‘Mujeres en la historia’: Beatriz de la Cueva, la gobernadora efímera y ‘sin ventura’ de Guatemala

Fue la segunda esposa de Pedro de Alvarado, el célebre conquistador

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29 de Mayo 2020 / 13:33 CEST

Plaza Central de la Antigua Guatemala y el volcán de Agua (en una pintura de 1827).

Plaza Central de la Antigua Guatemala

© Wikimedia Commons

Cuando Beatriz de la Cueva se embarcó hacia las Indias en 1539 lo hizo en compañía del veterano, aguerrido y controvertido Pedro de Alvarado. Se había convertido pocos meses antes en la esposa de este afamado conquistador, adelantado y gobernador de Guatemala y ahora se dirigían hacia su destino en el Nuevo Mundo. Con ellos iba también un importante séquito de damas principales, mozas de cámara y criados. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta su noble origen y condición -era sobrina del duque de Alburquerque- y el elevado lugar que iba a ocupar en la élite social de aquellas tierras.

La mayoría de estas mujeres eran doncellas, jóvenes solteras de buena familia que surcaban el océano bajo el amparo del matrimonio citado para encontrar un marido entre los conquistadores y formar un hogar en América. Sabemos sus nombres y quiero recordarlas ya que son un ejemplo más que desmiente aquello tan repetido de que no hubo apenas españolas que cruzaran el océano para vivir en aquellas tierras. Claro que las hubo y en porcentajes no poco significativos.

“La gente que va de casa del Adelantado Alvarado: doña María de Orozco, doña Isabel de Anaya, doña Francisca de Sanmartín, doña Ana, doña Luisa, doña Ana Fadrique, doña María de Caba, doña Juana, doña Ana Mejía, Petronila, Catalina y María, mozas de cámara, Figueroica, Alemanico, Herrerica, Matica, Cabita, Saavedra, Meléndez, Méndez, Hurtadico, Pedro Flores, Juan de Liaño, Rodrigo Martínez. Pasan todos con el dicho Adelantado y con doña Beatriz de la Cueva, su mujer.” (AGI).

Pedro de Alvarado
Retrato del adelantado Pedro de Alvarado con la cruz de la Orden de Santiago©Pedro de Alvarado, por Humberto Garavito

A buen seguro, Beatriz sintió inquietud o cierta angustia ante el cambio de vida que ahora iniciaba y, sobre todo, ante los peligros de la travesía (tempestades o huracanes, ataque de corsarios, enfermedades a bodo o al llegar a destino,...). ¿Cómo no preocuparse si tenía un ejemplo tan cercano y fresco en su memoria? Olvidar lo que le había sucedido a su hermana mayor Francias era imposible, pero se armó de valor. Ella era más joven y Dios no permitiría una nueva desgracia así en su familia.

Y es que, en efecto, Francisca de la Cueva había tenido un triste final. Con ella se había casado el mismo Alvarado diez años antes durante su anterior estancia en España e hicieron lo que ahora el gobernador iba a repetir con ella, trasladarse a Guatemala surcando el océano. A la desdichada Francisca no le sentó nada bien el cambio de latitudes pues le subieron las fiebres y calenturas muy pronto, quizás ya a bordo del navío o nada más llegar a Veracruz, donde murió fatalmente en unas semanas.

Beatriz tuvo más suerte, aunque tampoco en exceso. Sí que llegó sana y salva a su destino con su marido, quien pronto se ausentó con frecuencia por sus ambiciosos planes de nuevas entradas y expediciones o para afrontar batallas y refriegas contra indios belicosos. En una de ellas, acudiendo en auxilio de Cristóbal de Oñate para frenar la revuelta de los indios chichimecas en la Nueva Galicia, encontró la muerte el incansable conquistador. El caballo de un compañero le aplastó al caerle encima en el fragor de la batalla, dejándole malherido y expirando a los pocos días, el 4 de julio de 1541.

Tan trágica noticia llegó varias jornadas después a Guatemala, causando un hondo pesar en su esposa Beatriz de la Cueva. Vean como lo narró el obispo de entonces, Francisco Marroquín...

“...hizo muy gran llanto que vino a desatinar y dezir muchas cosas con el dolor grande que sentía... puso en luto toda la casa y tiñó las paredes de negro dentro y fuera, jamás quiso comer ni dormir. No eran pasados 40 días de las honras de su marido que sobrevino la tempestad y lo consumió y acabó todo.” (AGI).

Las actas del cabildo de Santiago de los Caballeros recogen la sesión celebrada la víspera del terrible aluvión que destruyó la ciudad y se llevó por delante la vida de varias decenas de vecinos. Ante el vacío de poder por la muerte de Alvarado, su viuda Beatriz de la Cueva fue nombrada gobernadora hasta que la Corona decidiera lo más oportuno, ratificando ella a su primo Francisco de la Cueva como teniente de gobernador.

Desolada por la reciente pérdida de su esposo, firmó el acta con su nombre, al que añadió las famosas y proféticas palabras “la sin ventura”. Tan sólo 24 horas después, en la madrugada del 10 al 11 de septiembre de 1541 perdía la vida Beatriz de la Cueva, gobernadora éfimera de Guatemala, la segunda esposa de Pedro de Alvarado tras su propia hermana Francisca. Refugiada junto a algunas de sus doncellas en la capilla y encomendando su alma a Dios, el agua y el lodo lo arrasaron todo. Este fue el trágico fin de “la sin ventura”.