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La emperatriz Zita: última soberana del Imperio Austro-Húngaro

Se convirtió en la gran defensora de los intereses dinásticos de los Habsburgo

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Última soberana del imperio Austro-Húngaro

Zita de Borbón-Parma era una mujer de carácter, muy culta y, marcada por la educación en un prestigioso internado religioso, de ferviente fé católica

© GettyImages

Fue una mujer de carácter. Su matrimonio con el Archiduque Carlos en 1911 marca el destino de una vida determinada por la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio Austro-Húngaro. El asesinato de Sarajevo la lleva a ser proclamada Emperatriz: la última de un Imperio plurinacional y multiétnico a punto de desvanecerse. Muy culta y de profunda fe católica, su vida estuvo condicionada por los exilios y la perseverancia en la defensa de los intereses dinásticos de los Habsburgo.

Emperatriz Zita
Zita pasó una infancia feliz junto a sus numerosos hermanos y criada en un entorno ‘internacional’ y culto ©Wikimedia Commons

Zita era hija del Gran Duque Roberto de Parma y de su segunda esposa, María Antonia de Braganza (hija del exiliado Miguel de Portugal). Nació en 1892 en Camaiore, la Toscana, aunque su pasado familiar se había visto determinado por el proceso unificador italiano que liquidó su reino. Siendo muy niña se trasladó a una de las propiedades que la familia tenía en Austria, donde pasó una infancia feliz acompañada de sus numerosos hermanos y en un entorno que ella misma calificó como “internacional”. En casa hablaban francés, aunque se comunicaban además en italiano y alemán.

Con nueve años la enviaron a un prestigioso internado regentado por hermanas religiosas en Baviera en el que permaneció durante dos años y que marcó, para siempre, su intensa vida espiritual. Después pasó a otro colegio en la isla británica de Wight: era lo que correspondía a una princesa de su estirpe. Todas fueron cultas e instruidas y tres de sus hermanas terminaron como religiosas en la Abadía de Solesmes. 

Al entrar en la adolescencia, la salud de Zita se debilitó y decidieron que pasase una temporada al balneario de Franzensbad -en la región de Bohemia, hoy en la República Checa- bajo la supervisión de su tía, la bellísima María Teresa de Austria (hermana de su madre y viuda del hermano menor del Emperador Francisco José). Será ahí, donde el destino, la una para siempre a Carlos de Habsburgo, un sobrino-nieto de Francisco José llamado a ocupar un día el trono del Imperio.

Se casaron en 1911
La fastuosa boda de Zita de Borbón-Parma y Carlos de Habsburgo se celebró en el Castillo de Schwarzau en octubre de 1911 ©Wikimedia Commons

Zita y Carlos se conocían de la infancia, aunque fue en 1910 cuando se reencontraron. Él, con dieciocho años, estaba acantonado con su regimiento de Dragones y pidió autorización para cortejarla. Era una buena candidata, la mejor para el anciano Emperador que había puesto todas sus esperanzas en el joven debido a la precaria situación sucesoria a la que se enfrentaba: su único hijo y heredero, Rodolfo, se había suicidado en Mayerling con su amante, y su sobrino y ahora sucesor, Francisco Fernando, se había casado con Sofía Chotek en un matrimonio morganático que privaba a sus descendientes de la sucesión. Todas las miradas se fijaban en el apuesto Carlos de Habsburgo, el único que podría garantizar un heredero al trono de los Habsburgo.

La boda se celebró el 21 de octubre de 1911 en el Castillo de Schwarzau, con toda la fastuosidad que convenía a los augustos contrayentes. Zita lucía una fastuosa diadema de brillantes regalo del Emperador: eran los últimos momentos de oropel de un Imperio que se desvanecía carcomido por los nacionalismos. La pareja se trasladó a Viena y pronto vinieron los hijos. Sin embargo, el asesinato en Sarajevo del Archiduque Francisco Fernando provocaba no solo el inicio de la Primera Guerra Mundial sino, también, un nuevo estatus para Carlos y Zita: acababan de convertirse en herederos del Imperio. Cuando en 1916 falleció el anciano Francisco José fueron proclamados Emperadores de Austria-Hungría.La ceremonia de coronación como Reyes de Hungría se celebró en Budapest en diciembre de ese año.

Zita de Borbón-Parma y Carlos de Habsburgo
Zita y Carlos se conocían desde la infancia y, cuando él cumplió los 18 años, pidió permiso para cortejarla ©GettyImages

Durante ese tiempo Europa se desangraba en las trincheras. Carlos se incorporó a su destino en el cuartel de Badem y Zita se quedó en el Palacio de Schönbrunn, conocido como el “Versalles vienés”, participando en campañas de caridad en una sociedad devastada por la guerra. Su influencia en el entorno político del Emperador era importante y a ella se atribuyen los intentos de mediación en busca de una paz separada con Alemania.

Fue el hermano de Zita, don Sixto de Borbón-Parma –de memorable recuerdo para un sector de los carlistas españoles- y que servía en el ejército belga (Zita vio cómo varios de sus hermanos se enfrentaron en la guerra), quien tomó las riendas de las negociaciones con las autoridades francesas. Pero la “diplomacia dinástica” fracasó y la posición de Carlos y Zita quedó comprometida para los intereses germanos contrarios a la negociación. Ellos buscaban la paz mientras las naciones eslavas proclamaban su independencia, la amenaza de un estallido revolucionario era cada día más fuerte y las derrotas militares forzaban a la abdicación. Pero Zita se resistía: se había convertido en la principal abanderada de la causa de los Habsburgo.

Cuando se proclamó la República, la antigua Familia Imperial pasó por momentos complejos, pero Carlos, a instancias de Zita, jamás renunció a sus derechos. Estuvieron retenidos en el pabellón de caza de Eckartsau, cerca de la frontera húngara, hasta que la intervención de Jorge V de Inglaterra –temeroso por lo que ya había visto en Rusia- les facilitó el viaje hasta Suiza. Aquí fijaron temporalmente su residencia, aunque los intentos fallidos por recuperar la corona húngara, en la que Horthy acababa de hacerse con el Gobierno, les valieron no poder regresar a villa Prangius: nadie quería a la familia imperial en su territorio. Todos sus bienes y propiedades habían sido confiscados. Los recursos eran escasos.

La isla portuguesa de Madeira, lejos de toda influencia en Europa, fue su destino. Aunque no será hasta 1922 cuando puedan reencontrarse con sus siete hijos que, durante este tiempo de peligros, habían quedado en Suiza al cuidado de su abuela. Carlos de Habsburgo, el último emperador, fallecía al poco tiempo víctima de una neumonía. Zita estaba embarazada: cuatro meses después nacía su última hija, Isabel, que jamás conoció a su padre.

Emperatriz Zita
El emperador Carlos de Habsburgo falleció por neumonía cuando Zita estaba embarazada de su hija pequeña, Isabel, a quien por tanto no llegó a conocer ©GettyImages

Fue el Rey de España, Alfonso XIII, quien intercedió por la familia para que pudiesen trasladarse a España. Su madre María Cristina, mantenía estrechos vínculos familiares. Llegaron a comienzos de 1923 y se habilitó para ellos el palacio de Uribarren, en Lequeitio, pese a que el monarca había ofrecido El Pardo. Zita prefirió la discreción de un lugar alejado de los círculos políticos. Aquí vivieron durante siete años hasta que los hijos mayores tuvieron edad de comenzar estudios universitarios. Ese fue el motivo que los llevó a Bruselas, donde, tras unos años, tendrán que hacer frente a la invasión alemana en condición de refugiados. Fue, de nuevo, la mediación familiar la que les permitió viajar a Estados Unidos y de ahí a Quebec, en Canadá, donde Zita vivió durante casi una década. Sus hijos, sobre todo el primogénito y heredero Otto, estaban ya volcados en la idea de restituir la identidad de los Habsburgo.

Zita de Borbón-Parma regresó a Europa en 1952. Fijó su residencia en Luxemburgo, desde donde trabajó a favor de la causa y beatificación de su esposo, Carlos. Hasta 1982 no pudo regresar a Austria. Cuando lo hizo, el 13 de noviembre, su bienvenida resultó triunfal. Falleció en Suiza en 1989. Tenía 96 años y una vida dedicada a una dinastía a la que sirvió con el corazón.

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