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María Vetsera: la amante que enloqueció al hijo de Sissi

Se quitó la vida junto al Archiduque Rodolfo en Mayerling

3 Minutos de lectura
Amante de Rodolfo de Habsburgo

La baronesa María Vetsera fue la última de una larga lista de amantes de Rodolfo de Habsburgo

© CordonPress

Pertenecía a la aristocracia húngara y su belleza cautivó al heredero del Imperio Austrohúngaro. Mujer culta, viajera e independiente, desafió a los Habsburgo con su romance con el hijo del Emperador Francisco José. Ella era muy joven y él atravesaba fuertes depresiones asociadas a la herencia del carácter excéntrico de su madre. Su muerte trágica en 1889 desencadenó una crisis de sucesión que hizo tambalear la continuidad de una de las dinastías más poderosas de Europa. La prensa destapó una trama de asesinato, pero no era cierto: Rodolfo y María se habían suicidado por amor.

Aristócratas
Se hizo creer a la opinión pública que el archiduque Rodolfo había muerto en un accidente de caza y se ocultó el cuerpo sin vida de María ©CordonPress

María nació en Viena en 1871. Era la segunda hija de un diplomático de origen húngaro que, en ese año, servía como Embajador en la Corte de Francisco José. Su madre pertenecía a una familia de banqueros griegos muy poderosa en el Imperio Otomano. Los diferentes destinos hicieron que, desde muy niña, María llevase una vida errante entre San Petersburgo, Praga y El Cairo. Su educación fue la propia de las aristócratas de su tiempo, aunque ella mostraba inclinaciones hacia las artes y la lectura.

Por aquellos días, el Imperio Austrohúngaro sufría los problemas derivados de las múltiples nacionalidades, crisol religioso, étnico y cultural. La Emperatriz Sissi había rentabilizado sus encantos femeninos para favorecer un mejor entendimiento con Hungría gracias a su cercana amistad con el conde Andrássy. Pero las rivalidades en el mundo eslavo estaban tensando la cuerda de la unión. Los diferentes puntos de vista sobre el modo de gestionar su integración en un Imperio común, alimentaban los enfrentamientos entre el Emperador y su heredero.

El Archiduque Rodolfo era introvertido, depresivo y odiaba las responsabilidades de su posición. Desde que empezó su formación como Kronprinz –heredero- había mostrado inclinaciones liberales opuestas al autoritarismo conservador de su padre. Se había casado con la Princesa Estefanía de Bélgica, en un intento de afianzar lazos con los Coburgo y tenían una hija. Pero el matrimonio resultó desastroso y el Archiduque se adentró en una vida de vicios y placer que le llevaron a desentenderse de sus deberes políticos. En una frenética carrera de amantes conoció a la baronesa María Vetsera. La mayoría de las fuentes apuntan a que fue en el hipódromo de Viena, entonces en el Prater.

Maria Vetsera
La intensa historia de amor duró apenas seis meses ©GettyImages

Desde entonces y pese a la diferencia de edad que había entre ellos –ella apenas llegaba a los dieciséis mientras que él se acercaba a los treinta- se adentraron en una espiral de encuentros furtivos. Los Emperadores no aprobaban esta relación y los rumores entre los cortesanos solo sirvieron para aderezar el desprestigio de un Rodolfo dependiente de los opiáceos.

Todo se precipitó. Apenas fueron amantes unos seis meses, pero juntos planearon su suicidio. Algunos trabajos apuntan al descubrimiento de un complot orquestado por el propio Archiduque para derrocar a su padre, en connivencia con los nacionalistas húngaros. Y parece que en la planificación de la muerte llegaron a entrar en escena el cochero del Archiduque y su ayudante personal. Una semana antes del suceso, Rodolfo le regaló a su amante un anillo con la inscripción “ILVBIDT” (juntos hasta el final). María llegó a dejar varias cartas manuscritas dirigidas a su madre en la que le explicaba los motivos de su decisión.

Aristócratas
Su romance con el archiduque comenzó cuando ella tenía 16 años y él, ya casado y con una hija, casi 30 ©CordonPress

La pareja salió de Viena hacia el pabellón de caza que los Habsburgo tenían en Mayerling, una aldea cercana a Baden a escasos kilómetros de la capital. Ahí, en un dormitorio a puerta cerrada, se pegaron un tiro en la cabeza. Era el 30 de enero de 1889. La prensa hablaba de un “accidente de caza”, pero la noticia cayó como un jarro de agua fría en el Imperio: la vigencia de una ley sálica impedía la sucesión femenina y Francisco José no tenía más hijos varones.