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María II de Portugal: la ‘buena madre’

Su historia es una aventura de traición, romanticismo y pasión, que dejó a Portugal sumido en una profunda tristeza tras su muerte

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Maria II de Portugal

En 1834 una joven María hacía su entrada triunfal en Lisboa y era coronada Reina de Portugal

© GettyImages

La vida de María de la Gloria estuvo marcada por el enfrentamiento entre liberalismo y absolutismo propio de la época. ¿Cuántas veces hemos oído hablar de la Guerra Civil carlista que enfrentó en España a isabelinos y partidarios del Infante Carlos María Isidro de Borbón? Pues en el vecino Portugal, se vivió un conflicto “similar” apenas siete años antes del inicio de nuestra contienda: lucharon miguelistas (absolutistas) contra pedristas (liberales) en lo que, en el fondo, no era otra cosa que la disputa de un trono que, por herencia, correspondía a María II de Braganza. Su historia es una aventura de traición, romanticismo y pasión, que dejó a Portugal sumido en una profunda tristeza tras la muerte de la que apodaron “la buena madre”.

María de la Gloria nació en Río de Janeiro en 1819 en los días en los que Brasil formaba todavía parte del vasto Imperio Portugués. Aunque les quedaba poco. Los Braganza eran los únicos que en 1808 habían conseguido burlar las intenciones usurpadoras de Napoleón Bonaparte en su ambición peninsular.

María, hija del futuro Pedro I de Brasil y IV de Portugal, creció en las alegres costas atlánticas ajena a los problemas políticos que empezaban a acechar a su dinastía. La novela de Javier Moro El Imperio eres tú refleja muy bien esos días de vino y rosas en los que, sin embargo, María vivió con tristeza la prematura pérdida de su madre, la archiduquesa María Leopoldina de Habsburgo.

Rey Pedro IV de Portugal y Emperador de Brasil (1798-1834)
Don Pedro dejó la corona brasileña en manos de su hijo, Pedro II, y marchó a Europa para velar por los derechos de su hija©GettyImages

Pese a ello y siendo todavía muy niña, las cuestiones dinásticas la obligaron a emprender rumbo a Europa en la idea de su proclamación como heredera del trono de Portugal (su padre, Pedro I de un Brasil ya independiente, renunciaba al trono portugués a sabiendas de que la reunificación con Portugal ya no sería bien vista).

Todo parecía bien atado: María se casaría con su tío Miguel, regente hasta su proclamación y de marcado sentir absolutista, quien además reclamaba para sí los derechos lusitanos. De este modo, pensaron, se pondría fin a lo que se empezaba a vislumbrar como un conflicto dinástico de marcados tintes políticos. Pero se equivocaron. En Portugal no se aprobó la Constitución. Don Miguel no se casó con su sobrina y se hizo proclamar Rey con marcado acento realista. La joven María de la Gloria tuvo que refugiarse en tierras austriacas en busca de una solución. De ahí a Inglaterra y en 1829 de vuelta a Brasil a la espera de que su padre tomara las riendas de la situación. En Portugal había comenzado una Guerra Civil (1828-1834).

Don Pedro, de aptitudes liberales, dejó -un tanto forzado- la corona brasileña en manos de su hijo, Pedro II, y se decidió a marchar a Europa para velar por los derechos de su hija. En Francia, contó con el respaldo de Luis Felipe de Orleans quien lo acogió, a él y a su hija María, en la corte del Palais Royal. De aquí hasta las Azores –único territorio que siempre había pertenecido fiel a María- desde donde se animó la resistencia liberal y se organizó la toma de Oporto. Tras unos meses de lucha, en 1834 la joven María hacía su entrada triunfal en Lisboa y era coronada Reina de Portugal.

Comenzaba para María II un periodo marcado por las dificultades políticas y personales. Tenía apenas dieciséis años. Su boda se concertó con Eugenio Beauharnais, nieto de Josefina, quien fuese Emperatriz de los franceses por matrimonio con Napoleón Bonaparte. Pero apenas duraron unos meses debido a la muerte prematura del Príncipe a causa de una angina.

Reina
María fallece en 1853 a consecuencia de su último parto, siendo su marido, Fernando de Sajonia-Coburgo, el que ocupó la Regencia en nombre de su hijo, futuro Pedro V©GettyImages

Semanas después y ante la necesidad de mantener la dinastía con un nuevo heredero, todas las miradas se posaron en Fernando de Sajonia-Coburgo. Parecía el candidato perfecto para la nobel monarquía liberal portuguesa. Amante del arte (a él se deberá la reconstrucción del Palacio da Pena, en Sintra) y experto en cerámicas y grabados, contrajeron matrimonio en 1836.

Pronto llegaron los hijos, en los que María se volcó con verdadera dedicación y afecto, quizá para paliar esa ausencia de madre que a ella le había faltado. Los portugueses la apodaron como “la buena madre”. Sin embargo y como consecuencia del último de sus partos –pese a las recomendaciones facultativas de no pasar por nuevos embarazos- fallecía. Era el año 1853. Tenía treinta y cinco años y llevaba casi dos décadas al frente de la corona portuguesa. A su muerte, su viudo, Fernando II ocupará la Regencia en nombre de su hijo, futuro Pedro V.

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