Mujeres en la historia: Ana de Castro, la olvidada biógrafa de Felipe III

Gozó de gran fama y tuvo el reconocimiento de los más grandes autores del Siglo de Oro, entre ellos, Lope de Vega y Quevedo

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13 de Noviembre 2020 / 14:03 CET

Ana de Castro, la olvidada biógrafa de Felipe III

Ana de Castro Egas

© Wikimedia Commons

Se llamaba Ana de Castro Egas y nació en Valdepeñas en el último tercio del siglo XVI. Debió de pertenecer a una familia de cierta influencia y posición, pues el dominio de la pluma y su pronta estancia en la villa y corte así lo indican. De hecho, labró una estrecha relación de amistad con el infante don Fernando desde que éste era un niño, uno de los ocho hijos que el rey Felipe III tuvo con su esposa Margarita de Austria.

La cercanía con el que sería conocido como “el cardenal-infante” y su docta habilidad con las letras, plasmada en numerosos poemas, hicieron que gozara de la admiración y amistad de los más relevantes personajes de la época: desde el poderoso duque de Lerma, valido del rey, hasta importantes damas, nobles y los más elevados escritores de su tiempo. Aquellos versos los firmaba con el apodo de “Anarda” y circularon con notable aceptación en aquellos círculos literarios de hombres y mujeres influyentes.

La imagen de la portada del libro de Ana de Castro Egas
La imagen de la portada del libro de Ana de Castro Egas©Google Books

Sólo se conserva una obra suya completa, la “Eternidad del Rey don Felipe nuestro señor, el piadoso”, publicada en 1629, ocho años después de la muerte del monarca. En ella resume la vida de Felipe III y los hechos más destacados de su reinado, destacando sus múltiples virtudes y buen gobierno. La biografía de un rey escrita por una mujer, algo extraordinario en aquella época. Está dedicada, como no podía ser de otra manera, a “el Serenísimo señor el Cardenal Infante, su hijo”. Así se dirigía a él:

“La inclinación que tengo a vuestra alteza desde que le conocí niño facilite, pues no disculpa el atrevimiento de reducir a breve suma las grandes y excelentes virtudes que ejercitó el santo y piadoso rey y señor nuestro padre de vuestra alteza, que si el desempeño de obligaciones propias se cumple ofreciendo cualquier moderado talento, justamente deseo la satisfacción de este servicio en la dicha que vuestra merced le reciba...”

Muestra de la fama, buenas relaciones y estima generalizada que despertaba Ana de Castro Egas, son los múltiples poemas laudatorios hacia su persona y obra que acompañan dicha publicación. Son cerca de 40, escritos por nobles -duque de Lerma, conde de Siruela, marqués de Alcañices, conde de Roca- mujeres -nada menos que siete- y por los hombres de letras y dramaturgos más punteros: Lope de Vega, Bonifaz, Antonio de Herrera y Francisco de Quevedo, entre otros.

La estatua ecuestre de Felipe III en la plaza mayor de Madrid.
La estatua ecuestre de Felipe III en la plaza mayor de Madrid©Daniel Arveras

De todas esas composiciones incluidas como agasajo e introducción a su obra, les refiero tres: la primera, de doña Justa Sánchez del Castillo...

“De un Alejandro, Anarda, de un Apeles

(que poco debo a la memoria mía),

un poeta contaba el otro día

aquello del retrato y los cinceles.

También alabó mucho los pinceles,

de otro que tal Lisipo se decía

y que el Rey a estos solo permitía

dar a su original copias fieles.

Juzgué luego, y lo dije a mi almohadilla,

que Dios, que colma el crédito a los reyes,

a este le dio un Apeles y un Lisipo,

y que hoy, Anarda, en vos le dio a Castilla

pluma con que excedáis aquellas leyes,

como excede a Alejandro el gran Filipo.”

Obligado es también referirles los versos escritos por Lope de Vega...

“Tu dulce voz, cual suele en primavera

suabe despertar Céfiro a Flora,

en las cenizas que animó sonora,

vivir Filipe, donde espira, espera.

Sol amanece a la terrestre esfera

y del polo español las líneas dora,

que tú, naciendo de su ocaso, Aurora,

vuelves sus rayos a su luz primera.

Si en dar fénix vida cuando espira

la más alta virtud del sol consiste,

divina Musa, tu milagro admira,

que si la tuya nuevas plumas viste

de España al fénix en tan alta pira,

tu sóla el sol de los ingenios fuiste.“

(Lope también citará a doña Ana en su “Laurel de Apolo” un año después, en 1630. La define como ”nueva Corina”, poetisa griega del siglo V a.C).

Por su parte, don Francisco de Quevedo y Villegas, se extiende en una prosa sincera y repleta de alabanzas hacia ella y su estilo literario plasmado en la “Eternidad...”:

“...El volumen es descansado; el estilo, pulido con estudio dichoso; las palabras, sin bastardía mendigada de otras lenguas, que en algunos cuadernos por blasonar noticia desaliñan la nota y, cuando más presumen de joyas, mejor se confiesan manchas. Tan docto escrúpulo ha tenido en lo que deja como cuerda elección en lo que elige: la sentencia es viva y frecuente, los afectos eficaces y debidos, pues sin digresiones forasteras deja vivir su vida al Príncipe. Llámale piadoso con bien considerada providencia...”

Casi nadie recuerda hoy en día a aquella sabia mujer, poeta y biógrafa de Felipe III. En su tiempo sí que fue reconocida, aplaudida y admirada por los más grandes... y eso, se lo llevó ella, con orgullo, mientras vivía.

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.