Mujeres en la historia: Adela Larra, la amante del rey Amadeo de Saboya descrita por Galdós

La ‘dama de las patillas’ compartió alcoba y confidencias con el breve e infortunado monarca y luego fue obligada a entregar sus cartas de amor

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24 de Julio 2020 / 12:48 CEST

La amante del rey Amadeo de Saboya, Adela Larra

Adela de Larra era apodada cuando conoció al monarca como la “dama de las patillas”

© Wikipedia Commons

Don Mariano José de Larra (1809-1837) se quitó la vida de un pistoletazo la noche del 13 de febrero de 1837 tras recibir la visita de Dolores Armijo. Su amada le había comunicado que se olvidara de ella para siempre, que aquella relación adúltera, ambos estaban casados, había tocado a su fin. La angustia, desesperación y profunda tristeza, unidas al desengaño que arrastraba por la situación política y social de su tiempo, hicieron que se pegara un tiro en la sien al poco de dejar la casa de su idolatrada dama.

El jovencísimo, brillante, prolífico e intenso Larra ponía fin a su vida de una manera tajante, repentina y propia de su personalidad arrolladora y en eterno conflicto con el mundo y consigo mismo. Ni siquiera había cumplido los 28 años de edad, pues lo hubiera hecho en el mes de marzo de aquél 1837. Sobre su hija Baldomera escribí en mi última entrega. Esta vez lo hago sobre su otra hija, Adela Larra, que contaba con 4 añitos de edad cuando su padre se suicidó. Lo haré a partir de Galdós y sus “Episodios Nacionales”, en concreto en el dedicado al breve y tormentoso reinado de Amadeo de Saboya.

Adela Larra, amante del rey Amadeo de Saboya
Adela se convirtió en amante, confidente y consejera del entonces monarca al que conoció en alguna recepción palaciega©Wikipedia Commons

Estamos en el “año Galdós”, recordando su magna figura y obra con ocasión del primer centenario de su muerte ocurrida en enero de 1920, pero esta maldita situación que vivimos hace que esté pasando sin pena ni gloria, como tantas otras cosas en este triste 2020. “El dos de enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado re galantuomo, Víctor Manuel II, Soberano de la nueva Italia. En las calles, alfombradas de nieve, se agolpaba el pueblo, ansioso de ver al príncipe italiano, de cuyo liberalismo y caballerosidad se hacían lenguas los amigos de Prim, que le habían buscado y traído para felicidad de estos abatidos reinos...”

Así arranca don Benito el episodio “Amadeo I”, narrado por Tito, periodista y con facilidad para la conquista amorosa en aquellos Madriles. El rey llegaba solo, la reina María Victoria lo haría dos meses después, sin dominar el español y habiendo perdido trágicamente a su principal valedor, el vilmente asesinado general Prim. Con escasos apoyos y una España convulsa, envuelta en intrigas constantes, el monarca italiano pronto se distrajo con varias damas, corriendo por los mentideros sus relaciones, en especial la que mantuvo un tiempo con la apodada “dama de las patillas”, Adela Larra.

La debió de conocer pronto en alguna recepción palaciega, pues el cuñado de ella era su medico real, Carlos de Montemayor. Doce años mayor que él, Adela se convirtió en su amante, confidente y consejera. Por las noches el monarca salía furtivamente de palacio para ir a visitarla en el hotelito-palacete donde ella residía en la entonces calle “Ese”, con fachada al paseo de la Castellana, muy cerca de donde hoy está el bello edificio del ABC Serrano. Así la describe Galdós, quien pudo perfectamente tratarla o al menos conocerla de vista, por boca de Tito...

“Era la tal de mediana talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras. Mi primer cuidado fue examinarle bien el rostro, que vi entonces por primera vez. Mi crítica lo declaró tan agraciado como hermoso; la tez morena, ojos expresivos, grande la boca, tan abundante el pelo que no se contenía dentro de sus límites naturales, extendiéndose por delante de la oreja como un rudimento suave de varoniles patillas. El conjunto de tal rostro tenía el encanto de la originalidad, que en arte como en belleza es poderoso atractivo...”

El fin de la relación

Al monarca le atraía la singular belleza de Adela, esos cabellos apabullantes y su inteligencia, pues con ella se relajaba mientras escuchaba sus consejos y chismes sobre la intensa vida política y social de nuestro país. Pero Amadeo tenía muchas opciones para sus devaneos y no le faltaba afición. Aquella relación terminó cuando el rey se encaprichó de la esposa del corresponsal del “Times” durante su estival estancia en Santander, pasando Adela al olvido. Decepcionada y profundamente herida, Adela Larra amenazó con publicar las cartas comprometedoras del rey que obraban en su poder. Movida por un sincero despecho, puede que también persiguiera ponerle precio a su silencio. De hecho, a cambio de entregárselas a un fiel servidor del rey que la llegó a amenazar de muerte si no lo hacía, recibió cien mil pesetas, un dineral para la época.

Así lo reflejó Galdós y no seré yo quien dude de ello...

“Con incierto paso llegóse a un maletín donde guardaba sus alhajas. Sacó las cartas y con furioso ademán, las arrojó sobre la mesa. El mensajero tuvo serenidad para contarlas. Vaciando el sobre de los billetes y metiéndolas en él, para guardarlas cuidadosamente en su bolsillo, se retiró con fría reverencia. No hay noticias del tiempo que tardó Adela en recoger la indemnización de guerra, última página de su historia de amor.”