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‘Mujeres en la Historia’: Doña Mencía de Mendoza y Figueroa, seiscientos años de una gran señora

Hija del marqués de Santillana, poseedora de una gran cultura y riqueza, a ella se deben la Casa del Cordón y la capilla de los condestables de Castilla

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Hija del marqués de Santillana

Se concertó el matrimonio de Mencía de Mendoza con con el II conde de Haro cuando ella tenía 15 años y él, 11

© Wikimedia Commons

Doña Mencía de Mendoza y Figueroa (Guadalajara, 1421- Burgos, 1500), así se llamaba esta mujer apasionante que nació hace 600 años y fue una figura importante del siglo XV por su cultura y posición. Como en este 2021 recién comenzado no creo que se recuerde mucho esta efeméride, quiero rescatarla del olvido y echar un vistazo a su vida y, sobre todo, a las impresionantes obras que nos dejó en la ciudad de Burgos donde residió buena parte de su vida y murió, justo cuanto lo hacía la decimoquinta centuria de nuestra era.

Fue Mencía la hija mayor de don Íñigo de Mendoza y doña Catalina Suárez de Figueroa. De sus padres recibió, al igual que sus numerosos hermanos, una esmerada educación en las letras y las artes. No debe de extrañar, pues la pareja formaba parte de la nobleza castellana y don Íñigo fue uno de los más grandes escritores y poetas del siglo XV, convirtiéndose además por sus hechos de armas y apoyo al rey Juan II de Castilla en el primer y gran marqués de Santillana.

Su pertenencia a la élite castellana hicieron que se concertara el matrimonio de la joven Mencía con el II conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco. Ella tenía 15 años de edad por entonces y su marido, ojo al dato, tan solo 11.

La pareja, pasados los años, tuvo siete hijos -Bernardino, Íñigo, Juan, Isabel, Leonor, María y Mencía- en un tiempo en el que Mencía se ocupaba de la casa y de traer al mundo y criar a su numerosa prole mientras su esposo se desempeñaba en una carrera política intensa, marcada por los continuos vaivenes y tensiones en la realidad castellana de la segunda mitad del siglo XV. Así, él mismo osciló entre varios bandos, pasando de apoyar al infante don Alfonso a respaldar durante años al rey Enrique IV y, luego, a los futuros Reyes Católicos frente a los partidarios de Juana la Beltraneja.

Sepulcro
La capilla de los Condestables, en la Catedral de Burgos, fue uno de los grandes legados de doña Mencía©Wikimedia Commons

Del ínclito Enrique IV recibió el título de condestable de Castilla en 1473 para él y sus descendientes, así como otras importantes mercedes. A partir de entonces, el poder y riqueza de la pareja, ya de por sí importantes, se incrementaron sobremanera y el matrimonio decidió darle lustre a dicho estatus.

Es aquí donde doña Mencía de Mendoza cobra mayor protagonismo, pues se encargó de supervisar y atender las múltiples vicisitudes de tres grandes obras en Burgos: la Casa del Cordón para vivir, la capilla de los Condestables en la catedral para orar y ser enterrados y, la casa de la Vega, de recreo, a las afueras.

La Casa del Cordón -llamada así por el cordón que adorna su fachada, símbolo de la devoción de doña Mencía por san Francisco y su orden religiosa- comenzó a edificarse en 1476 como residencia palaciega del matrimonio. Muy pronto sería también sede de los reyes en sus visitas a Burgos, como por ejemplo ocurrió en 1497 cuando allí recibieron Isabel y Fernando a Cristóbal Colón al regreso de su segundo viaje. Allí se casaría ese mismo año el príncipe don Juan con Margarita de Austria, en 1506 morirá Felipe el Hermoso y, en décadas siguientes, servirá de alojamiento para el emperador Carlos, Felipe II, Felipe III y Felipe IV, último monarca que allí se alojó.

La importancia de doña Mencía en esta obra se puede apreciar en los numerosos escudos heráldicos de su linaje que decoran su fachada y el claustro interior, además de en el famoso cordón que ella mandó ubicar en su portada.

Burgos
La Casa del Cordón, en Burgos, era la residencia palaciega de doña Mencía y el Conde de Haro©Wikimedia Commons

La majestuosa capilla de los condestables de Castilla fue el otro gran legado de doña Mencía, pues su esposo se hallaba con frecuencia ausente, ocupado en la intensa vida política y militar de aquellos años. Obra de Simón de Colonia, ocupa el fondo de la nave principal y resalta por su belleza, su bóveda de estrella, sus tres bellos retablos y las estatuas yacentes de sus fundadores, don Pedro y doña Mencía. Bajo ellas descansan sus restos mortales en una pequeña cripta. El retablo de Santa Ana, adornado con figuras de santas con libros en las manos no puede sino deberse a la afición lectora de doña Mencía y los Mendoza.

Se cuenta que al regresar el condestable de la guerra de Granada -en 1492, pocos meses antes de morir- doña Mencía le espetó orgullosa: “Ya tienes palacio en que morar, quinta en la que holgar y capilla en que orar y te enterrar”. Ella moriría en el año 1500.

El padre de doña Mencía, el genial marqués de Santillana dedicó un villancico y una canción a sus adoradas hijas. De ahí rescato esta bella estrofa...

“Fruentes claras e luzientes,

las çejas en arco alçadas,

las narizes afiladas,

chica boca e blancos dientes,

ojos prietos e rientes,

las mexillas como rosas,

gargantas maravillosas,

altas, lindas al mi grado.“

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.