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Natalia Obrenovic: reina de Serbia, exiliada, mendiga y monja

La vida de la mujer del rey Milán IV (1882-1889) podría ser un fascinante guion cinematográfico

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Portrait of Queen Natalia of Serbia

Natalia nació en 1859 en Florencia y era hija de un coronel ruso y de una aristócrata de origen moldavo

© GettyImages

El destino la llevó a ceñir la corona de uno de los estados más inestables de los Balcanes. Serbia acababa de conseguir la independencia plena del Imperio Otomano y Natalia se convertía en soberana de un país que oscilaba entre la protección de Austria-Hungría y la tutela de Rusia. Morena y esbelta de talla, nunca consiguió que su esposo abandonase los continuos escarceos amorosos que convirtieron el matrimonio en unos de los más escandalosos de la época. Fugas, guerras y exilios marcaron la vida de la Reina Natalia de Serbia que tuvo que hacer frente al asesinato de su hijo, el Rey Alejandro I en 1903. Rota por el dolor y las desdichas, se convirtió al catolicismo y terminó sus días en un convento en Saint-Denis.

Queen Natalia of Serbia
Natalia se casó con el príncipe Milan I de Serbia, su primo segundo, y tuvieron dos hijos: Alejandro, quien acabaría asesinado, y Sergio, que murió con pocos días de vida ©GettyImages

Natalia nació en 1859 en Florencia, entonces capital del Gran Ducado de la Toscana, en un tiempo en el que estaba próxima la anexión al naciente Reino de Italia. Era hija de un coronel ruso y de una aristócrata de origen moldavo, bien relacionados con la corte del zar Alejandro II de Rusia. La joven se educó entre San Petersburgo y París, hablando el francés como primera lengua. Europa entera se encontraba en un momento de transformaciones territoriales y miraba con temor cómo la paulatina debilidad del Imperio Otomano, dejaba estelas de nacionalismos en la zona balcánica. Natalia tenía apenas dieciséis años cuando fue prometida con el príncipe Milán de Serbia, estado todavía subordinado a los intereses tucos que no conseguirá su independencia plena hasta 1882, con la proclamación del Reino de Serbia. Natalia era alta y de buena figura, una “hermosura morena”. Milan, robusto y ancho de hombros. La boda se celebró con los fastos propios de un enlace real, en Belgrado, capital en la que los recién casados establecieron su residencia y donde nació su hijo, el futuro Alejandro I de Serbia. Pero el matrimonio resultó un desastre.

Todo su reinado estuvo condicionado por las guerras y los enfrentamientos con la vecina Bulgaria. Serbia sufrirá dramáticas derrotas como la de Slivnitza, en 1885: el Palacio Real de Belgrado se convirtió por unos meses en hospital de campaña en el que la Reina curó y asistió a heridos. La situación del país era inestable y los diferentes criterios de los monarcas respecto al posicionamiento que debía adoptar el reino, terminó por distanciar todavía más a la pareja. Milan IV llegó a sugerir a Francisco José, Emperador de Austria-Hungría, la integración de Serbia en el Imperio. Pero, Budapest se opuso sistemáticamente a la progresión de los eslavos. Además, la Reina Natalia insistía en entrar a formar parte de la zona de influencia rusa, país con el que seguía manteniendo cercanos vínculos amistosos. Esto, unido a las continuas “travesuras galantes” de su esposo y cuentan, que, hasta una traición sorprendida por la propia Reina, colmaron su paciencia: Natalia cogía a su hijo y se escapaba primero a Crimea y después a París. Poco tiempo más tarde, en 1889 el Rey Milan se veía forzado a abdicar debido a las presiones militares desencadenadas por sus malas gestiones, el amor al dinero y un intento de estafa al mismísimo zar. Natalia regresaba a Belgrado con intenciones de proteger la regencia de su hijo, el joven monarca Alejandro I. Pero quedó en eso, en intenciones: el nuevo gobierno la forzó a no volver a Serbia.

Natalia de Serbia
La reina de Serbia poseía una casa en Biarritz y mantenía una buena amistad con la aristócrata Elisa Loring, marquesa de Castrillo ©CordonPress

Comenzó para Natalia un periodo marcado por una soledad errante. Milan -del que vivía separada- falleció en Viena en 1901. Natalia no acudió a sus funerales. En su residencia de Biarritz se enteró del terrible asesinato de su hijo y su esposa, la Reina Draga y del final de los Obrenovic: la dinastía se extinguía por línea masculina. Desde entonces, sus viajes a España fueron muy frecuentes y entabló una buena amistad con la aristócrata Elisa Loring, marquesa de Castrillo. A ella, dicen, que se debe su conversión al catolicismo, que se producirá en la iglesia del antiguo hospital Carin-Perrochaud, en Berck-Page (Paso de Calais). Pasó a vivir de manera austera y volcada en la fe, hasta que con los años y casi sin visión, sus recursos se agotaron. Los semanarios gráficos comentaban, incluso, que llegaba a pasar largas horas en los cafés de Montparnasse a la espera de algo de caridad. Vivió desde el exilio el periodo de entreguerras y los primeros meses de la ocupación nazi de Francia. Mayor y vencida por el paso de los años, terminó sus días en el convento de Saint-Denis, a las afueras de París, donde falleció el 8 de mayo de 1941. Tenía 81 años. Sus restos descansan en el cementerio de Lardy. La Reina Natalia escribió sus Memorias.