Mujeres en la historia: ‘Lysi’, virreina y mecenas de Sor Juana Inés de la Cruz

María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga fue una mujer culta y refinada que apoyó a su querida y admirada escritora novohispana

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16 de Octubre 2020 / 14:37 CEST

Sor Juana Inés de la Cruz

Escultura dedicada en Madrid a Sor Juana Inés de la Cruz

© Daniel Arveras

María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga (1649-1729), princesa de Mantua y condesa de Paredes fue una de las dos mujeres fundamentales en el mecenazgo como escritora de sor Juana Inés de la Cruz, con quien entabló además una sólida y estrecha amistad, una relación sobre la que incluso algunos escritores han especulado con que llegó más allá del sincero afecto mutuo. Un servidor, lo duda.

María Luisa conoció a Sor Juana al poco de llegar a la Nueva España acompañando a su marido, Tomás de la Cerda y Aragón, quien había sido nombrado virrey en sustitución de Payo Enríquez de Ribera, arzobispo de México y que se empleó también en el oficio virreinal de 1673 a 1680.

Junto a su esposo, quedaron impresionados muy gratamente con el recibimiento que les ofreció la ciudad de México en 1680. Como era costumbre desde mediados del siglo XVI, la llegada del virrey enviado por el monarca desde España para asumir en su nombre el gobierno del territorio era motivo de una bienvenida festiva y alegórica por parte del cabildo de la ciudad.

Sor Juana Ines de la Cruz
María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga y Sor Juana Inés de la Cruz se hicieron inseparables y pasaban mucho tiempo juntas por lo que la vuelta de la virreina a España fue un duro palo para la religiosa ©GettyImages

Así, se encargaron los habituales arcos triunfales, construcciones efímeras que se emplazaban en lugares céntricos por los que discurriría la comitiva de los virreyes. Fueron dos, el primero ideado por Carlos de Sigüenza y Góngora en la calle Santo Domingo y, el segundo, encargado a la ya entonces célebre Sor Juana Inés de la Cruz que se ubicaría junto a la catedral, punto final del recorrido previsto. “Neptuno alegórico” llevó por título este último, obra en la que la religiosa alababa las virtudes del nuevo virrey personificadas en el dios romano del mar y las de su esposa, encarnada por Antífrite.

A partir de entonces comenzó una sólida y profunda amistad entre la virreina y la escritora novohispana, quien le dedicó varias de sus obras y versos, y con quien compartía largas horas de conversaciones y paseos. María Luisa, mujer culta y refinada, siempre la quiso tener cerca y la religiosa no dudaba en acudir al palacio virreinal para recitar o asistir a la representación de algunas de sus obras en presencia de la pareja y de la élite de la sociedad criolla de entonces.

Entre otras destaca Los empeños de una casa, compuesta por Sor Juana con motivo del nacimiento de José, hijo de los virreyes en 1683. Es considerada una de las obras cumbres del teatro barroco novohispano y, por ende, de la célebre escritora. A lo largo del texto, que trata sobre el amor y sus enredos, intercaló pasajes en honor a su querida virreina, a quien ella apodaba “Lysi ”.

La condesa de Paredes había tenido un precedente claro como mecenas de Sor Juana Inés de la Cruz en su predecesora, la virreina Leonor de Carreto, quien ya entabló en su día una sincera amistad con ella y ejerció de protectora hasta que falleció en 1673. De hecho, la religiosa le dedicó también versos y un sentido homenaje póstumo.

La religiosa debió recibir con suma tristeza la noticia del regreso a España de María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga y su esposo en 1686. Perdía así, a su principal valedora y confidente, pero no del todo, pues la noble y antigua virreina se encargaría de que su obra viera, por vez primera, la luz en Madrid.

En efecto, a ella se debe la publicación de Inundación Castálida en 1689. La primera obra editada de Sor Juana Inés de la Cruz, gloria de las letras novohispanas, fue impresa en la capital de España por voluntad de su amiga.

Sin la protección y amistad de las dos virreinas citadas, Leonor y, sobre todo María Luisa, las obras de Sor Juana Inés de la Cruz quizás no hubieran tenido el recorrido y eco que sin duda merecieron. Estas tres mujeres fueron claros exponentes de la cultura barroca en el México de la segunda mitad del siglo XVII, las dos primeras como mecenas de la genial escritora.

Termino con unos versos dedicados a “Lysi” cargados de amor y entrega. Pese al evidente erotismo que rezuman, no contemplo que su relación pasara del cariño, complicidad y admiración mutuas que sentían, además de la gratitud sincera de Sor Juana por su respaldo. A la virreina Leonor de Carreto también le había dedicado años antes afectuosas estrofas bajo el apodo de ”Laura”.

“Divina Lisi mía:

perdona si me atrevo

a llamarte así, cuando

aun de ser tuya el nombre no merezco.

A esto, no osadía

es llamarte así, puesto

que a ti te sobran rayos,

si en mí pudiera haber atrevimientos.

Error es de la lengua

que lo que dice imperio

del dueño, en el dominio,

parezcan posesiones en el siervo.

Mi rey, dice el vasallo;

mi cárcel, dice el preso;

y el más humilde esclavo,

sin agraviarlo llama suyo al dueño.

Así, cuando yo mía

te llamo, no pretendo

que juzguen que eres mía,

sino sólo que yo ser tuya quiero.“

Daniel Arveras es periodista y escritor. Su último libro es “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”.