‘Mujeres en la historia’: María Rodríguez de Rivalde y María de Quiñones, las mujeres que vieron nacer el Quijote

Ellas estuvieron al frente del taller donde vio la luz el ingenioso hidalgo y muchas obras más del siglo de Oro

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01 de Mayo 2020 / 12:40 CEST

Estatua de Cervantes en Alcalá de Henares

Estatua de Cervantes en Alcalá de Henares

© Daniel Arveras

El pasado 23 de abril no fue un Día del Libro más, como nada lo es desde hace ya demasiadas semanas. Este maldito virus nos golpea con fuerza e impidió que las librerías estuvieran abiertas en el día que sirve de especial homenaje a dos de los más grandes que en el mundo literario han sido y son, Cervantes y Shakespeare. Me da igual que uno o ninguno muriera en realidad un 23 de abril de 1616, pero sí que lo hicieron en fechas cercanas y está bien que los dos genios compartan esta efeméride.

Recordando a don Miguel de Cervantes encontré, precisamente en uno de los varios Quijotes que atesoro, un recuerdo muy especial. Corría el año 2005, cuarto centenario de la publicación de la primera parte del ingenioso hidalgo, cuando me obsequiaron con una marca de agua del papel con el que se imprimió originalmente y fue publicado en 1605. Dicho papel provenía del molino que pertenecía al Monasterio de Santa María del Paular, en Rascafría, también conocido como molino de los Batanes.

Juan de la Cuesta es el impresor de aquella primera parte del Quijote con papel de la sierra de Madrid, lo que le ha hecho pasar a la historia. Pero... ¿qué hay detrás de aquella firma? Un tipo bastante desconocido que desapareció pronto y dos mujeres, tía y sobrina, que tuvieron un papel muy destacado en la imprenta de la calle Atocha donde vió la luz la novela más universal y magristal de todos los tiempos.

Estatua de Cervantes en Alcalá de Henares
©Daniel Arveras

La historia de estas dos mujeres está marcada por una endogamia gremial casi obligada en aquellos tiempos en los que las mujeres tenían dificultades para desempeñar determinados oficios o estar al frente de determinados negocios en solitario. Pero ambas, en la sombra durante muchos años, fueron fundamentales para consolidar la imprenta familiar de la calle Atocha de Madrid como un referente desde finales del siglo XVI y extender su prestigio durante buena parte del siglo XVII.

Los pioneros de la que sería imprenta del Quijote fueron el matrimonio de impresores formado por Pedro Madrigal y María Rodríguez de Rivalde. Desde Salamanca se trasladaron a Madrid y alquilaron unas casas poniendo en marcha el taller en torno a 1586. Con el auge de la villa y corte, pronto llegaron los encargos relevantes y de allí salieron las tres partes de “La Aracuana” de don Alonso de Ercilla en 1590 por citar sólo un ejemplo.

Al fallecer Madrigal en 1594, María Rodríguez de Rivalde tomó el relevo como propietaria de la imprenta y se casó pronto con otro impresor, Juan Íñiguez de Leguerica, para que estuviera al frente del taller y afianzara el negocio dada la juventud de su hijo.

Es aquí cuando pocos años después aparece María de Quiñones, sobrina de María Rodríguez, al casarse con su primo Pedro y comenzar a colaborar con su esposo y su suegra en el taller de la calle Atocha. Los encargos no faltan en aquellos tiempos de gran creación literaria. Pero, seguro que lo adivinan, María de Quiñones también quedó viuda a los pocos años.

Así, ambas Marías, Rodríguez y Quiñones, se quedan al frente de la imprenta. ¿Qué hacen? Fichar a un oficial de imprenta y darle amplios poderes para ejecutar y firmar las obras impresas. Además, no sólo lo fichan sino que María de Quiñones se casa con él.

Este es el famoso Juan de la Cuesta, quien figura en la primera edición del Quijote publicada en 1605. Sobre él no se sabe demasiado pero sí que marchó a Sevilla en 1607, dejando esposa, taller y devolviendo los poderes a las dos mujeres así como a Jerónimo de Salazar, empleado de la imprenta como corrector de textos.

Marca de agua del famoso Juan de la Cuesta
Juan de la Cuesta pasó a la historia por su pie de imprenta de la primera parte del Quijote©Daniel Arveras

Así pues, Juan de la Cuesta trabajó muy pocos años en la calle Atocha pero pasó a la historia por su pie de imprenta de la primera parte del Quijote. Tras desaparecer del mapa su nombre continuó figurando en obras posteriores de Cervantes (segunda parte del Quijote incluida) y de otros muchos pero, en realidad, nada tenía que ver en ello. María Rodríguez y María de Quiñones mantuvieron su firma como marca comercial o representativa de la imprenta, tal vez también para no tener que dar demasiadas explicaciones sobre la espantada y extraño comportamiento del citado impresor.

Este documento que arranca en julio de 1633 y está conservado en el Archivo Histórico Nacional ofrece interesantes detalles sobre este entramado familiar. “Pleito entre María de Quiñones, viuda, impresora de libros, y el Hospital de los Desamparados de Madrid por obras en la pared de medianería y ampliación de los locales del hospital a costa de la imprenta mencionada.”

El más relevante quizás es el testamento de María Rodríguez de Rivalde, quien en 1527 dejó como heredera universal a su sobrina María de Quiñones, quien sería propietaria de la imprenta de la calle Atocha hasta su muerte en 1666.