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Teresa Cristina de Nápoles: Emperatriz del Brasil

Hermana de la regente española María Cristina, llegó a Brasil por matrimonio con Pedro II

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Emperatriz de Brasil

Teresa Cristina de Borbón Dos Sicilias no parecía destinada a casarse mediante un enlace de Estado por no ser considerada muy agraciada físicamente y por contar con una dote escasa

© Wikimedia Commons

Por sus venas corría la sangre más granada de las familias reinantes europeas, pero muchos pensaban que su destino sería la soltería. Poco agraciada y de dificultosa movilidad, todos se sorprendieron cuando la diplomacia acordó su matrimonio con el Emperador de Brasil. Llegó a tierras lejanas y aprendió a querer a su país de adopción.

Piadosa y tímida, nunca se entrometió en asuntos de Estado, aunque trató de contribuir a la mejora cultural del país fomentando la llegada de artistas y científicos italianos. Vivió con dolor el golpe de Estado que terminó con la monarquía en Brasil y que la llevó de vuelta a Portugal tras más de cuatro décadas en América.

Retrato de Cristina de Nápoles
Este es el retrato supuestamente falseado de Teresa Cristina que habrían enviado a Pedro II para que aceptara el matrimonio ©Wikimedia Commons

Teresa Cristina era la menor de los hijos de la enorme descendencia del Rey Francisco I de las dos Sicilias y la Infanta española Isabel de Borbón. Era, por tanto, nieta de Carlos IV y de la conspicua María Luisa de Nápoles. Teresa Cristina nació en Nápoles en 1822 y creció rodeada de sus hermanos, entre los que se encontraba María Cristina, llamada a convertirse un día en la cuarta esposa de Fernando VII, regente y madre de la soberana española Isabel II.

También lo era de la Infanta Luisa Carlota, casada con Francisco de Paula, otro de los hijos de Carlos IV. Pero Teresa Cristina no parecía que fuese a ser bendecida con la gracia matrimonial: su físico era poco atractivo y sus piernas arqueadas desde la infancia le daban una apariencia que dificultaban la sensualidad requerida para apañar enlaces de estado. Había llegado a los veinte años y hasta la fecha no se había manifestado ningún interés en una unión ventajosa. Su dote, además, sería escasa.

Europa atravesaba momentos convulsos plagados de olas revolucionarias que trataban de imponer el liberalismo frente a un absolutismo que comenzaba a verse defenestrado de la política: Portugal había sufrido su particular Guerra Civil y en España el conflicto legitimista terminó con el triunfo de la causa isabelina.

Por todo ello, cuando en 1844 el Emperador Pedro II de Brasil accedió a tomar por esposa a Teresa Cristina, el júbilo en la corte napolitana resultó extraordinario. Cierto que el retrato que mostraron al Braganza de su prometida estaba falseado, pero éste aceptó: Brasil hacía poco que había proclamado su independencia de Portugal y aquel tampoco podía considerarse un destino de primera para una princesa de pedrigree.

Pedro II y Teresa Cristina de Nápoles, Emperadores de Brasil
Pedro II se habría sentido enormemente decepcionado al ver por primera vez a su esposa, con la que se había casado por poderes ©Wikimedia Commons

Pedro II había accedido al trono con apenas cinco años tras la abdicación repentina de su padre en 1825 a causa de su regreso a Portugal para apoyar a María de la Gloria. Con los años, guapo y esbelto, aunque con el prognatismo de los Austria, se había ido consolidando en el trono gracias al apoyo incondicional de su madre, María Leopoldina de Habsburgo.

Por todo ello se consideraba una unión más que suficiente para Teresa Cristina. La boda se celebró por poderes el 30 de mayo de 1844 en Nápoles y un día después una escuadra real partió de las costas mediterráneas con destino a las Américas. Tras cuatro meses de travesía, llegaron a Brasil.

Dicen que la decepción de Pedro II al ver el rostro de su ya esposa fue mayúscula. Se sintió engañado y se encerró en sus habitaciones hasta el día en el que tuvo lugar la ceremonia religiosa en la Catedral de Río. Desde entonces, aún tardarían varios meses en consumar el matrimonio. Aunque de aspecto pobre y con apariencia de “humilde burguesa” tal y como fue descrita en algunas crónicas, Teresa Cristina era voluntariosa y tenaz: estaba decidida a ganarse el afecto del Emperador y de su pueblo.

Dulce aunque poco sofisticada, se entregó a las obras de caridad y potenció la llegada de artistas, botánicos y científicos italianos a su nuevo país. A ella se debe la mayor colección de antigüedades clásicas –a las que era muy aficionada- de toda América Latina.

Brasil era ya una Monarquía Constitucional que poco a poco iba mejorando sus condiciones sociales y las dificultades políticas, aunque el cólera estaba diezmando a la población. Pedro II trató de impulsar el progreso y se alineó con la causa abolicionista en una medida que diezmaba los intereses de los terratenientes plataneros motor económico del país. Pese a ello, la esclavitud fue prohibida en el país.

Pedro II y Teresa Cristina con sus hijas y nietos
En este retrato, posiblemente el último de la familia imperial brasileña, se observa a Teresa Cristina, sentada, junto a su marido, hija, yerno y nietos ©Wikimedia Commons

Teresa Cristina, con su buen hacer, conquistó el respeto de su esposo quien, con los años, iba ganando seguridad en los asuntos de Estado. El matrimonio llegó a tener cuatro hijos, dos niños y dos chicas, aunque los varones fallecerían prematuramente dejando a Teresa Cristina destrozada y al país huérfano de heredero masculino por lo que, aunque no existía ley sálica, la posición de la corona podría debilitarse.

Así ocurrió. El 15 de noviembre de 1889 un golpe de estado terminaba con la monarquía en Brasil. La Familia Real regresaba exiliada a Europa. Aunque Pedro II había modernizado el país y Teresa Cristina era apodada como “a madre dos brasileños” su proyecto político había fracasado.

Los Emperadores desterrados se establecieron en Oporto. Teresa Cristina estaba bastante aquejada de dolencias de huesos y afecciones pulmonares, pero sobre todo triste. No había superado la muerte de sus hijos y tampoco el dolor del exilio. Falleció a las pocas semanas de llegar. Era el 28 de diciembre de 1889.

Por deseo de su esposo, el cuerpo sin vida de la antigua Emperatriz se enterró en Lisboa, en la Iglesia de San Vicente de Fora, en el Panteón de los Braganza. Dos años después murió Pedro II. En 1921 los restos mortales de la pareja fueron trasladados a Brasil. Hoy descansan en la Catedral de Petrópolis.

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