Si ya teníamos la primera parte de su apodo muy clara (“monja”) por su infancia en el convento, la segunda (“alférez”) tiene su origen en estos años, ya que fue ascendida a ese grado militar por una acción heroica protagonizada en Purén y en la que fue herida de gravedad. Así lo contó ella misma o dictó a alguien en 1626, cuando ya era un personaje de gran fama…

“Fui alférez cinco años. Halleme en la batalla de Purén, donde murió el dicho mi capitán y quedé yo con la compañía cosa de seis meses, teniendo en ello varios encuentros con el enemigo, con varias heridas de flechas…”

Su valentía y méritos en aquellas campañas se vieron ensombrecidos por su crueldad excesiva con los mapuches. De hecho, fue amonestada y trasladada en varias ocasiones por su furia incontenible y no dar tregua a heridos o prisioneros. Así, hastiada quizás por no ver más reconocidos sus servicios y por los frecuentes desencuentros con sus superiores, decidió abandonar la vida militar y regresar al Perú, donde llevó una vida agitada, de soldado ocioso y tabernero, envuelta en constantes riñas y pendencias, dispuesta a blandir su espada a la menor ocasión, ya fuera por unos cuantos pesos o por orgullo y honor.

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También conquistó a diversas mujeres, atraídas por su aspecto, bravura y trazas varoniles. De más de un lecho cuenta que escapó en el último momento para huir de la furia de algún esposo deshonrado o cuando estaba a punto de descubrirse su verdadera condición.  En este tiempo, de vagabundeo, líos de faldas y broncas frecuentes, fue herida de gravedad, viéndose obligada al fin a relatar a un obispo su verdadera identidad y la vida llevada hasta entonces. 

“… tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé; me vestí, me corté el cabello, partí allí, acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima”.

El rostro del obispo al escuchar aquella historia debió de ser todo un poema. No daba crédito a tan alucinante relato hasta que se comprobó que, en efecto, aquél hombre pendenciero, que yacía herido de gravedad, era mujer y además virgen. Catalina de Erauso sanó de sus heridas poco a poco y fue recluida dos años en un convento del Perú para expiar sus numerosos pecados. Luego, libre de nuevo, viajó a España en 1624, cuando ya su historia corría como un reguero de pólvora de plaza en plaza, de taberna en taberna, llegando por supuesto sus noticias a la Corte.

En Madrid fue recibida por el mismísimo monarca Felipe IV, quien quiso conocer en persona a tan increíble mujer. Obtuvo una pensión real por sus servicios de 800 escudos y luego fue a ver al Papa Urbano VIII, quien la permitió seguir vistiendo en “hábito de hombre” si era su deseo. Sobre sus últimos años de vida poco se conoce a ciencia cierta. Sí sabemos que obtuvo licencia para embarcarse de nuevo hacia América y murió años después en algún lugar de México a mediados del siglo XVII, no perdiendo su condición de alférez.

El único retrato que se conserva de ella fue siempre atribuido a Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, pero recientes investigaciones asignan su autoría a Juan Van der Hamen y está datado entre 1625 y 1630, justo los años en que Catalina estuvo por España e Italia.

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Al observar su aspecto uno no puede sino coincidir con la descripción que sobre ella hizo Pedro del Valle, apodado “el peregrino”, un viajante que la conoció y trató en persona durante su estancia en Italia…

“Alta y recia de talle, de apariencia más bien masculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a deseo…. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida…”

En fin, impresionante la vida de esta mujer. ¿Para cuándo una gran película sobre ella? No habría que inventarse Absolutamente nada…

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.

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