1. home
  2. /Divulgación

Infantas españolas: Teresa de Braganza y Borbón, ‘mi Teresita’

Primogénita de Juan VI de Portugal, recibió el título de princesa de Beira

3 Minutos de lectura
Teresa de Braganza y Borbón

María Teresa de Braganza, hija primogénita de Juan VI de Portugal, quien desde su nacimiento y hasta el de su hermano fue heredera al trono portugués, por lo que recibió el título de princesa de Beira

© Universidad de Navarra

Pasó más de cuarenta años en el exilio. Desde su boda por poderes con Carlos María Isidro de Borbón en 1836, la vida de Teresa de Braganza se convirtió en un peregrinar por las diferentes Cortes europeas. Ahora era la esposa del pretendiente Don Carlos y la mujer de su cuñado, pero fueron un matrimonio armonioso y fiel en la defensa de los valores que compartían: el tradicionalismo monárquico. María Teresa cuidó a los tres hijos de su hermana María Francisca, sus hijastros, y supo ganarse el respeto de todos los files que les acompañaron en las estrecheces económicas de postguerra.

La Corte de Trieste fue su destino final. La hija de Juan de Portugal, vestía ropas modestas. Le gustaba la costura, montar a caballo, la música y los balnearios. Don Carlos la adoraba. Para él era “mi Teresita”. Tenía cuarenta y cuatro años cuando en 1836 se convirtió en la esposa de Don Carlos. Él, con cincuenta, llevaba dos años viudo de María Francisca de Braganza, Princesa portuguesa y por nacimiento, Infanta española. La boda se había celebrado con discreción pues las cosas en el frente norte vasco-navarro no estaba para dispendios.

Infantas españolas: Teresa de Braganza
Carlos María Isidro de Borbón y Borbón Parma, primer pretendiente carlista a la corona española, fue el segundogénito de Carlos IV (1748-1819) y María Luisa de Parma (1751-1819), y por tanto hermano de Fernando VII (1784-1833)©Universidad de Navarra

El aportaba tres hijos. Ella sólo uno, el Infante Sebastián. Cuando se perdió la Guerra Carlista en 1839 el matrimonio cruzó la frontera por Francia. Comenzaban cinco años de exilio en los que la pareja se refugió, bajo una especie de arresto domiciliario, en la localidad de Bourges (en el Departamento de Cher en la región de Centro-Valle de Loira). Hoy, lo que fue su casa, alquilada, en la parte antigua de la ciudad, es un hotelito turístico. Vivieron días de austeridad en los que parece, no daba para calentarse en los días invernales.

Habían perdido la corona pero Carlos y Teresa eran un matrimonio feliz. En 1845, ante una eventual solución dinástica al conflicto por el trono en España, Carlos V (hijo de Carlos IV, hermano del inefable Fernando VII y tío de la Reina Isabel II) traspasaba sus derechos sucesorios a Carlos Luis “conde de Montemolín”, para los carlistas Carlos VI.

Desde esa fecha, Carlos y María Teresa, usarían el título menos pomposo de condes de Molina. A esas alturas, la monarquía liberal de Luis Felipe de Orleans había suavizado la vigilancia constante a la que los ilustres exiliados habían estado sometidos. La pareja decidía entonces trasladarse a Génova (Liguria). Estarían bajo la protección de Carlos Alberto del Piamonte. Aquí vivieron durante tres años hasta que el estallido de la Revolución de 1848 convirtió a muchos de los pequeños estados de la península itálica en un polvorín.

Los abanderados de la causa de la tradición no podían cobijarse bajo el liberalismo. Su destino final sería Trieste, ciudad portuaria y comercial del Adriático, en la frontera con lo que hoy es Eslovenia. En Trieste, el matrimonio disfrutó de los días felices de la madurez. Se instalaron en un piso del palacio ofrecido por la Duquesa de Berry: via de Lazzaretto Vecchio. Vivían con modestia pero recibían visitas de postín como la del Archiduque Maximiliano de Austria, antes de su trágico final en México. Alternaban con los veranos en Baden, cerca de Viena, hasta que un ataque de apoplejía limitó la movilidad de Don Carlos.

Desde ese momento, María Teresa se convirtió en la servicial enfermera de un esposo enfermo. La muerte de Carlos María Isidro en 1855 la sumió en una profunda tristeza. Pero nunca dejó de luchar por lo que consideraba los derechos legítimos de su familia. Viuda en Trieste, vivió con pena el reconocimiento de su hijo Sebastián de la monarquía liberal isabelina. Y lloró el fallecimiento prematuro de Carlos Luis, al que había criado como un hijo.

Pero tuvo el arrojo suficiente para abanderar la causa del carlismo arropando a Carlos María de los Dolores, Duque de Madrid y nuevo pretendiente con el nombre de Carlos VII. María Teresa de Braganza, la Princesa de Beira, se había convertido en la auténtica renovadora del carlismo gracias a su defensa del principio de la “doble legitimidad”. A comienzos de 1874 enfermó. Fallecía en Trieste pocos días después. Fue enterrada en la catedral de San Justo, al lado de su segundo esposo. La prensa española silenció su muerte. Pero no la de Europa ni la de Portugal, el país en el que había nacido en 1793.