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Catalina Dolgozukóv: la vida novelesca de la amante de Alejandro II

Se casó son el Zar solo un mes después de que éste se quedarse viudo de la Zarina

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Aristócrata

Catalina Dolgozukóv tenía tan solo 9 años cuando conoció al zar

© Wikimedia Commons

Su historia es la del ascenso social en la Rusia Imperial, aunque aquello le causase el desprecio de la corte. De familia bien, pero con pocos recursos, incuestionable belleza y dotes de seducción, utilizó sus encantos para ganarse el corazón de Alejandro II. Algunos dicen que el suyo fue un amor verdadero capaz de vencer la enorme diferencia de edad en la pareja y el odio visceral que ella despertaba entre los Grandes Duques y Duquesas de sangre real. La zarina vio con humillación cómo se instalaba en los apartamentos del Palacio de Invierno con sus bastardos mientras que ella agonizaba víctima de la tuberculosis. En San Petersburgo nunca fue querida. Nombrada Princesa Yonzewsky por ukase imperial, su amor pasional fue llevado al cine en la película ‘Katia’, con la bellísima Romy Schneider convertida ahora en amante del Zar.

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©Wikimedia Commons

Catalina nació en Moscú en 1847. Era una de las hijas del príncipe Dolgozuky quien, pese a sus distinciones, carecía de toda fortuna. Además, su muerte prematura dejaba a su viuda con varios hijos y una economía inestable. Vivía con su familia en las tierras que poseían en la región de Teptowka, al este de Rusia, cuando –según las crónicas- en una visita del Zar, Catalina de entonces nueve años, fue la encargada de darle la bienvenida con un ramo de rosas. Era el año 1857 y Alejandro II quedó tan encantado con el recibimiento que prometió cuidar en el porvenir a la preciosa niña y a sus hermanos.

Y así fue: Catalina ingresó en el prestigioso Instituto Smolny de San Petersburgo, institución encargada de la formación de las nobles doncellas del Imperio que ofrecía además de educación en sociedad, buena cultura política. El zar estaba casado con María Aleksandrovna –antes llamada María de Hesse-, de timidez enfermiza y con la que había tenido ocho hijos, aunque nunca fueron felices. Se vivían tiempos marcados por medidas reformistas, como la aprobación de la “liberación de los siervos”, pero Rusia se desangraba en conflictos internos marcados por la violencia de corte anarquistas y las conspiraciones nihilistas. El Imperio se había convertido en la última autocracia europea y las medidas modernizadoras de Alejandro II chocaban con los movimientos revolucionarios que frenaban el progreso.

Catalina estudió en el Instituto Smolny hasta los diecisiete años. En esas fechas y convertida en una atractiva mujer, viajó a París acompañada de su hermano para asistir a la Exposición Universal de 1867. Y parece que fue aquí donde se reencontró con su poderoso protector: el zar quedó cautivado ante su proverbial belleza y comenzó el cortejo. Encuentros en el Bois de Boulogne y tardes en las Tullerías. Ella era de mediana altura, figura elegante, sedosa piel de marfil y boca sensual. A su regreso a Rusia, un zar enamorado, obligó a la familia de Catalina a instalarse en San Petersburgo con gran pesar de la emperatriz María, enterada de los amoríos de su marido.

Rusia
Catalina (en la imagen quedó embarazada en más de una ocasión cuando el zar aún estaba casado con María Aleksandrovna ©Wikimedia Commons

No se escondían: los paseos en carruaje descubierto y los sucesivos embarazos de Catalina convirtieron aquello en un escándalo. Los Romanov eran incapaces de soportar que ella se dirigiese al zar en público como Sasha, el diminutivo familiar de Alejandro y la acusaban de influir con sus ideas liberales en el curso de la política. Catalina disponía de escolta policial y vivía en una mansión a orillas de Neva hasta que se instaló en los apartamentos privados de Alejandro en el Palacio de Invierno. Mientras, en unas estancias próximas, la zarina agonizaba víctima de la tuberculosis. Moría en junio de 1880. Seis semanas más tarde, el zar promulgaba un ukase –proclamación-, anunciando su matrimonio con Catalina a la que convertía, además, en Princesa Yonzewsky, título de la familia Romanov.

Tan enamorado estaba Alejandro que ofreció hacerle coronar emperatriz. Aunque no pudo realizar sus deseos: un atentado anarquista terminaba con la vida del zar el 13 de marzo de 1881. Dicen que él murió en los brazos de Catalina, agonizante y con su cuerpo destrozado tras la detonación. El monarca expiró pocos instantes después. Su hijo, Alejandro III tomaba las riendas de un Imperio que caminaba hacia la Revolución. La posición de Catalina quedaba seriamente comprometida hasta el punto que, a pesar de ser su esposa, se le negó un lugar preferente en la comitiva familiar durante los funerales imperiales. Antes había cortado sus cabellos para encerrarlos en el ataúd de su amado. Todo romántico y muy dramático.

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Catalina murió a los 75 años en Niza, cuatro décadas después que su amado esposo ©Wikimedia Commons

Catalina y el zar tuvieron tres hijos legitimados, aunque al ser fruto de una unión morganática no tenían ningún derecho al trono. Se llamaban Jorge, Olga y Catalina. Como “viuda del zar” se le asignó una copiosa pensión anual, una residencia en San Petersburgo y otra en la Costa Azul. Catalina, que tenía tan solo 35 años, se instaló en Niza. Según la prensa de la época tenía a su servicio veinte empleados. Sobrevivió cuarenta años a su esposo, tiempo durante el cual llegó a ver el final de la Rusia Imperial y el asesinato de Nicolás II. Los estragos provocados por la Revolución Bolchevique menguaron notablemente sus finanzas. Falleció en Niza en febrero de 1922. Entre sus pertenencias se encontró un diario escrito, a puño y letra, por el propio Alejandro II.