'Mujeres en la Historia': Marina Ortiz de Gaete, la esposa olvidada de Pedro de Valdivia

Tras 20 años esperando a su marido viajó a Chile y vivió entregada a la oración y a reclamar la herencia de su esposo y una buena posición por los servicios prestados

por Daniel Arveras /


Si recuerdan mi anterior entrega, les escribía sobre Inés Suárez, valiente mujer que protagonizó hechos increíbles en Chile y vivió una apasionada historia de amor con Pedro de Valdivia, el conquistador de aquellas tierras. Su intensa relación terminó años después por un sencillo motivo, el extremeño era un hombre casado. Sobre su legítima y olvidada esposa, Marina Ortiz de Gaete, les cuento brevemente en las siguientes líneas… Nacida en Zalamea de la Serena en 1509, Marina se casó joven con el capitán Pedro de Valdivia, hidalgo sin fortuna pero con un ganado prestigio por sus hechos de armas en las guerras europeas al servicio del emperador Carlos.

Altar mayor de la iglesia de San Francisco en Santigo de Chile (Daniel Arveras)

Altar mayor de la iglesia de San Francisco en Santigo de Chile. Lo preside la pequeña imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro que Marina Ortiz de Gaete entregó a Pedro de Vadivia y que él llevó muchas veces en su caballo (Daniel Arveras)

En el siglo XVI el amor era a menudo una cuestión muy relativa en los matrimonios; puede que hubiera un sincero enamoramiento por parte de ella, de él o de ambos pero, lo más probable, es que aquella boda tuviera poco que ver con el concepto que tenemos en el siglo XXI del amor. Simplemente, primaban otros intereses: familiares, de posición y linajes, económicos, conveniencia y oportunidad… Lo que sí sabemos es que ella aportaba juventud y una situación económica más solvente y él tenía el atractivo del soldado veterano, vencedor en Pavía y otras batallas donde había mostrado su valor y destreza en el combate.

Pocos años vivió de sosegada paz y convivencia aquél matrimonio. Sin descendencia y con ganas de seguir viviendo aventuras para mayor gloria de su nombre, a Valdivia le llegaron ecos de las Indias, de las grandes conquistas de Cortés y Pizarro, los grandes tesoros, la épica vuelta al mundo de Elcano, de decenas de expediciones que se emprendían para continuar explorando, conquistando y poblando aquél Nuevo Mundo que prometía riquezas y fama a quien le echara valor y tuviera la fortuna de su parte. Fue así como Pedro de Valdivia, como tantos otros, dejó a su esposa en Extremadura para cruzar el océano, prometiendo mandar a buscarla cuando hubiera alcanzado la gloria y una elevada posición en aquellas tierras.

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Marina Ortiz de Gaete tuvo que aceptar la decisión de su esposo e incluso llegó a financiar su partida, obsequiándole también con una pequeña figura de la Virgen del Perpetuo Socorro para que le protegiera en todo momento. Su reducido tamaño era apropiado incluso para que la pudiera portar en las alforjas de su caballo y acompañarle así en sus cabalgadas.
Los años fueron pasando para Marina, teniendo escasas y muy espaciadas nuevas sobre la suerte y estado de su esposo. Valdivia vivía intensamente diferentes aventuras, buscando siempre nuevas gestas que protagonizar y, sobre todo, una que le hiciera pasar a la posteridad. No tenía mucho tiempo para escribir a su esposa o, sencillamente, no estaba entre sus prioridades. Mucho menos cuando en el Cuzco conoció a aquella mujer, viuda y atractiva, con la que comenzó a vivir una historia de amor y pasión. Ella era, como ya saben, Inés Suárez.

Lápida de Marina Ortiz de Gaete

Lápida que recuerda el enterramiento de Marina Ortiz de Gaete en la actual iglesia de San Francisco (Daniel Arveras).

Aquella adúltera relación duró unos diez años, hasta que las autoridades, tanto del Perú como de España, le conminaran a reunirse con su legítima esposa, la olvidada Marina Ortiz de Gaete. Además de la directa instrucción de La Gasca para que Valdivia se alejara de Inés Suárez, desde la Corte llegaban también provisiones y mandatos para que los hombres casados de las Indias mandaran a buscar a sus esposas dejadas en España o, si no querían, regresaran a su hogar.  El propio conquistador fue uno de los directamente interpelados y dio cuenta al propio emperador de que haría cumplir aquella instrucción en su carta de octubre de 1552…

“Las provisiones que su majestad ha mandado enviar y que han llegado a mi poder sobre los casados que vayan o envíen por sus mujeres serán por mi obedecidas y cumplidas…”

Así, Pedro de Valdivia envió a uno de sus fieles capitanes, Jerónimo de Alderete a España para cumplir diferentes misiones, una de ellas convencer a su esposa para que se embarcara hacia las Indias y se reuniera con él en ChileHabían pasado cerca de 20 años cuando Marina Ortiz de Gaete al fin recibía la llamada de su esposo. Dos décadas de ausencia y soledad que llegaban a su fin. ¿Qué hizo? Recibió la noticia con alivio, alegría y esperanza. Muy pronto se puso a disponerlo todo para la travesía, reuniendo y portando un importante ajuar además de ser acompañada por familiares (hermanos y sobrinos) además de por varias criadas, incluida una esclava negra. Era la esposa del gobernador y capitán general del reino de Chile y no escatimó en gastos.

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Sin embargo, el infortunio se cruzó de nuevo en su horizonte… Cuando la flota llegó a las costas del actual Panamá un mensajero se embarcaba presuroso hacia España. La noticia urgente que portaba era la más nefasta que podía esperar doña Marina: Pedro de Valdivia había muerto en diciembre de 1553 a manos de los temibles araucanos en algún lugar del sur de Chile. Por si esto fuera poco, los detalles sobre su padecimiento y muerte eran de los más duros y trágicos imaginables: había sido torturado, desollado vivo y comido en parte por sus captores. Aquella mujer que había esperado durante 20 años para abrazar a su esposo de nuevo era ahora viuda y se encontraba a mitad de camino entre España y Chile. ¿Qué hizo doña Marina? No dio la vuelta como podría imaginarse… Continuó hacia Chile, lugar que su esposo había ganado para el emperador y en el que había dejado su vida. Allí viviría modestamente, entregada a la oración y a reclamar la herencia de su esposo y una buena posición por los servicios prestados por Valdivia…

“Yo, doña Marina Ortiz de Gaete, mujer que fui de don Pedro de Valdivia, mi señor que sea en gloria, daré cuenta a V.M. de mis trabajos y intención para que V.M. se conduela de mi como lo tiene V.M. de costumbre. El gobernador, mi señor, conquistó este reyno de Chile y pobló siete pueblos a su costa y después de averle sustentado quince años le mataron los indios…”

Sus cartas llegaban a la corte de Felipe II y el propio monarca mandó instrucciones a sus gobernadores en Chile para que atendieran las peticiones de aquella viuda. Sin embargo, las deudas dejadas por Valdivia, el estado siempre frágil de la hacienda en aquél territorio y las intermitentes pero permanentes luchas con los araucanos hicieron que las demandas de doña Marina nunca fueran tenidas en cuenta. Se le cedió una pequeña encomienda pero no la pensión que ella reclamaba para vivir tranquila. Seguramente tampoco la ayudó demasiado el hecho de que el gobernador de Chile durante muchos años de su estancia allí fuera don Rodrigo de Quiroga, casado con la célebre Inés Suárez… 

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Marina Ortiz de Gaete vivió muchos años en Chile, nunca más se casó ni tuvo descendencia pero su estirpe se expandió por el país andino gracias a los hijos de sus hermanos Diego y Cristóbal. Hoy en día, multitud de famosos políticos, deportistas, artistas,… chilenos descienden de alguna manera de aquella mujer que quiso permanecer en Chile, en aquellas tierras tan lejanas y duras donde su esposo dejó su vida y, finalmente, cumplió su deseo de dejar “fama y memoria de mí”.
Ironías del destino, los restos de Marina Ortiz de Gaete y de Inés Suárez yacen a escasas cuadras de distancia bajo el subsuelo de dos iglesias del centro de Santiago de Chile… los de Pedro de Valdivia jamás se hallaron.

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.