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Alexandra y Rasputín: la amistad que dilapidó un Imperio

La zarina se entregó a los poderes sanadores de este monje místico que había conquistado a las damas de la alta sociedad

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Alexandra Feodorovna Romanova

Alexandra Feodorovna Romanova (1872-1918), esposa del zar Nicholas II, con su hijo Alexei Nikolayevich

© GettyImages

Llegó a la Corte cuando la hemofilia causaba estragos en la salud del joven Alexei. La zarina se sentía culpable por haber transmitido la enfermedad a su único hijo varón y heredero del Imperio ruso. Desesperada por los tremendos dolores que padecía el zarévich, Alexandra Romanova de San Petersburgo se entregó a los poderes sanadores de este monje místico que había conquistado a las damas de la alta sociedad. Pero la progresiva influencia que Rasputín conquistaba en la Corte, mientras que el pueblo ruso se desangraba en la Gran Guerra, terminará arrastrándolo a las profundidades del Neva y a la Familia Imperial a la muerte en Ekaterimburgo. Pero ¿cómo había llegado un campesino siberiano a convertirse en el hombre fuerte de la vida política rusa?

Cuando en 1904 Alexandra Romanova daba a luz a su primer hijo varón, la alegría fue enorme en todo el Imperio. Las cuatro Grandes Duquesas, Olga, Tatiana, María y Anastasia, llenaban de ajetreo la vida familiar de los zares, pero el pueblo ruso y la iglesia ortodoxa esperaban un heredero. Su nacimiento se festejó desde Kiev hasta Vladivostok: ese niño un día llegaría a ser el ‘Zar de todas las Rusias’, un territorio vastísimo que resistía como la última autocracia en Europa. Sin embargo, una cicatriz sangrante en el ombligo del pequeño, se convirtió en la primera evidencia de la enfermedad. Transmitida por vía materna y como herencia genética de la abuela, Victoria de Inglaterra, la hemofilia parecía cebarse en Alexei.

En esos días, además, Rusia acababa de salir derrotada en su enfrentamiento contra los japoneses, lo que supuso una auténtica humillación en el orgullo patriótico y una conmoción en una sociedad que pedía reformas. Tras el “domingo sangriento”, parecía quedar claro que era necesaria una reforma en el Estado. La creación de la Duma y la concesión de una serie de medidas reformistas no parecían aplacar el ánimo revolucionario en ciernes.

La zarina se había mostrado incapaz de ganarse la simpatía del pueblo desde su matrimonio con Nicolás en 1894. No hablaba ruso, se comunicaba en inglés con el zar, era alemana y cada día parecía vivir más aislada, en su palacio de Tsárskoye Seló, a treinta kilómetros de San Petersburgo.

No soportaba el sufrimiento de su hijo cada vez que una “crisis sangrante” le postraba inmóvil en la cama. Pero en esos días había llegado a la capital un campesino siberiano, conocido por sus poderes de sanación que decían “anestesiaba con su magnetismo” y que había conquistado al público femenino de la corte. Se llamaba Grigori Rasputín y era lo que en el misticismo de la época se conocía como un starets.

Grigori Rasputin
Grigori Rasputin ejerció una enorme influencia en la familia imperial rusa de Nicolás II, especialmente, en su esosa, Alexandra Romanova ©GettyImages

Parece que fue la Gran Duquesa Anastasia de Montenegro -y Ana Vyrubova, íntima de la zarina- quienes lo presentaron a los soberanos. Estos quedaron fascinados por la mirada hipnótica del santón. Pero fue en 1907, a raíz de una caída de Alexei, cuando Nicolás y Alexandra empezaron a comprobar los poderes que Rasputín parecía tener sobre su hijo. Cinco años después, tras la crisis de Spala -pabellón de caza en el que se había refugiado la Familia Imperial-, su devoción fue absoluta: Rasputín había pronosticado la salvación del niño por vía telegráfica desde Siberia.

Desde entonces Alexandra ya no quiso separarse de este monje excéntrico que iba a apuntillar el prestigio del matrimonio real. Ni las advertencias de su suegra, María Feodorovna, de la condición de borracho, juerguista y ladrón de Rasputín, sirvieron para hacerla cambiar de opinión. Rusia caminaba hacia el abismo.

En 1914, el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando desencadenaba el inicio de la Primera Guerra Mundial. El ejército movilizaba tropas en la frontera y Alemania declaraba la guerra. Las derrotas rusas en el frente fueron continuas: los soldados morían a millones incapaces de hacer frente a las mecanizadas fuerzas del Kaiser Guillermo II. En estas circunstancias, Nicolás II asumió la jefatura del ejército y partió a su cuartel general de Stavka.

Alexandra y Rasputín se convertían en el gobierno en la sombra, rodeados de dóciles ministros que acataban las decisiones de un iluminado y que según decía la prensa de oposición, servían a los intereses del enemigo. La situación era insostenible, pero la zarina se negaba a prescindir de su salvador. La antipatía hacia la pareja crecía entre pueblo y aristocracia. Por ello, a pocos sorprendió que en diciembre de 1916 el cadáver de Grigori Rasputín apareciese flotando en el Neva.

El príncipe Félix Yusupov –heredero de la mayor fortuna de Rusia- y el Gran Duque Dimitri, habían terminado con la vida del místico después de un envenenamiento con pasteles de cianuro y varios tiros en el cuerpo. La zarina no pudo soportar la noticia.

Dos meses después comenzaba un proceso revolucionario que terminaría con la monarquía de Nicolás II. Tras la abdicación del zar y la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques, la Familia Real era trasladada a los Urales. Allí, en el sótano de la casa Ipatiev, serían asesinados en la madrugada del 17 de julio de 1918. El rencor del pueblo hacia Rasputín había contribuido mucho al desprestigio de la corona.

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