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‘Mujeres en la historia’: Doña Mencía de Mendoza, mecenas de las letras y las artes del siglo XVI

Marquesa del Zenete, duquesa de Calabria y virreina de Valencia, fue alumna del humanista Luis Vives y reunió una gran biblioteca

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Doña Mencía de Mendoza, mecenas de las letras en el siglo XVI

Doña Mencía de Mendoza era una mujer culta, noble, rica y mecenas de la primera mitad del siglo XVI

© Wikimedia Commons

Mencía de Mendoza y Fonseca (Jadraque, 1508 - Valencia, 1554) fue hija de Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer conde del Cid y primer marqués del Zenete y de María de Fonseca y Toledo. Al morir su padre en 1523 heredó una inmensa fortuna, convirtiéndose en una de las damas más ricas de Castilla.

Pero no sólo recibió bienes materiales de su familia. También les siguió en sus gustos y aficiones, marcadas por el amor al arte y la literatura. Su padre había sido un soldado, un hombre de armas pero también de letras, aventurero de genio vivo e inquieto que pasó una temporada en Italia, donde se empapó de los gustos y corrientes del Renacimiento. Además, no debe de olvidarse que la joven Mendía de Mendoza  era bisnieta nada menos que de don Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y nieta del cardenal Mendoza. La educación que recibió fue, pues, la destinada a una mujer de su elevada condición y siempre se rodeó de los mejores maestros para empaparse del conocimiento de los más grandes de su tiempo.

Doña Mencía de Mendoza, mecenas de las letras en el siglo XVI
©Wikimedia Commons

Dada su noble ascendencia y patrimonio, era una dama codiciada por muchos para un provechoso casamiento. Por mediación del propio emperador Carlos, tuvo un primer matrimonio con Enrique de Nassau, lo que hizo que viajara a Flandes y allí viviera más de una década. En Breda y otras localidades flamencas, doña Mencía siguió cultivándose en las más importantes disciplinas de su tiempo, mostrando siempre un gran interés por conocer a escritores, pensadores, músicos y artistas. Fue allí cuando entró en contacto con Guillermo Budé, la obra de Erasmo de Rotterdam y, también, donde Luis Vives ejerció como su preceptor, inculcándole ideas humanísticas.

Su saber iba creciendo y, también, su biblioteca -heredada en buena parte de su familia y que ella continuaba incrementando con textos en hasta ocho idiomas- lo mismo que su colección pictórica y sus joyas. Un ejemplo de esto último es el que nos ofrece Gonzalo Fernández de Oviedo, quien le vendió una singular perla de Panamá a su padre. Así lo contó el propio cronista en su “Sumario de la Natural y General Historia de las Indias“...

“De aquella isla también es una perla redondísima que yo truje de aquella mar, tamaña como un bodoque pequeño y pesa xxvi quilates, y en la ciudad de Panamá, en la mar del sur, di por esta perla seiscientos e cincuenta pesos de buen oro y la tuve tres años en mi poder y después que estoy en España la vendí al conde Rodrigo, marqués del Zenete, gran camarlengo de vuestra majestad, el cual la dio a la marquesa del Zenete doña Mencía de Mendoza...“

Doña Mencía regresó a España tras fallecer en 1538 su primer marido y pronto se casó de nuevo, esta vez con Fernando de Aragón, duque de Calabria y virrey de Valencia. En esta ciudad viviría hasta su muerte, rodeándose de intelectuales y estudiantes valencianos a los que gustaba recibir en su casa para escuchar sus obras e ideas, nutriéndose de todo ello y apoyándoles también en sus proyectos.

De hecho, dedicó parte de su fortuna a sufragar la estancia de estudiantes valencianos en diversas universidades españolas y europeas, además de promover y plantear diversas iniciativas en el ámbito formativo.

Llegó a reunir una biblioteca de mil ejemplares, una cifra muy importante si tenemos en cuenta la época y, además, su condición femenina. Muchos de aquellos libros los heredó lógicamente de su poderosa y culta familia, otros de sus dos esposos y, una parte, los adquirió ella misma.

En ella había de todo, un compendio de lo más granado que podía reunirse a mediados del siglo XVI: obras de Virgilio, Cicerón, Plinio, Aristóteles, Platón, Suetonio, Catón... y también textos humanísticos de Erasmo de Rotterdam, Guillermo Budé, Luis Vives... Por supuesto, no faltaban los autores valencianos que más relación habían tenido con ella: Juan Ángel González, Juan Baptista Aynés o Juan de Molina.

También, aunque despreciados por los grandes como el propio Luis Vives, doña Mencía reunió un buen número de novelas de caballerías, tan exitosas en su tiempo. De hecho, el valenciano Dionís Clemente le dedicó “Valerián de Hungría“ (1540), disculpándose de antemano por el género tratado, aunque alguien tan cultivado y abierta como doña Mencía seguro que también apreciaba aquellas aventuras literarias.

“...conociendo primeramente mi ignorancia no menos que el atrevimiento de dirigir a vuestra ilustrísima señoría obra de tan bajo estilo he osado tener, humildemente la suplico sea servida de recibirla y a ella y a mí otorgamos nombre de suyos, pues para en este siglo otra mayor bienaventuranza no deseamos, por la segura protección y la conocida honra que de tan cumplida merced se nos ha de recrecer”.

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.