'Mujeres en la Historia': las 'patagonas' que vieron Magallanes y Elcano

Nunca sabremos qué pensaron ellas cuando vieron llegar a aquellos hombres que no consiguieron capturarlas

por Tu otro diario /


"Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en compensación, son más gordas. Sus tetas, colgantes, tienen más de un pie de longitud. Van pintadas y vestidas del mismo modo que sus maridos, pero se tapan sus partes naturales con una piel delgada. Nos parecieron bastante feas, sin embargo, los maridos mostraban estar muy celosos".

Quien estas líneas escribió fue Antonio Pigafetta, un tipo de noble alcurnia y origen italiano enrolado en la flota al mando de Magallanes que partió de España en el verano de 1519 hacia las islas de las Molucas, la expedición de la Especiería. Sus ganas de aventura le hicieron embarcarse y su afán por dejar testimonio escrito de todo lo que sus ojos vieran en aquella larga singladura le convirtieron en el principal cronista de aquellos hechos extraordinarios, o si lo prefieren, en una suerte de reportero y enviado especial de hace 500 años. Nos dejó una completa y rica relación de aquellos tres años de viaje, de las tierras donde anclaron, del mar y los peligros padecidos, de las gentes que contactaron, animales, alimentos, plantas, enfermedades, paisajes, etc.

Estrecho de Magallanes

El Estrecho de Magallanes desde la ciudad chilena de Punta Arenas (Daniel Arveras).

Pero volvamos al comienzo, ¿a qué mujeres se refería tan gráficamente el italiano? Para ello nos tenemos que situar a finales de mayo de 1520. Ocho meses después de zarpar de Sanlúcar de Barrameda, la expedición se hallaba fondeada en una bahía para refugiarse del mal tiempo y del frío que se cernía sobre ellos al acercarse el crudo invierno austral. Llamaron a ese lugar bahía de Santa Lucía, en la costa de la actual Argentina. Entonces, ocurrió algo inesperado...

"Un  día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envío a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad... Dio muestra de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo".

Los españoles, portugueses y resto de expedicionarios alucinaron al ver a aquel tipo enorme y extraño profiriendo cánticos en lengua ignota, bailando con algarabía y echándose tierra sobre su cabeza. Magallanes ordenó que se le tratara bien y comenzaron a darle baratijas y objetos varios como presente, artículos que aquel hombre no había visto en su vida y que llamaban mucho su atención. Pronto se juntaron otros hombres y mujeres de aquellas latitudes en la orilla y también se les invitó a subir a bordo. Hubo otros contactos en días posteriores. Siempre de manera amistosa, se intercambiaban comida y objetos e incluso a uno de ellos se le enseñó a pronunciar el nombre de Jesús, recitar el padrenuestro... siendo bautizado con el nombre de Juan.

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¿Qué ocurrió después? Pues que la cosa se complicó al querer Magallanes capturar a dos de ellos, "los dos más jóvenes y mejor formados", para continuar el viaje y llevarlos luego a España. Consiguieron hacerlo sirviéndose de una artimaña, tratando luego de atrapar a sus mujeres, cosa que no consiguieron...

"Estas mujeres, al saber lo que les había sucedido a sus maridos, lanzaron tan estridentes gritos que las oímos desde muy lejos... en un instante todos emprendieron la fuga, hombres, mujeres y niños, corriendo éstos aun más ligeramente que los otros, abandonando su choza y todo lo que contenía; uno de los hombres se llevó consigo a los animalitos que les servían para la caza, y otro, escondido entre la maleza, hirió en el muslo con una flecha envenenada a uno de los nuestros, que murió enseguida".

Las naos partieron a finales de agosto con dos de aquellos hombres a bordo, aunque ninguno de ellos sobrevivió mucho tiempo. Uno murió en la nao San Antonio, al mando del portugués Esteban Gómez, cuando éste había desertado y emprendido el regreso a España. El otro cruzó el estrecho junto a los tripulantes de la Trinidad y, poco después, también falleció. Pigafetta pasó largas horas con él y nos narró su final...

Daniel Arveras

El autor, junto al busto de Magallanes en la isla de Tierra del Fuego (Daniel Arveras).

"Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante patagón que llevábamos en nuestro navío, y por medio de una especie de pantomima le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario... Cuando se sintió en las últimas en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó y nos rogó que le bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo".

En cuanto a las mujeres, las que no se dejaron apresar, a Pigafetta y sus compañeros no les encajaron su aspecto y rasgos en los cánones de belleza a los que estaban acostumbrados. Lo que nunca sabremos es qué pensaron ellas sobre aquellos hombres tan extraños que habían llegado en unos artefactos de madera desde las aguas inmensas del océano...

Si recuerdan el primer párrafo del presente artículo, el cronista nos decía "van vestidas y pintadas del mismo modo que sus maridos". ¿Cómo? Pues de esta manera: "...cara ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles, muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país". Magallanes denominó "patagones" a aquellas gentes por sus grandes pies, aunque su tamaño fuera tan enorme por las pieles de guanaco con las que los envolvían para protegérselos y caminar por aquellas gélidas latitudes. Así pasaron a la historia y han dado nombre a aquella inmensa región austral.

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En este año 2019 estamos conmemorando los 500 años de la partida desde España de la expedición para hallar el paso entre los océanos y poder dar con las tierras ricas en especias, tan codiciadas en la época por su valor y aplicaciones. En una gesta sin parangón y con todas las dificultades que se puedan imaginar –distancia, motines, deserciones, ataques, hambre, frío, tempestades, acoso portugués...- tres años después, en agosto de 1522, retornaba una sola nao desvencijada al mando de Juan Sebastián Elcano.

Tan solo dieciocho harapientos, hambrientos y enfermos tripulantes habían conseguido circunnavegar el orbe por primera vez, perdiendo por el camino a la mayoría de sus 240 compañeros en todo un reguero de muertes y calamidades. Antonio Pigafetta fue uno de ellos y por eso podemos hoy disfrutar de su extraordinario relato. Les recomiendo que lo lean, no les defraudará y se encuentra fácilmente en Internet. También les sugiero, para dar con este documento y con otros muchos sobre los avatares y protagonistas de esta expedición, echar un vistazo a esta web. Sirva este artículo como homenaje a aquella gente intrépida de hace 500 años, a los que sobrevivieron y a los que no...

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es 'Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias'.