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Sor María de Ágreda, la mística consejera del licencioso Felipe IV

La monja de clausura y el ‘rey planeta’ mantuvieron una fluida relación epistolar entre 1643 y 1655

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Mística

Se decía que Sor María de Ágreda tenía el don de la bilocación, ya que podía estar o manifestarse en dos lugares a la vez

© Wikimedia Commons

Un pasaje ciertamente curioso de nuestra rica historia es el que protagonizaron a mediados del siglo XVII dos personalidades tan diferentes como fueron la popular monja concepcionista María de Jesús de Ágreda y el licencioso Felipe IV. Mantuvieron una intensa relación epistolar desde el año 1643 y durante más de una década, centenares de cartas en las que el “rey planeta” plasmaba en el papel sus tribulaciones espirituales, dudas sobre el gobierno y pedía consejo a aquella mística mujer que nunca salió de su convento en Ágreda, pero que se convirtió en la principal asesora del monarca hasta su muerte en mayo de 1655.

¿Quién era aquella mujer y por qué el rey acudió a ella en busca de alivio espiritual y consejos? María Coronel y Arana -así se llamaba antes de tomar los hábitos- fue una de las hijas de unos padres muy religiosos y, en tal ambiente, fue educada. De hecho, su madre Catalina de Arana tuvo una revelación divina para que transformara su casa familiar en un convento e ingresara en él junto a sus hijas, mientras que su esposo Francisco y sus hijos varones ingresarían en la Orden de San Francisco. Venciendo no pocas complicaciones así sucedió tres años después, su casa se convirtió en convento, fundado y consagrado a la Orden de la Inmaculada Concepción.

Tenía María 16 años cuando tomó los hábitos en dicho convento de Ágreda, del que sería nombrada abadesa con 25, en 1627. En esos nueve años, la joven monja experimentó trances espirituales intensos, desarrollando un misticismo relevante no exento de duras penitencias y mortificaciones corporales.

Sor María de Ágreda
Felipe IV acudió a María de Ágreda para recibir su consuelo espiritual y también sus consejos para ayudarle en su tarea como monarca©Wikimedia Commons

Se decía que tenía el don de la bilocación, ya que podía estar o manifestarse en dos lugares a la vez. Así, es célebre su presencia en la Nueva España, donde se apareció para evangelizar a miles de indios sin moverse nunca de su convento soriano de Ágreda.

Tales fenómenos y la popularidad creciente de esta monja, llevó a la Inquisición a iniciar un proceso sobre dichas vivencias y sucesos difícilmente explicables, aunque finalmente quedó absuelta.

En 1643, el todopoderoso valido conde duque de Olivares había caído en desgracia y el rey, distraído muchos años en una vida disoluta, de teatro, caza e innumerables conquistas amorosas -además de sus trece hijos legítimos tuvo varias docenas más, incontables, de mujeres de toda condición- tenía que afrontar múltiples y graves problemas -guerra, rebeliones de sus dominios, crisis económica y financiera.

Así, en julio de ese 1643, camino de Aragón, Felipe IV decide visitar en su convento de Ágreda a la célebre abadesa. Cautivado por su misticismo, religiosidad y buen criterio, le propone iniciar una correspondencia entre ambos, pues el dubitativo y atribulado monarca quiere recibir su consuelo espiritual y también sus consejos para ayudarle en su ardua tarea como monarca.

Se conservan numerosas misivas entre ellos, lo que nos ofrece verdaderas joyas de la naturaleza de aquella relación, de la confianza y consuelo que encontraba el rey en las cartas de sor María de Jesús y las reflexiones que la religiosa ofrecía a Felipe IV para poder ejercer su elevada misión con acierto y estar siempre cerca de lo que Dios desea. En muchas ocasiones, la monja aprovechaba la carta del rey para responderle al margen, en el mismo papel.

Mística
La relación entre el rey y la mística de Ágreda se prolongó hasta la muerte de la religiosa en mayo de 1665©Wikimedia Commons

Así, por ejemplo, el monarca le agradecía expresamente sus cartas y, cuanto más largas fueran estas, pues mejor…

“…de alargaros en vuestra carta, pues cuantos más renglones traen tanto más me dura el gusto de leerlas y me alienta y me alivia ver lo que me consoláis en medio de los cuidados continuos que se padecen…”

Ella, por su parte, le daba sabios consejos y le ponía el ejemplo del rey David, como en esta ocasión:

“Confieso que de lo que más necesita su monarquía de vuestra majestad es de Paz, esta se alcanzará con la Justicia, porque David juntó estas dos virtudes y nunca se vio ser un Príncipe fielmente servido si no es temido, y el temor no se consigue sin alguna demonstración prudente de rigor y como la Justicia consiste principalmente en dar a cada uno lo que le pertenece, usando de ella vuestra majestad hará que en primer lugar se le de a Dios el culto, reverencia y servicio que le debemos como hijo de la Iglesia y profesiones de su fe santa, evitando las ofensas que le hacemos, castigando al malo y premiando al bueno…”

Esta intensa relación epistolar entre la mística de Ágreda y el “rey planeta” se prolongó hasta la muerte de la religiosa en mayo de 1665. Pocos meses después, en septiembre del mismo año, moría el licencioso Felipe IV, pidiendo perdón por sus múltiples pecados.