Carlota, la Emperatriz de México con una vida de tragedia marcada por la locura

La formación política que le inculcó su padre, el rey Leopoldo I de Bélica, la convirtió en una de las jóvenes mejor preparadas de su época

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23 de Diciembre 2020 / 13:57 CET

Emperatriz de México

La emperatriz, ya demente, vagó de castillo en castillo en busca de una paz interior que nunca consiguió

© GettyImages

Su nacimiento regio en la embrionaria corte belga no hacía suponer la tragedia de sus días. Hija de Leopoldo I y nieta del monarca francés Luis Felipe de Orleans, se convirtió por matrimonio en archiduquesa austriaca y Emperatriz de México. Educada para reinar vivió las convulsiones del país trasatlántico en ese experimento político auspiciado por Napoleón III. Abandonada por todos y rabiosamente enfrentada a su cuñada Sissí, pasó sus cincuenta últimos años de existencia marcados por una demencia que la llevó a vagar de castillo en castillo entre crisis de furia y violencia, con sólo pequeños momentos de lucidez.

Carlota de Sajonia-Coburgo, nació en el Palacio Real de Lacken en 1840. Era la única hija de Leopoldo I de Bélgica, un país de apenas una década que comenzaba su andadura política en las lides internacionales. Su madre, Luisa de Orleans, era hija de Luis Felipe, depuesto Rey de Francia, del que no se podía discutir la impronta liberal-burguesa que transmitiría a su descendencia. Huérfana de madre desde muy niña, tuvo una infancia influenciada por su abuela, María Amelia de Francia, quien marcó su educación en idiomas y resto de habilidades para una dama de su rango.

Vida marcada por la locura
Mantuvo un enfrentamiento popularmente conocido con su cuñada Sissí©GettyImages

Su padre, le inculcó la formación política que la convertirá de una de las jóvenes mejor preparadas de su época. Intuitiva, lista, culta y dominante, era la candidata perfecta para el apocado Maximiliano de Habsburgo, hermano segundón del Emperador Francisco José quien en esos días de fuertes nacionalismos, tenía un papel preminente en el tablero de Europa. La boda se celebró en Bruselas en 1857 y los flamantes archiduques se instalaron en los territorios italianos del Imperio, cerca de Trieste, en el castillo de Miramar –a orillas del Adriático-, en la idea de amortiguar los aires levantiscos de la zona, como gobernadores de Lombardía-Venecia. Pero ese destino parecía insuficiente para la hija del ambicioso Leopoldo que ansiaba jugar mejor sus cartas.

Eran días de intervencionismo exterior en los que Napoleón III aspiraba a la expansión de Francia y tomaba partido en la política unificadora de los Saboya. Parecía el momento para ensanchar la influencia occidental en América e impulsar la creación de un Imperio católico en México, devastado por las luchas internas y la revolución. Napoleón III se convertía en el principal abanderado de esta aventura que tuvo, en el Rey de los Belgas, otro importante valedor: Carlota se convertiría en Emperatriz.

Una “Asamblea de Notables” mexicanos se trasladaba a Trieste para ofrecer la corona al Archiduque Maximiliano. Tras ciertas dudas iniciales -y con la presión de su suegro- aceptaba. Era un empeño incierto. El 28 de mayo de 1864, los nuevos monarcas llegaban al puerto de Veracruz. Lo hicieron acompañados de una copiosa corte que nunca terminó de encajar con el carácter autóctono. Eran muy jóvenes y tendrían que hacer frente a las dificultades de un país empobrecido, dividido entre republicanos y conservadores, y sobre el que los nacientes Estados Unidos habían puesto sus garras.

Portrait of Carlota
La emperatriz falleció en 1927 con la mente perturbada tras más de medio siglo aislada de un mundo del que era protagonista©GettyImages

Fueron coronados Emperadores de México y acometieron una serie de políticas reformistas-liberales entre las que destacaron la regulación de los horarios de trabajo, la desaparición de los castigos corporales y una legislación que protegía a los campesinos. Pero su posición era muy débil: sin el apoyo militar y económico de Francia, la empresa estaba avocada al fracaso. Así ocurrió. Napoleón III retiró su ayuda y Carlota embarcó en 1867 rumbo a Europa, para insistir en la necesidad de auxilio.

En esos días Austria había perdido en Sadowa su hegemonía en la Confederación Germánica y Prusia soñaba con el dominio de toda Europa. Carlota se entrevistó en Saint Cloud con Napoleón III. Nada consiguió. También lo hizo con el Papa Pío IX, en un intento desesperado de lograr respaldo. Y fue aquí, precisamente en el Vaticano, cuando parece que la desesperada Emperatriz dio las primeras muestras de una enajenación que sorprendió a la curia. El proceso se agravó cuando semanas después Carlota fue informada del fusilamiento de su esposo en Querétaro, por las tropas de Benito Juárez, en una escena recreada en un fabuloso lienzo de Manet.

La Emperatriz Carlota nunca regresó a México. La idea del Imperio había fracasado víctimas de las políticas de intervenciones que estuvieron tan en boga en el último tercio del siglo XIX. Desde entonces, ya demente, vagó de castillo en castillo en busca de una paz interior que nunca consiguió. Falleció en 1927 en la fortaleza de Bouchout, al norte de Bruselas, a los ochenta y seis años y con la mente perturbada, después de pasar más de medio siglo prácticamente aislada de ese mundo de realeza e intrigas políticas del que había sido protagonista.

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