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Catalina la Grande, la emperatriz que engrandeció un Imperio

Tuvo una vida sentimental muy agitada pero si por algo se caracterizó fue por transformar Rusia en la potencia hegemónica de Europa Oriental

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No pertenecía a la realeza y su nombre real era Sofía Federica en Stettin

© Wikipedia

Hoy diríamos que fue una “empoderada”. El término se ajusta bien a lo que representó Catalina la Grande en la corte rusa. Aficionada a la jardinería y lectora de Voltaire, llegó a Moscú para casarse con el heredero del Imperio, al que pronto aplacó. Convertida en Zarina “de todas las Rusias”, convirtió San Petersburgo en el nuevo referente de la modernidad, expandió sus dominios hacia el Báltico y el Mar Negro y, sobre todo, transformó Rusia en la potencia hegemónica de Europa Oriental. Es cierto que tuvo muchos amantes. Pero también que sus logros políticos superan con creces la propaganda soviética con la que algunos trataron de denostar su figura y grandiosidad.

Saint Petersburg, Russia Dinnig room Catalina Palace in Puskin.
Una de las estancias del palacio donde residía Catalina la Grande en San Petersburgo ©GettyImages

Ni siquiera se llamaba Catalina. Nació como Sofía Federica en Stettin, Prusia (hoy conocida como Scezecin, una ciudad polaca). Tampoco pertenecía a la realeza: su padre era general y su madre, una princesa alemana de rango menor. Pero las maquinaciones casamenteras de su progenitora la llevaron a convertirla en candidata para el apocado zarévich Pedro, nieto de Pedro “El Grande” y sobrino de la Emperatriz Isabel, a quien las circunstancias habían elevado al trono ruso. Era una niña inquieta, educada en el pensamiento francés y ávida lectora. La boda se celebró en 1745 en la catedral de Nuestra Señora de Kazán. Sofía, se convirtió a la iglesia ortodoxa y pasó a llamarse Catalina. El traje de novia, en plata y muy al gusto de la fastuosidad de la época, pesaba más de ocho kilos. Pero ella, consciente de que no era una Romanov, supo adaptase a su nuevo país. Aprendió su lengua y se familiarizó con unas costumbres que todavía le parecían muy lejanas.

Catalina era impetuosa, ordenada y culta. Su joven esposo distraído, apocado y frívolo. Nunca congeniaron. Pero en 1762, a la muerte de Isabel I de Rusia, se convirtieron en Zares. El distanciamiento entre ambos se acentuó. Catalina, consciente de la desidia política de su esposo y de los pocos apoyos que este tenía en la Corte, organizó un golpe maestro: la Guardia Imperial, con la ayuda de los nobles de la corte, derroco al Zar. Ella misma, a caballo y vestida de uniforme militar, lideró la operación. Pocos días después, se proclamó a sí misma, Emperatriz de Rusia. Era el 22 de septiembre de 1762. Vestía un traje con brocados y motivos del águila bicéfala símbolo del Imperio. Sólo durante dos meses había osado compartir el poder imperial.

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Billete de 100 rublos con la efigie de Catalina©Wikipedia

Desde entonces su política se dirigió a engrandecer Rusia de acuerdo con las ideas ilustradas en las que se había formado. Intentó secularizar el estado sometiendo al clero al control imperial, facilitó la inmigración de profesionales cualificados (arquitectos, médicos, artistas) que convirtieron San Petersburgo en una capital moderna y expandió sus dominios: ganó espacio al Báltico a expensas de Polonia y logró acceso al Mar Negro tras su victoria contra los otomanos. No en vano, a ella se debe la creación de ciudades como Odesa o Sebastopol en la península de Crimea. Catalina, supo jugar en la órbita de las relaciones internacionales de la época. Residía en el “Palacio de Invierno” e hizo de San Petersburgo, una ventana hacia el este. Culta y trabajadora, su biblioteca personal llegó a albergar cerca de 44.000 volúmenes. A ella se debe además el inicio de una colección de obras de arte (Van Dyke, Raphael, Murillo o Levitsky, que se convirtió en su pintor de corte) base del actual Museo Hermitage. Se carteaba con Voltaire -aunque nunca se conocieron personalmente-, escribía sus memorias y obras teatrales. Sentía admiración por Francia, pero con el inicio del proceso revolucionario y el derrocamiento de la monarquía de Luis XVI, vio amenazados los principios del “despotismo ilustrado” de los que había hecho su forma de gobierno.

Su legado, sin duda, fue el dejar a Rusia a las puertas de una modernización que no llegó a completar. La inmensidad y pluralidad del vastísimo territorio que dominaba, unido a las malas comunicaciones, se lo impidieron. Catalina II, falleció en 1786 a causa de un derrame cerebral y no en las innobles circunstancias que algunos trataron de atribuirle.

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