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Carlota de Prusia: ¿puede no hablar ruso una zarina imperial?

Terminada la ola revolucionaria, la joven Carlota, alta, delgada y de frente pronunciada, conoció al Gran Duque Nicolás

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Zarina

Débil y enferma, tuvo que abandonar la corte en diferentes ocasiones para someterse a sofisticadas curas de salud

© Wikimedia Commons

Su vida estuvo marcada por las circunstancias de Europa posterior a Napoleón y los aires levantiscos en una Rusia que se convirtió en su hogar. Casada con Nicolás I, “el último gran autócrata” del siglo XIX, mostró poca afición a los asuntos del Estado y mucha al baile y la mazurca. Débil y enferma, tuvo que abandonar la corte en diferentes ocasiones para someterse a sofisticadas curas de salud. Aunque enamorada de su esposo, su relación debe entenderse en el contexto del fortalecimiento de las relaciones Rusia y Prusia: el tiempo de las Revoluciones Liberales.

Prusia
La nueva zarevna trató de aprender el idioma y las costumbres, aunque en familia siguió hablando alemán y utilizando el francés para su correspondencia ©Wikimedia Commons

Carlota de Prusia nació en Berlín en 1798. Era la primogénita de Federico Guillermo III por lo que, desde el temprano fallecimiento de su madre cuando apenas contaba con diez años, se vio obligada a cumplir deberes institucionales como primera dama de su Reino. Por aquellos tiempos, Europa hacía frente al huracán que Napoleón Bonaparte estaba causando: tras la derrota en Jena (1806) frente al Emperador francés, la familia se refugió en los vastos territorios rusos, sin saber aún, que un día se convertirían en su patria.

Terminada la ola revolucionaria y cuando el viejo continente trataba de recuperar su soberanía y fronteras, la joven Carlota, alta, delgada y de frente pronunciada –según las crónicas- conoció al Gran Duque Nicolás, por entonces alejado de posibles veleidades imperiales: su hermano mayor Alejandro I, ocupaba el trono de los Romanov y nadie pensaba en la imposibilidad de la descendencia.

Nicolás y Carlota se casaron el 1 de julio de 1817 en la capilla del Palacio de Invierno de San Petersburgo. Fue una boda fastuosa, regia y con el oropel propio de los contrayentes. Unos días antes, Sofía se había convertido a la Iglesia ortodoxa y transformado su nombre. En adelante sería conocida como Alexandra Feodorovna.

San Petersburgo
Viuda desde 1855, pasó en San Petersburgo los últimos años de su vida ©Wikimedia Commons

Se llenaron de hijos, entre ellos el futuro Alejandro II “liberador de los siervos”, disfrutaron de los mejores palacios imperiales, de los bailes y lujos propios de una vida fastuosa. En privado y con cariño, ella era conocida como Mouffi. La nueva zarevna trató de aprender el idioma y las costumbres, aunque en familia siguió hablando alemán y utilizando el francés para su correspondencia. Esto la distanció de algunos miembros de la familia que veían a “la prusiana” con poco interés en empaparse de la cultura tradicional.

En 1825, tras la muerte sin descendencia de Alejandro I, fueron coronados en el Kremlin. Desde entonces, sus responsabilidades regias se multiplicaron, aunque Alexandra nunca mostró interés por los asuntos del estado. El nuevo Zar, Nicolás I, puso toda su energía en reprimir las olas revolucionarias y nacionalistas que prendían en tierras polacas o húngaras, todavía bajo soberanía de los Romanov.

El Zar enviaba a sus Ejércitos cosacos en un pleno ejercicio de poder autocrático. Pero ya en esa década, en la que trataba de imponerse un nuevo orden acorde con la Europa de Congresos y las políticas de la Santa Alianza, la Zarina empezó a dar muestras evidentes de enfermedad. La fría climatología de las estepas siberianas no ayudaban a su recuperación y tampoco el clima templado de Crimea.

Volvió a Berlín, viajó a Palermo, Niza y Roma, pero sus pulmones estaban ya muy debilitados. Viuda desde 1855 (Nicolás I falleció a causa de una gripe), pasó en San Petersburgo los últimos años de su vida: quería despedirse del mundo en el mismo lugar en el que había sido feliz con Niki. Falleció en 1860 en el Palacio de Alejandro en Tsárskoye Seló. Será su nuera, María de Hesse -aquella a la que había tratado con recelo por la ambigüedad de su pedigrí- quien pase a ocupar la más alta dignidad en Rusia como Maria Aleksandrovna.

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