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Letizia Bonaparte: segunda esposa de Amadeo de Saboya

No llegó a reinar, pero España pudo haber tenido otra Letizia en el trono

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Aristócratas

Desde su nacimiento, Letizia Bonaparte recibió el tratamiento de Alteza Imperial

© GettyImages

Si lo escribimos con Z, lo que resulta acertado por el origen saboyano de su progenitora, podemos encontrarnos con que otra “Letizia” estuvo casada con un rey de España. Aunque en su caso, nunca llegó a ceñirse la corona. Esta sobrina-nieta del gran Napoleón se convirtió en la segunda esposa de Amadeo I de Saboya, aquel que fue rey de España entre 1870 y 1873, y después de haber enviudado de su primera mujer, María Victoria del Pozzo, quien si llegó a compartir reinado con el italiano. Amante de las joyas y mujer que hacía gala de la belleza de las princesas Bonaparte, fue uno personaje protagonista de la crónica social del último tercio del siglo XIX.

Letizia Bonaparte
Estaba prometida con el hijo de Amadeo I de Saboya cuando la diplomacia italiana decidió que se casara con el progenitor ©GettyImages

Letizia nació en 1866, en París y desde el día en el que vivó al mundo, recibió el tratamiento de Alteza Imperial. Era hija del príncipe Napoleón (“Plon-Plon”) y nieta, por tanto, de Jerónimo Bonaparte, el hermano menor de Napoleón que había ostentado el título de rey de Westfalia, una especie de unión política de territorios centroeuropeos creados por el Emperador en los días posteriores a las guerras revolucionarias.

Su madre era María Clotilde de Saboya, matrimonio que había respondido al empeño de los advenedizos Bonaparte de crear una nueva aristocracia. Porque María Clotilde era, a su vez, hija de Víctor Manuel, quien se convirtió en primer rey de la nueva Italia unificada. Y, por tanto, era hermana del futuro Humberto I, de María Pía de Saboya –reina de Portugal- y del propio Amadeo, quien con los años llegará a convertirse en esposo de su sobrina en uno de los casos más sonados de las endogámicas familias coronadas; un claro ejemplo de las enrevesadas alianzas familiares que subyacían entre la aristocracia de la época.

Letizia creció en los últimos años del II Imperio Francés, cuando su tío Napoleón III (primo de su padre) y la española Eugenia de Montijo todavía conducían los destinos de Europa. El padre de Letizia servía como ministro y diplomático en las Tullerias y era un personaje de renombre en la vida de ese París de grandes avenidas, que gracias al alcalde Haussmann, se había transformado en la capital más fascinante del continente. Pero la derrota en 1870 frente a Bismark y la caída del Imperio, les obligó a salir de Francia y exiliarse temporalmente en Suiza, en un palacete cercano al lago Lemán. Después, Letizia se trasladó con su madre, piamontesa de origen y embebida de espíritu místico, al castillo de Moncalieri, cerca de Turín.

Segunda mujer de Amadeo I de Saboya
El día de su boda, Letizia lucía un magnífico traje de moaré blanco con manto sembrado de abejas de oro y una magnífica diadema de brillantes ©Wikimedia Commons

Letizia vivió estos años de su juventud bajo el influjo ultrareligioso, lo que terminaría condicionando alguna de sus decisiones. Pero ella destacaba por una belleza arrolladora en la que se habían mezclado los genes de los Saboya y Bonaparte, las dinastías, se decía, más gallardas del planeta.

Se pensó en Letizia para casarla con su primo, Manuel Filiberto de Saboya, quien había sido Príncipe de Asturias en los días convulsos del reinado en España de su padre, Amadeo I. Manuel Filiberto había llegado a Madrid con apenas dos años sin recibir el más mínimo afecto de los españoles. Los jóvenes se conocieron en Florencia, pero, cosas del destino, la diplomacia italiana consideró más provechoso que Letizia se casase con el padre de su prometido, es decir, el mismísimo Amadeo de Saboya, ex-rey de España, duque de Aosta, que acababa de enviudar de Victoria del Pozzo. El escándalo fue mayúsculo, no solo por la diferencia de edad, algo habitual entonces, sino por el repentino cambio de planes.

Rey de España
El compromiso de Letizia con Amadeo I de Saboya fue un auténtico escándalo, puesto que antes había sido la prometida de su hijo ©Wikimedia Commons

Letizia aceptó un poco a regañadientes, aunque en el fondo este matrimonio le servía para librarse del yugo de su madre. Se casaron en el Palacio Real de Turín el 11 de septiembre de 1888 tras la pertinente dispensa papal. Letizia lucía un magnífico traje de moaré blanco con manto sembrado de abejas de oro y una magnífica diadema de brillantes. Como regalo por los esponsales, ella recibió muchas joyas -que le entusiasmaban- entre las que destacaban algunas de su tía, Eugenia de Montijo, por esas fechas ya viuda y exiliada en Inglaterra pero que conservaban el esplendor de sus días como Emperatriz de los Franceses. Curioso como para aliviar los calores de la fecha, la prensa refirió a bombo y platillo como “por todas partes se venden abanicos Letizia” (La Época, 12 septiembre 1888). Turín, de pomposa gala, estaba concurridísimo y todos los visitantes lucían en el ojal cintas con los colores de las casas de Saboya y de Bonaparte.

Pese a lo breve del nuevo matrimonio, poco más de un año, la pareja formada por Letizia y Amadeo tendrá un hijo, Humberto de Saboya-Aosta, nacido apenas unos meses después de la boda. Amadeo de Saboya falleció en 1890.

Viuda joven y con un hijo, Letizia Bonaparte continuó viviendo en Turín y disfrutando de la asignación económica que recibía de la corona italiana. Su hijo le dio muchos quebraderos de cabeza por llevar una vida licenciosa hasta su muerte, víctima de la llamada “gripe española” en 1918. A ella se le atribuyeron varios amantes, incluyendo a un joven militar que terminó convertido en depositario único de su cuantioso patrimonio.

Letizia Bonaparte falleció en Turín el 25 de octubre de 1926 a consecuencia de un derrame cerebral. Está enterrada, como muchos de los príncipes de la casa de Saboya, en la basílica de Superga. Presidieron sus funerales el Rey Víctor Manuel III y la reina Elena, aunque habían llegado ya los tiempos de Mussolini.