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Elena de Montenegro: una experta cocinera en el trono de Italia

Discreta, generosa y profundamente solidaria, probablemente sea la Soberana italiana que más admiración y respeto cosechó en el país transalpino

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Elena of Montenegro, Queen of Italy

Preparaba a diario la comida para su marido, el Rey Víctor Manuel III y sus cinco hijos

© GettyImages

¿Quién se imagina a una Reina en los fogones? Elena de Italia preparaba cada día la comida a su marido y cinco hijos. El Rey Víctor Manuel III, bajito pero glotón, quedo fascinado cuando la joven balcánica comenzó a cocinar sus guisos. Desde entonces, la familia nunca faltó a los almuerzos que se preparaban en el comedor privado del palacio del Quirinal ante la incredulidad de su suegra, la estirada Reina Margarita. Fue una mujer hogareña y sencilla que decidió ocuparse personalmente de sus retoños sin interferencias de nodrizas, ayas o camareras. Poco aficionada a los lujos que se estilaban entre las Saboya, Elena desempeñó una incansable labor asistencial entre los soldados italianos en la Primera Guerra Mundial. Cuando los aires de los fascismos empezaron a despertar en Milán, la Reina quiso distanciarse del autoritarismo con el que Benito Mussolini había salpicado la Monarquía. Pero la alianza consentida de Italia con Hitler, será el principio de un complejísimo escenario diplomático que terminará con la proclamación de la República.

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Elena de Montenegro junto a su marido, Víctor Manuel III de Italia con el que contrajo matrimonio el 24 de octubre de 1896 ©GettyImages

Elena nació en la ciudad de Cetiña, antigua capital real, en 1873. La suya no era una Monarquía de postín. La dinastía Petrovìc-Njegos acababa de consolidarse en el recién creado Reino de Montenegro. Vivió su infancia en una corte poco sofisticada que contrastaba con el resto de sus parientes. Sin embargo, eran genéticamente sanos: corpulentos como correspondía al agreste paisaje dinárico. Se presentaba como la candidata perfecta para regenerar la descendencia de muchas familias reinantes disminuidas por la consanguineidad. Viajó a la Corte del San Petersburgo y estudió en el Instituto Smolny pero fue el heredero al trono de Italia quien, nada más verla, decidió que se convertiría en su esposa. A la Reina Margarita –la primera Reina de una Italia ya unificada- no le convencían los aires empobrecidos de la muchacha pero era cierto que su estatura y presencia, resultaban convenientes en el intento de mejorar la estirpe. Aportaba poca dote, nulo joyero y escaso vestuario. Debía también dejar atrás su credo ortodoxo. Pero transigieron: en 1898, Elena de Montenegro se casaba con Víctor Manuel de Saboya y se convertían en príncipes herederos de Italia.

Eran días de violencia y tensiones obreras en los que había que consolidar el Estado. Pero en agosto de 1900, el Rey Humberto moría asesinado por un anarquista y la joven pareja ascendía al trono. Llegarán a ser además Reyes de Albania y Emperadores de Abisinia. Elena, siempre sencilla y prudente, no se metió en cuestiones políticas aunque respaldó las decisiones de sus marido. No eran un matrimonio estéticamente armónico –ella le doblaba la estatura- pero siempre se entendieron bien.

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Enferma de cáncer, falleció en Montpellier en 1952, cinco años después de su marido ©GettyImages

Cuando la guerra llevó al mundo entero a la catástrofe, Elena destacó por sus tareas de auxilio y asistencia sanitaria con los soldados italianos heridos en el frente. Su colaboración con la Cruz Roja fue incansable. Italia terminó entre los ganadores pero su posición no fue reconocida en los acuerdos de paz. Apenas recompensas territoriales, una inflación cada día más alta y menos empleo. El ascenso del fascismo parecía imparable. La marcha sobre Roma y los “camisas negras” llevaron al Rey Víctor Manuel a refrendar a Benito Mussolini como jefe de Gobierno. La Reina madre, Margarita, estaba entusiasmada con la regeneración prometida. Pero Elena nunca lo comprendió: ella jamás le llamó Duce. El estado italiano se industrializó y despegó económicamente. También arregló sus problemas con el Vaticano pero caminaba indefectiblemente hacia el abismo. Cierto que la nazificación llegó una vez comenzada la Guerra, pero la posición de la Monarquía estaba ya muy comprometida. En 1943 el giro de Víctor Manuel hacia los aliados no representaba más que un intento de salvar lo poco que le quedaba de la confianza de su pueblo. Y la abdicación en su hijo, Humberto II, una huida hacia adelante. Pero a Elena la seguían adorando. Sin embargo su tiempo había terminado. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, un referéndum decidía el establecimiento de una República en Italia. Los Reyes partieron hacia el exilio.