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Irene de Croacia: la soberana que jamás pisó su Reino

Hija de Constantino de Grecia y tía de la reina Sofía, se casó con el príncipe Aimón de Saboya-Aosta, quien reinaría como Tomislav II de Croacia

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Irene de Croacia

Nació en Atenas en 1904 y era hija del entonces heredero Constantino de Grecia y su esposa, Sofía de Prusia

© GettyImages

Hubo un tiempo en el que se creaban Reinos, cambiaban las fronteras y se movían las dinastías. Elena nació princesa de Grecia, pero quiso el destino que un día fuese proclamada Reina de una tierra que jamás pisó: Croacia. Su boda con el príncipe Aimón de Saboya en 1939, los convertía en buenos candidatos para inaugurar uno de esos territorios títeres en los que se repartió Europa en los días de la Segunda Guerra Mundial. Tía de la reina Sofía, hizo todo lo que estuvo en sus manos para librarse de una corona que sería una marioneta de Mussolini. Elena se quedó en Italia, pero no se pudo librar de la persecución nazi, ni de un futuro marcado por su separación y la incautación de bienes por la República Italiana.

Irene de Grecia y su esposo Tomislav II de Croacia
Irene de Croacia y el príncipe Aimón se conocieron en una fiesta de exiliados griegos en Italia ©CordonPress

Por sus venas corría la sangre más distinguida del Gotha europeo. Irene nació en Atenas en 1904, como hija del entonces heredero Constantino de Grecia y su esposa, Sofía de Prusia. Era, por tanto, nieta de Federico III de Prusia y sobrina del Kaiser Guillermo II, además de Princesa de Dinamarca. Pero su vida estuvo alejada de los estándares que correspondían a tan regia cuna. Se educó en el Palacio de Tatoi con su familia, en el seno de la iglesia ortodoxa, muy arropada por sus hermanas, Elena –futura Reina de Rumanía- y Catalina. En 1913 sus padres accedían al trono tras el asesinato de su abuelo –Jorge I de Grecia- en Salónica en un momento en el que las tensiones en los Balcanes y las rivalidades territoriales con los turcos, ponían en entredicho la estabilidad de su Reino. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, los nuevos soberanos –de ascendencia alemana- no dudaron en mostrar sus simparías hacia los Imperios Centrales lo que les llevó a claras diferencias con el primer ministro Venizelos que terminó enviándolos al destierro en los que se conoce como el “cisma nacional”.

Elena se marchó con su familia a Suiza, país neutral, mientras que el segundo de sus hermanos, era nombrado soberano de Grecia como Alejandro I. Comenzaba para ellas un periodo en Sait-Moritz y en Zurich. Pudieron volver a su país en 1920 pero de nuevo, la ofensiva de los revolucionarios turcos de Mustafá Kemal en Asia Menor les hacía volver a perder el trono. El destino ahora era Italia. Elena tenía entonces dieciocho años. Era lista, elegante y muy bella.

Irene de Croacia
Lista, elegante y muy bella Irene compaginaba en Florencia sus estudios como enfermera con su asiduidad en los salones y bailes distinguidos de la ciudad. ©Wikimedia Commons

Era el año 1922 y la “marcha sobre Roma” había llevado al poder a Mussolini. Los exiliados se instalaron en Florencia donde Elena descubrió pronto los encantos de la ciudad transalpina. Compaginaba su formación como enfermera en un hospital local con su asiduidad en los salones y bailes distinguidos de la ciudad. Su atractivo la convirtió en objeto de las aspiraciones matrimoniales de pretendientes tan ilustres como el zar Boris de Bulgaria o el ya viudo Leopoldo de Bélgica. Pero ella se había enamorado del príncipe Aimón de Saboya-Aosta, sobrino del entonces monarca Víctor Manuel III y nieto de quien un día fue Rey de España como Amadeo I. Muy apuesto, deportista y por entonces comprometido con la Infanta Beatriz de Borbón, hija de Alfonso XIII, también en el exilio. Pero Elena y Aimón fueron tenaces en su romance: se casarían pese a la inicial oposición familiar.

príncipe Aimón de Saboya-Aosta, quien reinaría como Tomislav II de Croacia
El marido de Irene fue no solo fue el rey de Croacia bajo el nombre de Tomislav II de Croacia, sino también el cuarto duque de Aosta ©Wikimedia Commons

La boda se celebró el 1 de julio de 1939 en Florencia. Ella estaba radiante. Aunque no sabía aún, que ese matrimonio por amor, iba a verse directamente implicado en las políticas internacionales que arrastraban a una Segunda Guerra Mundial. Con la expansión de las tropas nazis hacia los territorios eslavos de la antigua Yugoslavia, aplastada por las fuerzas del Eje, Hitler exigió la creación de un estado en Croacia: el resurgir del Estado Croata (Legiones y Falanges, 1 julio 1941). Víctor Manuel, entonces en la órbita fascista, propuso a su sobrino Aimón que reinaría como Tomislav II. Pero el elegido se opuso a apropiarse del trono por estimar que el Gobierno Provisional croata se encontraba bajo ocupación extranjera. Elena, nueva Reina de Croacia, se negó a pisar el suelo de un país que consideraba totalmente extraño. Habló incluso con consejeros próximos a las autoridades para evitar la designación. Pero las presiones exteriores de un tiempo marcado por la brutalización, resultaron inútiles: Croacia fue una monarquía entre 1941 y 1943 aunque ellos, los Reyes, jamás estuvieron allí.

Con la firma del armisticio por parte de Italia, Elena y Aimón comenzaron un auténtico calvario. Estuvieron sometidos al férreo control nazi e incluso fueron deportados a campos de vigilancia en Austria por orden de Mussolini. Acababan de tener a su único hijo, Amadeo. No fue hasta el final de la II Guerra Mundial, con la derrota alemana, cuando recobraron la libertad. Pero su relación estaba ya fuertemente deteriorada. Con la proclamación de la República en Italia, el matrimonio se separó: Aimón se fue a vivir a Argentina (donde fallecerá en extrañas circunstancias) y Elena se estableció en Suiza, muy arropada por su hermano, el Rey Pablo de Grecia –padre de la Reina doña Sofía- y sus hermanas Elena y Catalina. Años después, se instaló en Fiesole, en la Toscana, muy cerquita de esa Florencia en la que había pasado su juventud. Aquí falleció en 1974 a los setenta años.