William Randolph Hearst: la gran mentira por la que perdimos Cuba

La manipulación informativa de sus cabeceras acabó propiciando que Estados Unidos declarase la guerra a España

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26 de Octubre 2020 / 18:01 CET ALFONSO USSÍA HORNEDO

William Randolph Hearst influyó de manera determinante en la pérdida de Cuba por parte de España

© GettyImages

Desde que se inventó el periodismo, aunque para eso deberíamos remontarnos demasiados siglos atrás, los intereses privados siempre han ido de la mano de la balanza hacia dónde se declina la información. Desgraciadamente, pensamos que por ver un color u otro en la televisión, la información que nos remiten debe, o por lo menos, pretendemos que debe ser la verdadera. Deberíamos saber ya, tras décadas de perversiones periodísticas, que las televisiones privadas bailan al son de quien les paga la cuenta de resultados: unas veces los políticos y sus planes de poder, otras, las empresas anunciantes y otras, como no, las de sus propios intereses.

En 1896 España se desangraba por mantener alguna de sus colonias. Tras el avance de potencias como Estados Unidos, hambrientos por colonizar como hicieron con ellos no mucho antes, el tablero mundial dibujaba unos protagonistas nuevos que enterraban a los viejos leones de la precaria Europa.

Y entre toda esa confusión y a la sombra de un país enorme que despertaba de la nada, William Randolph Hearst supo jugar las cartas de una mentira, que terminarían provocando la entrada de su país en la guerra de Cuba contra España. Y claro, de paso también Filipinas, Puerto Rico y un buen número de islas y colonias que aún regían bajo el manto de la Corona de España.

Poco a poco el temido Hearst fue limando esa personalidad tan bien retratada en la película ‘Ciudadano Kane’, del genial Orson Welles. Y es que el americano, además de crear el imperio de la prensa en papel, sufrió la enorme desdicha de ansiar el poder al toque de utilizar, todas sus cabeceras para sus intereses políticos, comerciales y maritales. Poco han cambiado los medios que pretenden tratar de controlarlo todo.

Me lo recordaba, hace un par de noches, Jesús Fernández Úbeda hablando con Jesús Quintero, en la genial biografía que a regañadientes, junto a Julio Valdeón, acaban de desgranar sobre Raúl del Pozo titulada ‘No le des más whisky a la perrita’. Citaba un recorte que Quintero guardaba desde hacía 50 años, sobre la frase del célebre periodista americano Edward Murrow, retratado en la película ‘Buenas Noches, Buena Suerte’, que pronunció durante el discurso para la Asociación de Directores de Informativos de Radio y Televisión estadounidenses: “Como no dejemos de considerarnos un negocio y no reconozcamos que la televisión está enfocada, básicamente, a distraernos, engañarnos, entretenernos y aislarnos, la televisión y los que la financian, los que la ven y los que la producen podrían percatarse del error demasiado tarde”. El bueno de Quintero añadió: —“ese demasiado tarde, parece que está llegando”.

William Randolph Hearst y su esposa
William Randolph Hearst y su esposa, Millicent Veronica©GettyImages

¿Y cómo se manipula teniendo medios de comunicación?

Hearst, en medio de esas ansias de poder y leña, aprovechó la debilidad que España sufría por la Guerra de Filipinas y de Cuba. Durante el conflicto, los americanos morían por morder un cacho de nuestra manzana y claro, la manipulación alcanzó su máximo exponente utilizando sin reparos la rotativa del papel. Pero no fue el único que inventó esta treta para provocar la guerra contra España. El respetado Josehp Pulitzer no solo fue cómplice, sino que utilizó también su poder en Nueva York para terminar de cuadrar la gran mentira que provocó esa guerra.

Todo comenzó cuando la Marina de los Estados Unidos decidió enviar a Cuba al obsoleto acorazado Uss-Maine, en la mañana del 15 de febrero de 1989. La excusa emitida por el gobierno americano era la de salvaguardar los intereses de los ciudadanos americanos en la zona, pero en especial en la isla de Cuba. Lo que no podían imaginar, ni siquiera los marinos americanos era que el barco, la fatídica mañana de invierno y con los españoles agotados pardos años de guerra con Filipinas, ardería y se hundiría en el puerto de la Habana sin entender ni siquiera las razones que habían provocado tal desgracia.

En seguida, todo el imperio de comunicación, tanto de Hearst como de Pulitzer, se lanzaron a la invención de titulares y especulaciones demostrando el poder de la prensa amarilla y en especial, de lo fácil que resulta manipular la opinión de la gente según los intereses que tengan los archi poderosos dueños de la información. Con titulares del tipo: “Recordad el Maine, al infierno con España” o “El Maine estalló por un torpedo de los españoles”, la opinión publica echaba pestes por lo que en realidad no había ocurrido. De hecho, el problema que hundió al Maine se debió a una convulsión interna dentro de una de las carboneras que fatalmente estaba colocada juntos a los pañoles de munición, convirtiendo al Maine en un amasijo de hierros y fuego que terminó por tocar el fondo de la isla de Cuba, con 262 marinos que perdieron la vida.

William Randolph Hearst and His Son
William Randolph Hearst, con uno de sus hijos©GettyImages

Tanto titular, tanta agitación y, sobre todo, tanta mala praxis, terminaron por convencer al presidente de los Estados Unidos, William McKinley, de combatir contra España y de quedarse, de paso, con lo que fueron sus colonias.

A los dos meses de este suceso, Estados Unidos entró formalmente en la guerra y dejó anulada a España. Y es que sus inductores mediáticos, Hearst y Pulitzer, no escatimaron en gastos ni esfuerzos en conseguir el retorno que su ayuda al conflicto provocó. Pronto recriminarían en concesiones para sus empresas y demás favores, la inestimable ayuda por el control de Cuba o Puerto Rico.

Célebre se convirtió la frase que el propio Hearst acuñó “Yo hago noticias” en referencia a que si una historia no era del todo verdad, pues bueno, él la convertiría en verdad.

Y en estos tiempos que corren, creo que más de uno debería recordar que los intereses de los grupos de comunicación, generalmente, solo van enlazados a su cuenta bancaria, digan la verdad, la inventen, o directamente, pinten un escenario que solo ellos fantasean con que ocurre.

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