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Alicia Heine: viuda, judía, princesa de Mónaco y separada

Se convirtió en la primera consorte americana y plebeya del pequeño Principado

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Alice Heine

Alice Heine nació en Nueva Orleans en 1858 y pertenecía a una familia emigrada de origen judío-alemán

© CordonPress

De casta le viene al galgo. Grace no fue la primera. Tampoco los escándalos y separaciones parecen ser potestad de la actual generación Grimaldi. A finales del siglo XIX, una americana viuda de origen judío llegó a Mónaco para convertirse en la segunda esposa del divorciado Alberto I. Mujer de extraordinaria belleza, supo colocar su pequeño Principado en un referente para el mundo del teatro, la danza y la ópera. Era el Estado más pequeño de Europa, pero con ella empezó a gestarse la leyenda de esa minúscula soberanía que por entonces apenas sobrepasaba los diez mil habitantes.

Alice Heine
La joven Alicia, de atractivo incuestionable, contrajo matrimonio en 1875 con el Duque de Richelieu, quien fallecería cinco años después dejándola viuda ©CordonPress

Alice Heine nació en Nueva Orleans en 1858. Pertenecía a una familia emigrada de origen judío-alemán que había hecho fortuna en el mundo de la banca al calor de los negocios en los florecientes Estados Unidos. Mantenía, además, vínculos con el mundo artístico ya que su padre, según refiere la Prensa de la época, era pariente del poeta Henri Heine. Pese a su buena posición, sus padres decidieron abandonar Luisiana –estado esclavista del sur- al comienzo de la Guerra de Secesión y establecerse en Francia. Aquí, la joven Alicia, de atractivo incuestionable, contrajo matrimonio en 1875 con el Duque de Richelieu, de muy noble cuna, con quien tendría dos hijos. Sin embargo, la muerte prematura del esposo cinco años después, la dejaba viuda y con un notabilísimo patrimonio.

En esos días, las revoluciones liberales estaban cambiando el mapa de Europa. En Francia el Imperio de Napoleón III ampliaba fronteras anexionándose Niza mientras un minúsculo estado, cuyo origen se remontaba al siglo IX, veía como su integridad se tambaleaba por cuestiones dinásticas. El heredero de la corona de los Grimaldi, Alberto, se había casado por intereses políticos en 1869 con Lady Victoria Douglas, de influyente abolengo escocés y emparentada con la casa de Baden, lo que aportaba el esplendor de sangre que faltaba a los monegascos. De esta unión, impulsada, entre otras, por Eugenia de Montijo, siempre ávida por influir en las componendas de su Imperio (Alberto llegará a luchar en la guerra franco-prusiana), nació un único hijo, que con los años llegaría a reinar como Luis II y era el abuelo del popular Príncipe Rainiero III.

Pero el matrimonio se separó: la Lady escocesa se enamoró de un conde húngaro y abandonó al heredero. Obtuvieron la nulidad en 1880. Alberto, se dedicó a viajar y a impulsar sus expediciones oceanográficas, como marino que era a la par que honorario “capitán de fragata de la Armada Española” en su condición de sobrino de Victoria del Pozzo, esposa de Amadeo de Saboya. Pero en 1889, fallecía su padre, el hasta entonces soberano Carlos III Grimaldi: Alberto pasaba a convertirse en Príncipe soberano. Y fue precisamente en ese momento, durante un viaje a Madeira, cuando apareció en su vida Alicia Heine, vital, deslumbrante y millonaria.

Alberto de Mónaco
El 30 de octubre de 1889 se casó con Alberto de Mónaco, convirtiéndose así en Princesa de Mónaco ©Wikimedia Commons

La boda se celebró el 30 de octubre de 1889, en la sala del trono del Palacio de la Nunciatura por el rito católico. Alberto lucía al cuello el gran cordón de la Legión de Honor y la toilette de Alice era “tan elegante como suntuosa” (La Monarquía, 4 noviembre 1889). Ofrecieron un espléndido lunch y salieron hacia el castillo de Marchais, propiedad de los Grimaldi. Alice se había convertido en Princesa de Mónaco.

Durante los años que permaneció en el Principado -poco más de veintiún kilómetros con un ejército de 70 soldados que mandaban cinco oficiales y siete sargentos- Alicia quiso hacer un lugar privilegiado para el teatro, la danza y la ópera. Y lo consiguió. Había heredado el instinto financiero de su padre y además, de las mesas de juego que funcionaban en Montecarlo salían sobrados recursos para cubrir todos los gastos del presupuesto. La “Bella Otero” era, por entonces, una asidua de sus salones. No tuvieron hijos y a ellos también se les acabó el amor: Alberto seguía enfrascado en sus experimentos marítimos mientras Alicia conocía al compositor inglés Isidoro de Lara. Se separaron judicialmente en la primavera de 1902 aunque ninguno de los dos volvió a casarse. Alicia se marchó a Londres. Alberto le dio a Mónaco una Constitución -Monarquía Constitucional- que fue abolida durante la I Guerra Mundial en la que el Principado quedó subordinado a los intereses políticos de Francia. Alberto I falleció en 1922. Alicia se convertía en Princesa viuda de Mónaco. Murió en París en diciembre de 1925.

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