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‘Mujeres en la Historia’: Doña Ana de Borja y Centelles, virreina y gobernadora del Perú

Estuvo al frente del virreinato por delegación de su esposo en 1668 y ejerció dicha responsabilidad con notable solvencia

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Mujeres en la Historia

Ana de Borja Centelles pertenecía al ilustre y poderoso linaje de los Borja o Borgia

© PARES

De los 40 virreyes que tuvo el virreinato del Perú entre los siglos XVI y XIX, la mayoría eran hombres casados y, por tanto, sus mujeres se convirtieron en virreinas y en “primeras damas” de aquellas tierras, encabezando la élite femenina social y cultural, ocupadas muchas de ellas en ser mecenas de las artes y las letras, además de defensoras de la fe y benefactoras de obras de caridad para los más pobres y desfavorecidos.

Pero una de ellas, doña Ana Francisca Hermenegilda de Borja Centelles Doria y Colonna (Gandía, 1640 – Madrid, 1706), ejerció además como virreina y gobernadora del Perú durante unos meses en 1668, desempeñándose en el cargo con solvencia y determinación.

Pertenecía doña Ana al ilustre y poderoso linaje de los Borja o Borgia. Hija del VIII duque de Denia y de la princesa de Doria de Melfi, se casó en primeras nupcias con Enrique Enríquez Pimentel, marqués de Távara, de quien enviudó pocos meses después. Así, contrajo un segundo enlace en 1664 con Pedro Antonio Fernández de Castro, X conde de Lemos.

En 1667, la regente doña Mariana de Austria -lo fue hasta 1675, cuando su hijo Carlos II alcanzó la mayoría de edad para reinar- nombró a su esposo virrey del Perú. Doña Ana, sus dos hijos y un séquito formado por cien personas entre hombres y mujeres principales, además de numeroso criados y servidores, se trasladaron hacia su destino y llegaron al puerto de El Callao en noviembre de aquel año de 1667.

Mariana de Austria
Doña Mariana de Austria fue la regente de España hasta 1675, cuando su hijo Carlos II alcanza la mayoría de edad para reinar©GettyImages

Recibidos con agasajos, demostraciones festivas, arcos triunfales y devoción en la capital virreinal, muy pronto la virreina cobró protagonismo propio, pues a su noble persona y cualidades sumó la de tener que ejercer el mando en Lima mientras su esposo se ausentaba hacia el norte del virreinato, a la región de Puno para sofocar una rebelión en aquella zona minera.

En ella delegó con buen criterio el virrey, pues tenía plena confianza en su esposa y tal posibilidad estaba incluida en su cédula de nombramiento. Así, don Pedro Fernández de Castro partió a principios de junio de 1668 al frente de nutridas tropas para apaciguar y someter a los mineros revoltosos.

En Lima quedó su mujer como virreina y gobernadora, Ana de Borja Centelles, haciéndose cargo de los diferentes asuntos del día a día y que se referían a los más diversos aspectos de gobierno (administrativos, económicos, sociales, etc.). Fueron apenas seis meses -hasta primeros de noviembre cuando regresó su esposo- al frente del Perú, pero afrontó un periodo intenso en el que se mostró resolutiva, sobradamente capacitada y eficaz en dichas responsabilidades.

Uno de los hitos de aquellos meses con doña Ana al mando fueron las noticias inquietantes sobre el ataque y saqueo de la ciudad de Portobelo, en Panamá, a manos del ínclito filibustero Henry Morgan en el mes de julio. Las noticias llegaron a Lima ya en agosto y la virreina se aprestó a mandar refuerzos militares, víveres y pertrechos hacia Portobelo. Lógicamente, los piratas ya habían asolado la ciudad, pero supuso un alivio para su diezmada población. También la virreina tomó la precaución de reforzar las defensas de las costas del Perú, en previsión de próximos ataques de aquellos sanguinarios amigos de lo ajeno.

Otras disposiciones por ella aprobadas tuvieron que ver con la obligación de que los ciudadanos franceses declararan todos sus bienes y propiedades, la limitación del precio de la cera -tan importante en aquellos tiempos- y otros asuntos.

Henry Morgan
Uno de los hitos de doña Ana al mando fueron mandar refuerzos militares y víveres hacia Portobelo, Panamá, puesto que Henry Morgan y otros piratas habían saqueado la región©GettyImages

Un aspecto merece especial mención, pues la devoción de doña Ana, dio un último impulso para que Rosa de Lima fuera al fin reconocida como santa por la iglesia de Roma. Así, tras ser beatificada en ese mismo año de 1668, el Papa Clemente X canonizaba en 1671 a la que ya sería Santa Rosa de Lima, la primera santa de América, la primera mujer criolla en ascender a los altares, lo que llenó de alegría y regocijo a aquella sociedad limeña, peruana y, por ende, a toda la América hispana. De hecho, sería nombrada Patrona del Perú, de Filipinas y del Nuevo Mundo. (Sobre ella escribí hace no mucho en esta misma sección). Su humilde ataúd de madera fue sustituido por uno de plata por voluntad y a expensas de la virreina.

El 6 de diciembre de 1672 falleció el virrey. Su mujer quedó en el Perú casi tres años más con sus hijos -dos que habían tenido en España y tres más que nacieron en Lima- hasta que se consumó el habitual juicio de residencia, quedando limpio el nombre de su esposo.

Finalmente, la virreina y gobernadora del Perú, partió finalmente de El Callao en junio de 1675. El corazón del conde de Lemos quedó en Lima, tal y como había dispuesto en su testamento, primero en la iglesia de los Desamparados y luego en la actual iglesia de San Pedro, tal y como recuerda una placa allí ubicada.