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‘Infantas españolas’: Amalia de Borbón, crónica de un fracaso anunciado

Poco agraciada, celosa de su hermana María Luisa y débil de salud, jugó un papel secundario en una Corte ensombrecida por la figura de Manuel Godoy

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Retrato de la Infanta María Amalia de Borbón

Princesa María Amalia de Borbón

© Wikimedia Commons

Fue la segunda de las hijas de Carlos IV y María Luisa de Parma. Nacida en los días de la Ilustración, su juventud estuvo marcada por los acuerdos matrimoniales que la llevaron a ser la esposa del Infante Antonio Pascual. Su boda, sin embargo, recibió los parabienes de la todopoderosa Catalina “la Grande”, Emperatriz de Rusia. Poco agraciada, celosa de su hermana María Luisa y débil de salud, jugó un papel secundario en una Corte ensombrecida por la figura de Manuel Godoy. En los días en los que el Reino de España basculaba entre la guerra con Inglaterra y su alianza con Francia, su vida transcurrió entre los jardines de La Granja y el Palacio Real de Madrid, donde fallecería al poco de dar a luz a su único hijo, que moriría pocos días después.

La Infanta Amalia nació en el Palacio de El Pardo en 1779. Eran los días de la Ilustración, cuando su abuelo, el Rey Carlos III trataba de organizar un modelo político acorde al reformismo e imperio de la razón. Pero también cuando España se aliaba con las colonias rebeldes americanas en guerra contra Inglaterra. Amalia venía al mundo después de su hermana Carlota Joaquina, por lo que las ansias por un heredero varón eran cada día más intensas. La debilidad física que mostró la niña desde los primeros momentos, avivaba el rumor de la enfermedad en los vástagos reales: su madre -todavía Princesa de Asturias- rezaba con ahínco pidiendo entre sollozos, el nacimiento de un hijo sano. María Amalia creció en un ambiente familiar enrarecido por las ambiciones de mando y continuos entrometimientos de María Luisa de Parma. En aquellos tiempos, la Duquesa de Osuna era considerada la mujer más distinguida de Madrid. Sus tertulias literarias y artísticas en el Palacio de la Cuesta de la Vega, reunían lo más granado de la sociedad de la época con Moratín y Goya entre sus habituales. En 1788 su padre accedía al trono como Carlos IV: campechano y bonachón, parecía inadecuado para hacer frente a la furia revolucionaria que había estallado en Francia. En España, la rivalidad entre la Reina y la Duquesa de Alba no había hecho más que comenzar.

Retrato de la Infanta María Amalia de Borbón
Retrato de la Infanta María Amalia de Borbón©Wikimedia Commons

Los condes de Floridablanca y Aranda, fracasaron en sus intentos de posicionar a España en la nueva política internacional hasta que la figura, gentil y galante, de Manuel Godoy emergió como un volcán. Desde entonces la vida palaciega giraría en torno a los designios del favorito. Fue él, quien acordó la política de enlaces reales que llevó a la Infanta Amalia a matrimoniar con su tío, Antonio Pascual, para nada acorde con las expectativas juveniles de la Infanta. El elegido era el hermano menor del monarca, de poca prestancia, pero llamado a desempeñar un papel protagonista en los luctuosos sucesos del 2 de mayo en Madrid. Tenía más de cuarenta años cuando la joven, apenas llegaba a los dieciocho. El Mercurio Histórico (agosto de 1795) recoge el “regocijo y aplauso” con el que fueron recibidos los esponsales: se decretó corte de gala por tres días y se encendieron luminarias. Ese mismo día, también en el Palacio de la Granja, se celebró el matrimonio de su hermana, María Luisa, con el heredero del Ducado de Parma y futuro Rey de Etruria. Sin duda, ésta había salido mejor parada.

En 1795 se ponía fin a la Guerra de la Convención y se firmaba la Paz de Basilea con la Francia de la Revolución. Godoy se convertía en “Príncipe de la Paz” al tiempo que las tensiones en la Familia Real se hacían cada día más visibles. María Amalia de Borbón se posicionó al lado de su hermano, el Príncipe Fernando, puesto que la enemistad entre su esposo y “el choricero” -como comenzaba a ser conocido en ciertos entornos palatinos- era evidente. Pero a pesar de las disputas internas que se vivían en la familia, España era todavía una potencia internacional que firmaba con el presidente George Washington, los límites de sus fronteras en la Luisiana y Florida.

La Infanta Amalia falleció en el Palacio Real de Madrid en 1798 poco después de dar a luz al primero de sus hijos. Sus restos fueron trasladados al Monasterio de El Escorial tal y como refirió en la época, Diario de Madrid.