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‘Infantas españolas’: El azaroso viaje a Brasil de Carlota Joaquina y la Corte portuguesa

Ambiciosa, manipuladora e infiel es lo más ligero que se dijo de Carlota Joaquina en su nuevo Reino

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Retrato de la Infanta española Carlota Joaquina de Borbón

Carlota Joaquina

© Wikimedia Commons

Partieron del puerto de Lisboa una lluviosa noche de otoño. La travesía que llevaría a la Familia Real portuguesa a tierras americanas estará marcada por las tormentas, la humedad, la escasez de comida y los piojos. Casi podemos sentir los nervios de Carlota Joaquina en el muelle de Belém, nacida Infanta española y convertida en Regente de Portugal, abandonando el país al que había llegado siendo apenas una niña para casarse con el príncipe Juan, hijo de la demente Reina María. Pocos pensaban entonces que la estancia Real en Brasil sería larga. Pero la amenaza de invasión napoleónica, el bloqueo continental y el difícil juego internacional que se vivía en la península en el primer lustro del siglo XIX, forzó una marcha que se pensaba sería breve. Se equivocaron: trece años permanecieron los Braganza en su imperio americano. Río de Janeiro se convertía ahora en la capital del Imperio. El apocalíptico viaje hacia lo desconocido no había hecho más que comenzar.

Nadie se imaginó en 1885, que esa Infanta española de apenas diez años que acababa de cruzar la frontera para casarse con el príncipe portugués, Juan, estaría llamada a tener un papel tan relevante en la Corte. Odiada y temida. Ambiciosa, manipuladora e infiel es lo más ligero que se dijo de Carlota Joaquina en su nuevo Reino. Ser miembro de la Familia Real lusa había librado a los portugueses de una primera intervención armada en 1801, puesto que lo de la “Guerra de las Naranjas” había quedado en un episodio anecdótico en el complejo tablero internacional. Pero apenas siete años después, con la amenaza de Bonaparte en la frontera y la titubeante posición de Manuel Godoy respecto a los intereses de Carlos IV y María Luisa en España, la opción de abandonar Portugal parecía ser la única solución para los mal avenidos Braganza.

La descripción que de Carlota Joaquina hizo la esposa del general francés Junot –encargado de la ocupación del país- es hiriente, al describir sus ojos pequeños y rostro marcado por la viruela. Claro que los testimonios que nos ofrece siempre Laure Permon, la generala reconvertida en “duquesa de Abrantes” sobre los personajes de la época, resultan siempre, demoledoras. Aunque en este caso coincide con el fresco que nos ofrece de la Infanta española el historiador portugués Octavio Tarquino de Sousa, por lo que madamme Junot no debía estar muy desencaminada.

La infanta Carlota Joaquina de Borbón
Retrato de Carlota Joaquina de Borbón©Wikkimedia Commons

Desde el principio, los preparativos y organización del viaje estuvieron a cargo de los ingleses, aliados tradicionales de los portugueses en el escenario internacional. Habría que imaginar el dramatismo de la escena con equipajes, víveres, ropajes, archivos, documentos y todo tipo de enseres de las más de 10.000 personas que integraban la expedición. Eran nobles, miembros de la jerarquía eclesiástica y militar. Pero también comerciantes, niños, mujeres, científicos y músicos dispuestos a iniciar en tierras trasatlánticas una aventura apasionante.

Un 5% de la población del país de la época embarcó en el puerto de Belém entre gritos, berlinas, sillas de mano y baúles cargados con las pertenencias regias. Carlota Joaquina subió al barco portando en brazos a una de sus hijas menores. Por primera vez una monarquía reinante embarcaba rumbo a América, a sus territorios coloniales, en un nuevo modelo de Imperio. La escuadra que se adentró en la mar era lo mejor que disponía Portugal en términos de fuerza naval. Estaba formada por 23 buques de guerra y centenares de piezas de artillería.

Príncipe Regente de Portugal y toda la Familia Real embarcando para Brasil en el puerto de Belém
Un 5% de la población del país de la época embarcó en el puerto de Belém©Biblioteca Nacional de Portugal

Tras una primera escala en Madeira, partieron hacia el más allá. Durante la travesía escaseó el agua, las tormentas azotaron los navíos y la disentería hizo estragos entre las damas de arcunia que sólo comían carne salada y galletas. Los piojos obligaron a Carlota Joaquina a raparse la cabeza. Su gesto fue imitado por el resto del pasaje, del que se dice, incluso, tiró las historiadas pelucas por la borda. Eran tiempos de cambios.

A pesar del azaroso viaje -descrito como tal en las crónicas de la época- y tras 54 días de navegación, la Familia Real llegó ilesa a su destino. Era el 7 de marzo de 1808 cuando los Braganza pisaban Río de Janeiro. El Reino permanecía independiente pero en adelante Carlota Joaquina iba a dejar al descubierto su ambición de mando y capacidad para la manipulación.

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