La pandemia y el cierre de fronteras no la detuvieron: la perrita que viajó por el mundo para reunirse con su familia

Pipsqueak recorrió miles de kilómetros y estuvo en varios hogares de acogida antes de conseguir llegar a casa

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11 de Septiembre 2020 / 18:52 CEST

Pipsqueak, también conocida como Pip

Pip es la perrita salchicha que ha recorrido miles de kilómetros para reunirse con su familia

© noplans.justoptions

Aunque su historia de idas y venidas pudiera aparentar lo contrario, Pipsqueak es una perrita salchicha con mucha suerte. Pip, como también la llaman en casa, ha tenido que cruzar océanos y recorrer más de 160.000 kilómetros para reencontrarse con su familia. ¿De quién ha sido culpa? Del coronavirus y del cierre de fronteras, dos factores que al final no han resultado mayor obstáculo para Pip.

En 2018, Pip fue adoptada en Sicilia (Italia) por los Eilbeck, una familia australiana de cuatro miembros: Guy y Zoe, los padres y, Cam y Max, los hijos de 13 y 8 años de edad. La feliz familia se encontraba recorriendo el mundo a bordo de un velero cuando la encontraron y la integraron a su travesía, a la que Pip no tardó mucho en adaptarse; después de todo, era una vida tranquila sobre las aguas del Océano Atlántico.

Pip y su nueva familia llevaban 17 países vistos, cuando en marzo de este año, estando ya en Florida, supieron que las fronteras cerrarían hasta nuevo aviso a causa de la pandemia por coronavirus. No habían pasado ni 48 horas del aviso cuando los Eilbeck ya tenían todo listo para volver a Australia, pero... Pip no podía ir con ellos, se debían separar debido a la estricta normativa que tiene Estados Unidos con respecto a la importación de animales y que, con la pandemia, se había vuelto casi imposible de cumplir.

Con el corazón roto, la familia condujo ocho horas hasta llegar a Carolina del Norte (Estados Unidos) para entregar a Pip a una amiga de Zoe que se haría cargo de ella temporalmente, mientras realizaban los trámites necesarios para sacar a la perrita del país.

Tras una estancia corta en casa de su adoptante temporal, se mudó con otra familia, y luego con otra, todas de Carolina del Norte. Pero mientras Pip iba de casa en casa, Zoe, ya en Australia, pasaba las noches en vela intentando completar el papeleo y buscando soluciones para reencontrarse con Pipsqueak lo antes posible. Entretanto, la familia hacía videollamadas con Pip y no se cansaban de decirle lo mucho que la echaban de menos y que pronto estarían juntos.

Después de completar todo un ciclo de vacunas, análisis de sangre y reunir la documentación pertinente, Pip se enfrentaba a un nuevo problema: la aerolínea australiana en la que iba a viajar ya no transportaba animales.

Las cosas se seguían complicando y las opciones se iban acabando cuando, de repente, como si fuera un final de película, apareció la Fundación Sparky, que se ofreció a llevar a Pip en avión con una acompañante humana.

En total, Pip tomó cinco vuelos, estuvo en los aeropuertos de varias ciudades distintas, una de ellas Nueva Zelanda, en donde por si todo lo anterior hubiera sido poca cosa, tuvo que permanecer en cuarentena antes de su siguiente vuelo.

Y por fin, tras estar confinada en dos países distintos, subir a muchos aviones y toparse con muchísima gente amable que la cuidó y acompañó en todo momento, Pip llegó a Sidney el pasado 11 de agosto, cinco largos meses después de haberse separado de los suyos.

Los Eilbeck, que no podían de felicidad, a la vez estaban de lo más nerviosos porque no sabían si Pip los recordaría. Pronto salieron de dudas: en cuanto escuchó sus voces, corrió sin freno y a toda velocidad hacia ellos. La historia de Pip, igual que ella, ya ha dado la vuelta al mundo.

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